|
Aquí encontrarás mis escritos, poemas, cuentos, prosa, historias engarzadas a leyendas y leyendas hechas historia. Puedes ordenarlos por libro y si quieres comentar algo escribirme a gpunto1@iespana.es, si quieres visitar otros sitios míos, en LINKS puedes encontrar sus direcciones.
Temas
Archivos
Enlaces
|
Mi nombre es Graciela Vera, nací en un hermoso lugar de la República Oriental del Uruguay llamado Carmelo.
Una ciudad pequeña que se mira en un coqueto arroyo a la vez que se deja mecer por las aguas del Plata, mismo donde éste nace de la unión del Uruguay y el Paraná.
Viví muchos veranos y unos pocos inviernos en Piriápolis, una ciudad tan especial que fue creada a semejanza de los más renombrados balnearios europeos del S. XIX.
Amo y respeto la naturaleza. Siempre el mar, los cerros y los espacios amplios rodeándome; aún cuando fijé mi residencia en Montevideo, la costa y los parques fueron la referencia de mi casa.
Desde noviembre del año 2000 vivo en Almería, en la esquina sureste de la península española.
Cambié la exhuberancia verde de los campos uruguayos por el paisaje desértico y agreste que me fascina con sus ocres y me asombra con la riqueza vegetal extraída de esta tierra sedienta.
Y aquí, en la ciudad donde dicen que el sol pasa el invierno, me dedico a abrir las páginas de los libros que hablan de esta otra tierra: España, y a asombrarme con una historia que de tan vieja parece nueva.
Aprendí a conocerla, comencé a entenderla y me encontré viviéndola plenamente. Hoy soy una persona afortunada porque poseo doble las cosas más importantes; una ventaja que solamente disfrutamos quienes como yo emigran por convicción y no por necesidad.
Hoy cuento por partida doble a los amigos: los de allá y los de acá; tengo dos patrias: la uruguaya que es mi tierra, la que me enseñó el significado de las palabras libertad y democracia y la española que me ha recibido con los brazos abiertos.
Poseo los recuerdos de antes y los recuerdos de ahora; cuento con el amor de mis hijos, los que llevan mi sangre y quedaron allá y cuento con el cariño de los hijos de Enrique, lo que acá me hacen sentir su amiga.
Y cuento con él, con la persona que me extendió su mano para sujetarme cuando me atrajo en este enorme paso buscando una utopía que se hizo realidad. Pero por encima de todo lo que pueda contarte de mí, eres tú, que visitas este sitio, quién tiene que llegar a descubrirme y así, quizás puedas disculparme por haber distraído tu tiempo.
Aquí no me presento como profesional sino, simplemente como alguien que quiere contarte algo de lo que siente, vive y quiere.
Aquí yo simplemente escribo dejando volar la imaginación, y si tengo que describirme te diré que simplemente soy una mujer, amiga de mis amigos
Graciela
puedes opinar escribiéndome a gpunto1@iespana.es; hazlo como amig@, si sientes que debes criticar, hazlo. Yo creo que la crítica constructiva es lo que nos ayuda a crecer.
 CANTO A MI MONTEVIDEO Quiero llenarme los ojos de los mil colores de la ciudad, del oro cobre de sus arenas, cuando el sol se deja caer en el río como mar. Los mil verdes de sus parques, los grises de sus conventillos, olores y colores, música y gritos. La cana vigilante y el punga atento. Quiero llenarme los ojos con la soledad de los viejitos del Piñeyro. Llevarme el recuerdo de las lonjas del Barrio Sur, las caderas de negras y blancas moviéndose cadenciosas al sonido del repique, del chico y del piano. Quiero llevarme el recuerdo de tu Dieciocho, las estatuas vivientes, delicia de los pequeños. Aquí un bandoneón, allá un violín, sombreros en el suelo receptores de escasos óbolos, muy poco el premio para el pintor callejero.
Y en las esquina los malabaristas pasan la gorra a los autos detenidos, mientras cien chicos ofrecen lavar los parabrisas. Quiero recordar tus plazas, las luces permanentes en los árboles de Fabini, donde las orquestas de fin de semana invitan a bailes improvisados. Las cinco de la tarde vestidas de blanco con moñas azules, el barco pirata del Parque Rodó, juegos por doquier, las canteras y su cascada.
Febrero de carnavales, mientras, frente al Vilardebó, un loco que no lo es tanto, pide una cebadura para un mate imaginario. No quiero olvidarme del encuentro de amigos en la Pasiva de Ejido, pancho y cerveza; ni de las brasas detrás de los cristales, invitación de El Fogón. No quiero olvidarme de los sábados de música y color en la Ciudad Vieja, de los ruidos y los aromas del Mercado del Puerto, ni del paseo de los shoppings. Quiero recordarte vestida de gala, la Noche de las Luces, habrá otras muchas pero ésta es nuestra, tiene fecha, tiene su público, y mas allá. la San Felipe y Santiago, cuando nos quedamos para aplaudir a los últimos, los que son como nosotros, el corredor ciego, el que viene en sillas de ruedas o el que trae la camiseta de Nacional. El Parque Central, con historia a patria y con historia a fútbol, la sede de los cristales rotos, orgullo de cada triunfo; un pueblo que se la juega y aporta a cada campaña solidaria; y vive sus fiestas con el corazón teñido de celeste y blanco. No quiero olvidar los autos embanderados en toda ocasión, ni los festejos, ni las rencillas. No quiero olvidar. Atesoro en mis pupilas los mil rincones de la ciudad, las caravanas multicolores de cien ciclistas; el bullicio de las domas de La Rural, y la fiesta por excelencia en el Centenario, Monumento Mundial al Fútbol. Quiero recordar el sabor del choripán y el aroma del asado a las brasas, los helados de la Cigalle, y las vidrieras de Tata. No quiero olvidarme de las baldosas rotas, ni de los plátanos en primavera, hoy son tesoros que llevo en el corazón escondidos en el rincón de las cosas vividas.
Graciela Vera
Se extiende coqueta, blanca y recatada,
como damisela inquieta
cuyo pié besa solícito el azul Mediterráneo,
mientras, desde lo alto, cual abuela celosa,
la Alcazaba vigilante trae ilusiones de reinos nazaríes.
¿Habrá sido en harenes orlados de sedas preciosas
en donde su cielo libara esa diáfana gama de azules?
¿Quizás las chirimías de Hairan, calmaron al dios Thor
rezumando la suavidad de su clima?.
¿Serían los sobrios “tarantos”
los que desde el fondo de la mina afloraran para ella
esa argentífera luz cegadora de su aura?.
No importa quién te hizo, quién te creyó;
no importa cuántos poetas te cantaron;
escaparás siempre al tiempo y al elogio
emergiendo majestuosa de la alquitara de tu esencia.
Almería, graciosa gema andaluza,
Espejo del Mar, Portus Magnus
que en los recónditos escondrijos de tus montañas,
guardas el preciado tesoro de tu orgullo
y de tus gentes.
Graciela Vera
 Ofrendándome el oro y el platino, engastados con engarzaduras de rubíes, así me recibió España, la tuya, la de vosotros. Cuál dádivas inalcazables, al plegar sus alas el mensajero el neón fue sustituto implacable de la joya. Preseas que escaparon de mis manos mucho antes de intentar asir las alhajas refulgentes conque España, la tuya, la vuestra, la mía, la nuestra, me brindara su grandeza, cuando aún no hollara su suelo generoso con mi pie.
Presentes de diamantes y esmeraldas que guardo por siempre en mis retinas, junto a la sublime sensación de las esencias de la 'Castiella' del descubrimiento allí, donde no existían las realidades de mercurio, donde la grandeza de una estirpe forjó tu mundo y nuestro encuentro.
Graciela Vera

No creas que esta será tu tierra, aquí serás siempre un emigrante aún para quién te extiende la mano, en fraterno gesto de amistad. Desde tierras exóticas, desde un mundo distinto donde dejaste parte de tu corazón, arrastras el nombre universal: emigrante. Llegaste en oleadas, barcos repletos de ilusiones, sueños españoles, arrancados a una patria herida, gallegos que bajaron de sol a sol sus cabezas,
para levantarlas orgullosos al final de la jornada. Sueños italianos, con las manos llenas de vides, y el corazón moreno de cantos. Sueños gringos, ingleses, alemanes, suizos, crisol de razas, mezclando sudor y sangre en tierras americanas, integrando culturas, adorando el mismo Dios, tan solo una palabra: emigrante. Cruzando fronteras, buscando apenas algo a cambio de mucho más;
ahora aquí, ahora nosotros, hijos de la América abierta en canales de desesperanza, hermanos que buscan lo que ya dieron, tan solo una palabra: emigrante.
Doloroso apodo, ayer, hoy, negación de patria, extrañas, diferentes costumbres, un mate, un lamento andino, quizás más cercano a la Europa que lo recibe, un Alá que no es su Dios, una piel que no es de igual color, todo resumido, apretujado tan solo en una palabra: emigrante. Graciela Vera 14 julio 2001. El día que alguien me hizo sentir, otra vez extraña en la tierra que quiero casi tanto como a la mía.
 Barrio Sur, vino y lonjas, calles angostas con rejas en las ventanas. Hilera de casas bajas que se niegan a morir. Durazno, Convención, Isla de Flores y Gardel, color de ropas tendidas con olor a negritud. Cuando derrumbaron el Medio Mundo supiste que habías perdido la irreflexiva batalla. No quedan malvones en tarros de lata. Sobre el río del color de tu gente los ladrillos avanzan hacia el cielo, y lloran los mulatos ahogados entre rojas paredes. Un farol resiste al mercurio, ofrendando la sombra de su luz al cimbreante paso de Rosa Luna, mientras la Gularte llora noches de esplendores. Conventillos que ya no están, Barrio Sur, recuerdo que se esfuma, el Centro ganó terreno y el asfalto va cubriendo el empedrado. Solo tu nombre permanece convertido en leyenda, mientras tu alma vuela, envuelta en el repique de un tambor. Graciela Vera
 A su lado aprendí, de vivir, el verbo conjugar.
De su mano comencé, de vivir, el camino iniciar. De sus labios comprendí, de vivir, la ilusión soñar. De su trabajo supe, de vivir, martillo y cincel valorar. En sus ojos descubrí, de vivir, el orgullo de tenerme. De su recuerdo quiero atesorar, de vivir, su don de gentes, amigo leal, exquisito perfeccionista Un hombre..... un nombre... PAPÁ Graciela Vera
 PRIMER VIAJE
A veinte, todo a veinte, llegan de Las Europas, nadie puede dejar de comprar. Cuentas de colores, telas y espejos, son los últimos, cómpreme usted señorita, mire que belleza, que suave textura le ofrezco. Vienen directos, importados del Puerto de Palos, el contenedor lleno en la bodega de La Pinta, que en La Niña en fardos traen las últimas creaciones de un tal Cristian Dior. Señores, señoras!!!, jovencitos también, escuchen esta novedad, lo que aquí se ofrece no da para regateos, y por cierto y seguro no puede faltar ni en el bolso de la dama ni en el bolsillo del caballero. ¿a dónde va usted señor, sin oír esta oferta? Para el hacendado, ganadería completa, vacunos, ovinos y caprinos se rematan al llegar a puerto, salieron por encargo de la Reina Católica, directo a Las Indias. Afortunados marineros los que viajan en la Santa María, desayunan leche fresca y meriendan filetes de vaquillona. Cuidado don Colón, su flota puede encallar y la bronca a bordo desatarse si la promesa no cumple, asueto apenas amarrar, descarguen los nativos las cámaras frigoríficas mientras sus osados marinos bajo los cocoteros descansarán, que será arduo el retorno, mire usted lo que ocurrió, buscando especias, al chocolate y al café terminaron haciéndose adictos. SEGUNDO VIAJE (O EL REGRESO) ¿Cuál llegará primero de retorno a Palos?, que hay cien rubros de estímulo, al marino que más plata en sus bolsillos haya logrado. La Niña averió un motor, sus hombres debieron resignarse y quedándose en la costa a indias chicas y también a las chicas indias debieron desembarcar, sin mayores preocupaciones en tierra todos quedaron encontraron una playa nudista donde tomar piña colá y bailar un mambó. La Santa María es más rápida, en esta regata la Pinta llega segunda, mal cosa, el mercado estará saturado, nadie va a querer ya comprar, otra ave del paraíso, y dos patatas para asar. Buen negocio ha hecho, este señor don Colón, no encontró especias, pero la reina quedará contenta con tanta tierra para colonizar. La preocupación aún no llega, a los mercados de Las Europas, en las universidades empiezan a prepararse los primeros letrados en comercio exterior, que el negocio va a ser floreciente si por aquí se aprende a comer eso tan extraño que llaman maíz. Señores, vengan a comprar, que han llegado de las tres, dos de las carabelas al mando del ilustre señor don Cristóbal, y sus bodegas traen, entre contenedores y cámaras de frío, un jaguar y dos ñandúes, tres cocoteros y cinco indígenas, acompañados, como es lógico, por una docena de dirigentes sindicales, no vaya a ser que en estos confines no sean escuchados sus justos reclamos, trabajo para todos, poco deberá ser, salario justo, por supuesto ¡y mucho más! y un colchón mullido para descansar antes de emprender el tercer viaje. Graciela Vera
 El tiempo que no reverenciamos tomó venganza en sí, presto en la dicha se recrea en la pena. Las imágenes. la música. todo sugiere recuerdos, desgraciado féretro cuando es mortaja la incomprensión. Una solemne cantata estalla en los oídos, las manos separadas no oyen iguales acordes. ¿Despecho o temor? Se crispan los dedos sobre un teclado imaginario, la noche llega imperturbable. ¿Temor o desidia? Quizás ella nos responda, hay espejos en cada habitación y un complejo pentagrama. Ríen los bufones en el soliloquio interminable de pícaras corruptelas. ¿Es más pura la inspiración cuando es punzante la pluma? Errática vereda que define el atajo. ¿Algún día dejaremos de creer? La música se acaba. Vuelve a tocar en fa mayor, ¿puedes? Un día ya no habrá retorno, desertará la imaginación, rehuirán las musas la invitación y en un esperpéntico cuadro solo hallarás un títere desarticulado. Graciela Vera
 ¿Hay algo más allá del infinito? Estrambótica catarsis con la que comparto acuciantes ansiedades. Irracionalidad de los hombres: ambicionar la eternidad, osados émulos de los dioses. Exhaustas las mentes inquieren; pendiente, la asignatura se hace frustrante, la interpelación continuará. ¿Qué hay más allá de la eternidad? Se transforma en servil el pensamiento más altruista. Reflexión... Preguntas... ¿adivinamos? No existen respuestas ¿O hay quizás algo más en los arcanos?
Graciela Vera
|