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 No quiero cantarle al dolor ni moldear el granito en palabras que ensalcen la enajenación. Asesinos nocturnos que no ven, el hombre que destruye es el niño que llora. Quiero creer en la vida, buscar la esperanza escondida en los ojos somnolientos. afirmo que aún es posible rescatar sonrisas e ilusiones donde solo hay temerosa mueca. Quiero ver, sin ver sombras, dejar atrás el desaliento, creer que el niño que destruye no será mañana el hombre que llore, que la mujer volverá a parir y los monstruos dejarán de engendrar. Quiero correr tras quimeras de días de paz, alcanzar noches donde el mañana exista, inclinarme ante el Dios de todos los hombres sin las lágrimas de una corona de espinas, y ante el horror de la muerte genocida quiero volver a creer en la vida. Graciela Vera
 (Cumbre de Azores 16 / 03 / 2003) Alguien disparó la flecha, se acabó el tiempo, la paloma plegó sus alas, escondió la cabeza y un pétalo rojo se prendió a su pecho. Alguien cerró el libro, se acabó el tiempo, de las manos del poeta cayó el lápiz, ya no quedan grafitos y las palabras se visten de luto. Nadie miró al niño, se acabó el tiempo y murió la esperanza, lloró una sonrisa, en sus ojos está Dios y a Dios lo condenó el hombre. Graciela Vera
 Tengo los ojos cansados de oír en el silencio de las imágenes, los gritos callados de los que ya no están. Tengo las manos doloridas de silenciar la voz que suplica clamando desde las entrañas. Hiel y sangre removidas, con asco, con impotencia, en orgásmico desamparo. Aberrantes las sílabas suman cadáveres, buitres, monstruos y presidentes invitados al banquete sacramental. Se celebra el malparido advenimiento, de otro cargamento de muerte. Cuerpos desgarrados se revuelven, sangre y excrementos adolecen de diferencias; tengo la lengua sucia de tanto ver el sonido de los que callan. Amarga la garganta se seca y los ojos lloran aguas purulentas. Desde debajo de su túnica las mujeres expulsan monstruos, proféticas aberraciones, ¡hecatombe! un siglo, mil años, la eternidad que muere; explosionan los soles y ríe el jefe entre estrellas y barras color sangre, chorrea plasma entre los lechos, corren los flujos entre los muertos. Ostracismo de verdades, la noticia rebota en titulares y la información se escurre por las cloacas expulsada en olorosa descarga. Bagdad se muere sin inocentes que lo lamenten, gimoteando se retuerce la humanidad y en el mundo, todos culpables. Graciela Vera
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