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Se muestran los artículos pertenecientes al tema Poemas del libro: ATESORANDO RECUERDOS.
 CANTO A MI MONTEVIDEO Quiero llenarme los ojos de los mil colores de la ciudad, del oro cobre de sus arenas, cuando el sol se deja caer en el río como mar. Los mil verdes de sus parques, los grises de sus conventillos, olores y colores, música y gritos. La cana vigilante y el punga atento. Quiero llenarme los ojos con la soledad de los viejitos del Piñeyro. Llevarme el recuerdo de las lonjas del Barrio Sur, las caderas de negras y blancas moviéndose cadenciosas al sonido del repique, del chico y del piano. Quiero llevarme el recuerdo de tu Dieciocho, las estatuas vivientes, delicia de los pequeños. Aquí un bandoneón, allá un violín, sombreros en el suelo receptores de escasos óbolos, muy poco el premio para el pintor callejero.
Y en las esquina los malabaristas pasan la gorra a los autos detenidos, mientras cien chicos ofrecen lavar los parabrisas. Quiero recordar tus plazas, las luces permanentes en los árboles de Fabini, donde las orquestas de fin de semana invitan a bailes improvisados. Las cinco de la tarde vestidas de blanco con moñas azules, el barco pirata del Parque Rodó, juegos por doquier, las canteras y su cascada.
Febrero de carnavales, mientras, frente al Vilardebó, un loco que no lo es tanto, pide una cebadura para un mate imaginario. No quiero olvidarme del encuentro de amigos en la Pasiva de Ejido, pancho y cerveza; ni de las brasas detrás de los cristales, invitación de El Fogón. No quiero olvidarme de los sábados de música y color en la Ciudad Vieja, de los ruidos y los aromas del Mercado del Puerto, ni del paseo de los shoppings. Quiero recordarte vestida de gala, la Noche de las Luces, habrá otras muchas pero ésta es nuestra, tiene fecha, tiene su público, y mas allá. la San Felipe y Santiago, cuando nos quedamos para aplaudir a los últimos, los que son como nosotros, el corredor ciego, el que viene en sillas de ruedas o el que trae la camiseta de Nacional. El Parque Central, con historia a patria y con historia a fútbol, la sede de los cristales rotos, orgullo de cada triunfo; un pueblo que se la juega y aporta a cada campaña solidaria; y vive sus fiestas con el corazón teñido de celeste y blanco. No quiero olvidar los autos embanderados en toda ocasión, ni los festejos, ni las rencillas. No quiero olvidar. Atesoro en mis pupilas los mil rincones de la ciudad, las caravanas multicolores de cien ciclistas; el bullicio de las domas de La Rural, y la fiesta por excelencia en el Centenario, Monumento Mundial al Fútbol. Quiero recordar el sabor del choripán y el aroma del asado a las brasas, los helados de la Cigalle, y las vidrieras de Tata. No quiero olvidarme de las baldosas rotas, ni de los plátanos en primavera, hoy son tesoros que llevo en el corazón escondidos en el rincón de las cosas vividas.
Graciela Vera
Se extiende coqueta, blanca y recatada,
como damisela inquieta
cuyo pié besa solícito el azul Mediterráneo,
mientras, desde lo alto, cual abuela celosa,
la Alcazaba vigilante trae ilusiones de reinos nazaríes.
¿Habrá sido en harenes orlados de sedas preciosas
en donde su cielo libara esa diáfana gama de azules?
¿Quizás las chirimías de Hairan, calmaron al dios Thor
rezumando la suavidad de su clima?.
¿Serían los sobrios “tarantos”
los que desde el fondo de la mina afloraran para ella
esa argentífera luz cegadora de su aura?.
No importa quién te hizo, quién te creyó;
no importa cuántos poetas te cantaron;
escaparás siempre al tiempo y al elogio
emergiendo majestuosa de la alquitara de tu esencia.
Almería, graciosa gema andaluza,
Espejo del Mar, Portus Magnus
que en los recónditos escondrijos de tus montañas,
guardas el preciado tesoro de tu orgullo
y de tus gentes.
Graciela Vera
 Ofrendándome el oro y el platino, engastados con engarzaduras de rubíes, así me recibió España, la tuya, la de vosotros. Cuál dádivas inalcazables, al plegar sus alas el mensajero el neón fue sustituto implacable de la joya. Preseas que escaparon de mis manos mucho antes de intentar asir las alhajas refulgentes conque España, la tuya, la vuestra, la mía, la nuestra, me brindara su grandeza, cuando aún no hollara su suelo generoso con mi pie.
Presentes de diamantes y esmeraldas que guardo por siempre en mis retinas, junto a la sublime sensación de las esencias de la 'Castiella' del descubrimiento allí, donde no existían las realidades de mercurio, donde la grandeza de una estirpe forjó tu mundo y nuestro encuentro.
Graciela Vera

No creas que esta será tu tierra, aquí serás siempre un emigrante aún para quién te extiende la mano, en fraterno gesto de amistad. Desde tierras exóticas, desde un mundo distinto donde dejaste parte de tu corazón, arrastras el nombre universal: emigrante. Llegaste en oleadas, barcos repletos de ilusiones, sueños españoles, arrancados a una patria herida, gallegos que bajaron de sol a sol sus cabezas,
para levantarlas orgullosos al final de la jornada. Sueños italianos, con las manos llenas de vides, y el corazón moreno de cantos. Sueños gringos, ingleses, alemanes, suizos, crisol de razas, mezclando sudor y sangre en tierras americanas, integrando culturas, adorando el mismo Dios, tan solo una palabra: emigrante. Cruzando fronteras, buscando apenas algo a cambio de mucho más;
ahora aquí, ahora nosotros, hijos de la América abierta en canales de desesperanza, hermanos que buscan lo que ya dieron, tan solo una palabra: emigrante.
Doloroso apodo, ayer, hoy, negación de patria, extrañas, diferentes costumbres, un mate, un lamento andino, quizás más cercano a la Europa que lo recibe, un Alá que no es su Dios, una piel que no es de igual color, todo resumido, apretujado tan solo en una palabra: emigrante. Graciela Vera 14 julio 2001. El día que alguien me hizo sentir, otra vez extraña en la tierra que quiero casi tanto como a la mía.
 Barrio Sur, vino y lonjas, calles angostas con rejas en las ventanas. Hilera de casas bajas que se niegan a morir. Durazno, Convención, Isla de Flores y Gardel, color de ropas tendidas con olor a negritud. Cuando derrumbaron el Medio Mundo supiste que habías perdido la irreflexiva batalla. No quedan malvones en tarros de lata. Sobre el río del color de tu gente los ladrillos avanzan hacia el cielo, y lloran los mulatos ahogados entre rojas paredes. Un farol resiste al mercurio, ofrendando la sombra de su luz al cimbreante paso de Rosa Luna, mientras la Gularte llora noches de esplendores. Conventillos que ya no están, Barrio Sur, recuerdo que se esfuma, el Centro ganó terreno y el asfalto va cubriendo el empedrado. Solo tu nombre permanece convertido en leyenda, mientras tu alma vuela, envuelta en el repique de un tambor. Graciela Vera
 A su lado aprendí, de vivir, el verbo conjugar.
De su mano comencé, de vivir, el camino iniciar. De sus labios comprendí, de vivir, la ilusión soñar. De su trabajo supe, de vivir, martillo y cincel valorar. En sus ojos descubrí, de vivir, el orgullo de tenerme. De su recuerdo quiero atesorar, de vivir, su don de gentes, amigo leal, exquisito perfeccionista Un hombre..... un nombre... PAPÁ Graciela Vera
 PRIMER VIAJE
A veinte, todo a veinte, llegan de Las Europas, nadie puede dejar de comprar. Cuentas de colores, telas y espejos, son los últimos, cómpreme usted señorita, mire que belleza, que suave textura le ofrezco. Vienen directos, importados del Puerto de Palos, el contenedor lleno en la bodega de La Pinta, que en La Niña en fardos traen las últimas creaciones de un tal Cristian Dior. Señores, señoras!!!, jovencitos también, escuchen esta novedad, lo que aquí se ofrece no da para regateos, y por cierto y seguro no puede faltar ni en el bolso de la dama ni en el bolsillo del caballero. ¿a dónde va usted señor, sin oír esta oferta? Para el hacendado, ganadería completa, vacunos, ovinos y caprinos se rematan al llegar a puerto, salieron por encargo de la Reina Católica, directo a Las Indias. Afortunados marineros los que viajan en la Santa María, desayunan leche fresca y meriendan filetes de vaquillona. Cuidado don Colón, su flota puede encallar y la bronca a bordo desatarse si la promesa no cumple, asueto apenas amarrar, descarguen los nativos las cámaras frigoríficas mientras sus osados marinos bajo los cocoteros descansarán, que será arduo el retorno, mire usted lo que ocurrió, buscando especias, al chocolate y al café terminaron haciéndose adictos. SEGUNDO VIAJE (O EL REGRESO) ¿Cuál llegará primero de retorno a Palos?, que hay cien rubros de estímulo, al marino que más plata en sus bolsillos haya logrado. La Niña averió un motor, sus hombres debieron resignarse y quedándose en la costa a indias chicas y también a las chicas indias debieron desembarcar, sin mayores preocupaciones en tierra todos quedaron encontraron una playa nudista donde tomar piña colá y bailar un mambó. La Santa María es más rápida, en esta regata la Pinta llega segunda, mal cosa, el mercado estará saturado, nadie va a querer ya comprar, otra ave del paraíso, y dos patatas para asar. Buen negocio ha hecho, este señor don Colón, no encontró especias, pero la reina quedará contenta con tanta tierra para colonizar. La preocupación aún no llega, a los mercados de Las Europas, en las universidades empiezan a prepararse los primeros letrados en comercio exterior, que el negocio va a ser floreciente si por aquí se aprende a comer eso tan extraño que llaman maíz. Señores, vengan a comprar, que han llegado de las tres, dos de las carabelas al mando del ilustre señor don Cristóbal, y sus bodegas traen, entre contenedores y cámaras de frío, un jaguar y dos ñandúes, tres cocoteros y cinco indígenas, acompañados, como es lógico, por una docena de dirigentes sindicales, no vaya a ser que en estos confines no sean escuchados sus justos reclamos, trabajo para todos, poco deberá ser, salario justo, por supuesto ¡y mucho más! y un colchón mullido para descansar antes de emprender el tercer viaje. Graciela Vera
 El tiempo que no reverenciamos tomó venganza en sí, presto en la dicha se recrea en la pena. Las imágenes. la música. todo sugiere recuerdos, desgraciado féretro cuando es mortaja la incomprensión. Una solemne cantata estalla en los oídos, las manos separadas no oyen iguales acordes. ¿Despecho o temor? Se crispan los dedos sobre un teclado imaginario, la noche llega imperturbable. ¿Temor o desidia? Quizás ella nos responda, hay espejos en cada habitación y un complejo pentagrama. Ríen los bufones en el soliloquio interminable de pícaras corruptelas. ¿Es más pura la inspiración cuando es punzante la pluma? Errática vereda que define el atajo. ¿Algún día dejaremos de creer? La música se acaba. Vuelve a tocar en fa mayor, ¿puedes? Un día ya no habrá retorno, desertará la imaginación, rehuirán las musas la invitación y en un esperpéntico cuadro solo hallarás un títere desarticulado. Graciela Vera
 ¿Hay algo más allá del infinito? Estrambótica catarsis con la que comparto acuciantes ansiedades. Irracionalidad de los hombres: ambicionar la eternidad, osados émulos de los dioses. Exhaustas las mentes inquieren; pendiente, la asignatura se hace frustrante, la interpelación continuará. ¿Qué hay más allá de la eternidad? Se transforma en servil el pensamiento más altruista. Reflexión... Preguntas... ¿adivinamos? No existen respuestas ¿O hay quizás algo más en los arcanos?
Graciela Vera  Prodigio de la Almería nueva, milagro extraído, kilo a kilo del seno yermo de tu desierto. Sílice y sol, lamentos de agua, eclosión de vida.
Abierta en ríos de savia, sangre verde que fluye silenciosa, la simiente orada el basalto extendiendo su flujo, ladera arriba hacia las cumbres. Hombres coraje plantaron cara al desierto. Los peñascos se hacen parcelas y en cada surco hay un ruego callado, escondido en una babel que crece sin tiempos. Cajas de estaño repletas de oro vegetal, extraña geometría de plásticos, ofrenda de un Dios a su creación. Sorprendente alquimia. Graciela Vera

La casa está sola, vacía de penas y amores, perdidos sus recuerdos murió de silencios. La casa está vacía, allí donde queríamos escondernos en veladas de brindis y risas, se extiende el polvo y el musgo. A cal y canto cerraron sus ventanas, abigarradas sombras escapan de sus muros. En el patio muere un jazmín, nadie ha llorado sobre sus raíces. Docto arquitecto el que legó su abolengo, desde hace mucho el raso no cubre cristales, sobre el mármol, una copa que no está, aguarda a los amantes del rellano. La casa está triste, no hay ropa tendida que el viento alise, el galán de noche ya no regala su perfume, huyó a otros brazos en pos de una estrella. Un geranio porfía por perdurar su color, no hay perfidia en la tierra seca, solo el recelo de lo arcano desgarrando el encanto del sol. La alcoba donde en nuestra cama, ávidos de nosotros, exaltamos nuestro amor, se desdibuja en sombras truncas, allí no nos hemos amado. La puerta cerrada rectifica ilusiones, sentados frente al hogar juntas las sienes se tornarán blancas, vana idea, implacable cae la mampostería. La casa nos susurró su dolor, la Feria la vistió de luces, efímero oropel para su infortunio, sin sueños, sin luz, sin estrellas.
Graciela Vera
 Imágenes reflejadas, creadas una en el espejo, la otra en el alma, auténtica una, la otra ilusión. Los pensamientos son mente que vela realidades y, envueltos en tules, fantasías en los rincones donde penan los sueños. Allí donde van a llorar cual creaciones fenecidas, las imágenes escapadas del espejo ya sin vida, que esconden verdades, mintiendo nuevas imágenes Graciela Vera
Dice mi ‘marío’ que aquí, donde no dan ni una ‘chica’ por los sudacas llegados, su ‘muhé’ –esa soy yo-, debe ‘mejorá’ su dialecto utilizando de las palabras solo las más selectas, que no es lo mismo cuando de idiomas hablamos el uruguayo que el español.
Y yo que aprendí que ‘ciudá’ termina en dad, que el vino ‘rosao’ es el rosado y que si soy ‘quería’ debería ser querida, desespero por decirle que no entiendo lo que hablan andaluces y gallegos. Parece mentira que de tal jerga se jacten y no sepan recrear los sonidos de nuestro ‘buen hablar’. Dice –mi ‘marío’- que digo ‘che’ cuando pronuncio ‘ye’ y por un supuesto bien hablar cercenar pretende mi querida ‘yorugués’. No encuentro como disfrutar ante tanto requisito, del cosquilleo que produce la ye cuando escapa rozando el paladar, casi provocando un orgasmo nasal. Y al no encontrar orientales de uruguayos pagos, busco consuelo a la pena de sentir tan castrado y denotado tan delicioso sonido. Que resulta muy querida la ye -tan querida señores, tanto, como la españolísima eñe-. Vean como el paladar se excita solo de esperar su suave caricia, procuro hallar quién lo entienda y encuentro en hermanos argentinos, -que no es América toda la misma- que la ye sigue sonando igual que en los pagos rioplatenses; muy distinta a la tímida elle.
Unidos hacemos público un manifiesto peculiar: pedimos paciencia y tolerancia, para con nuestra amada ye. Seguro que el español tan respetuoso, a nuestra jerga se acostumbrará antes o después –no importa-, que nuestros oídos logren hacerlo, al sonido que logran extraer a esa hache que yo creía no sonaba y aquí la aspiran los vecinos que llegan de la comarca, provocando tal ronquido y demostrando en el acto su habilidad para no atragantarse con la lengua. Digo yo – es para pensarlo-, si vine a España porque no era país gringo y me cuesta entender lo que hablan, que aquí el castellano se dificulta, más que el inglés y el francés y casi tanto como el alemán, resulta entonces que al final nos es más fácil entender a un tano. ¡Señores! Antes de rechazar lo ajeno, en pagos de ‘variedá’ ¡Enseñad a modular! que en la España de Cervantes en cada villa, pueblo o “ciudá” al pobrecito castellano martirizan sin “piedá”. Graciela Vera  Sin ostentosas dádivas, atando cintas a mi guitarra, llegué, desnuda, los ojos abiertos a la ilusión y en los brazos apretujado, un pedazo de mi cielo al que aferro el presente.
Tan azul como tu mar, tan límpido como tu mirada, así es mi cielo, el que no quise dejar, el que mira mi gente con la frente levantada, sin ocultar los ojos.
Esa gente, la que arropada en desazones, le canta a la vida, entregándote una chamarrita apenas amarrada a los tarantos de tu Almería.
Soy portadora de la noche que brilla más allá de Orión. Besa el río de los Pájaros Pintados al Mare Nostrum de los sueños; dulce mistura, el espinillar regala olivas y el olivar se viste de oro, milagro de un pedacito de cielo, que moja sus pies en tus aguas.
Graciela Vera  Envidio tu pueblo libre de recuerdos, tu vida en presente y tus mañanas inciertos. Porque soy paya me ata el horizonte y con los pies hundidos, veo alejarse tu mundo en un carromato de ilusiones. Sin patrias, sin fronteras, el espacio se torna calé, una hoguera como hogar, un niño de ojos grandes y una gitana danzando en vórtices de cuentas de colores. Graciela Vera
 La poesía es un ruego, que atravesando moléculas se prende muy fuerte en las entrañas de la vida. Canto de estrellas que no cuenta rimas ni silabea tercetos. Suspiro de adolescente que sueña con el amor y ama en sueños. Poesía es el desgranar en versos una caricia, y elevar al cosmos una mañana que ya pasó; es abrirse al infinito enroscando pretéritos. Es la sencilla alegoría con que un niño pide ser adulto, solo por el deseo de robar un beso a la luna del solsticio. Graciela Vera

Es el dolor de toda mujer ante la impotencia por los millones de niñas víctimas de la ablación.
Donde las líneas se difuminan y el horizonte desaparece en el resplandor de un cielo-mar, allí surgen del desierto, y en la ignorancia mueren estando vivas y viven sin existir. Oí sus cantos desencajados, lamentos y súplicas y no quise que taladraran mis tímpanos los gritos de las que no tienen voz. Es tan tenue la frontera del dolor, como esas notas difusas que anegan la magistral sinfonía, inconcreto divertimento que el avaro compositor se ufana en titular vida. Sangran en sus almas las heridas del cuerpo; adolescentes que no sueñan, viejas de ilusiones, por siempre negadas al placer. ¿No las escuchas gemir más allá de la frontera de este mar de esperanzas? Ocultan entre tules la vejación de ser mujeres. No es de dolor ese aullido celebrado en sórdido festín, es la impotencia de no saber que en alguna parte existe la dignidad. Graciela Vera
 Dejé Montevideo un 3 de noviembre del año 2000
Desde el aire te vi pequeña en la majestuosidad de tus verdes, el río como mar, en eterno beso te ceñía por la cintura.
Te recordé en el bullicio de las tardes de escuelas, de túnicas blancas y moñas azules. No quise olvidarme del Cordón extendiéndose hacia el Obelisco, ni de las calles de Palermo y del Barrio Sur. Supe que iba a añorar las mañanas con los amigos, en los sábados de la Ciudad Vieja, y un paseo hacia la fortaleza, subiendo las calles del Cerro. Le dije adiós a los verdes del Centenario y del Rodó, a la que había sido mi casa, a Boulevar, a Rivera, más allá a Punta Carretas. Quedaron atrás Ramírez y tu Dieciocho, y me olvidé de los sueños frustrados cuando la Rambla se fundió en río. Te perdí en un horizonte de nubes y soles, de una Cumparsita tan tuya como ese pedazo de mi corazón con el que te quedaste por siempre, linda Montevideo de mis recuerdos.
Graciela Vera Foto gentileza Estudio Stonek

Suspiran los cantaores, por peteneras y tarantos rezumados de la piedra, desperezan entre lamentos tu sueño de reina nazarí, mientras se pierde en la oscuridad profunda de la mina, el último gemido de El Zagal.
El Mare Nostrum con azul falda cubre tus pálidos muslos, ofrenda tu virginidad al carmín de mil rosas; tu alma es un quejío, llanto de chirimías, rescatando ritmos ancestrales entre palmas y guitarras.
Grácil doncella, de harenes favorita, hermosa entre las que más, por ti lloró el Califa, por ti suspira el andaluz corazón. El aire se impregna de perfumes, cada reja guarece un malvón, un mundo de ventanas cuadradas, ojos de casas chatas, se enroscan por calles disparejas como desprendiéndose insolentes desde la Alcazaba soberbia.desde la Alcazaba soberbia. Sedienta la tierra reclama, lágrimas de quince siglos dan vida a explícitos vergeles. Las murallas aprietan tu cintura preñada de vida nueva, Hairán aún deambula por las serranías, cabalga laluna en corceles de leyenda.
Pariendo en presentes el mañana arrancas en desigual lucha el oro, lujuria verde de tus invernaderos.
Almería, la hurí perdida, mantilla y peineta, clavel enredao al pelo, la Virgen del Mar te esconde, tesoro elegido, so los pliegues de su manto, sin que dejen de cantar los fandangos a la bella princesa mediterránea.
Graciela Vera
Graciela Vera  La niebla prostituye el paisaje mañanero, las voces apagadas esconden los amores de la noche que ya se fué. En las cocinas, ahora vacías, la lumbre aún crepita endulzando el aire con perfume de acacias. Pasos rápidos buscan el rebaño, lloran los árboles lágrimas de rocío, se tiñe de color la pradera. Bosteza el día su letargo, la casa se despereza, mujeres de amplios delantales con los ojos cansados de sueños aguardan el paso de las horas, tamizan la harina de la vida mientras la boca del horno espera el tributo del pan.
Graciela Vera
 A Agustín Melero, a quién no conocí y sin embargo me enseñó a contemplar y a amar el cielo. Con la tenacidad del observador que con sus gemelos de teatro pretende integrarse al libreto, buscabas en la majestuosidad del tiempo la grandeza del cosmos.
Como muestra de eterna poesía que arrastra implacable las profundas excitaciones de dos cuerpos que chocan, explosionan, se desintegran en el abandono prematuro, abriéndose a la ilusión en una emisión de llamaradas, captabas con fruición la belleza del momento, alimento de tu fantasía obediente al rigor de la ciencia, Tus amenas enseñanzas despiertan la soledad de mis aficiones. Contemplo un paisaje a la luz del sol, el mundo se hace bello por tus sapientes ojos ya ausentes, asombrados ante las mas hermosas de las constelaciones. Son remolinos electrizados, profundas excitaciones ante los enjambres de pequeños cuerpos que giran, saltan y ríen, emergen de la nada, domeñando la entropía que los generara, ofreciendo las respuestas a inquietantes y desorientadas preguntas. Belleza de un firmamento estrellado al que requiebras asombrado: "¡Afortunados quienes al mirar al cielo descubren a Dios!" Graciela Vera
 Africana en tu hispana tierra, del desierto copias topografías teñidas de bermejo, polvo en alas del viento acortando distancias, atrayendo mas acá del Mediterráneo.
Las ráfagas arrogantes ayudan el arribo de las pateras jugando a cara y cruz, arenas o rocas, vida o muerte. Sueños que te buscan anhelantes, como a hermosa, prometida hurí. Te muestras exuberante, ofreciendo todo por nada, o quizás nada por la vida. En tu tierra sueña el viajero que ya no es emigrante en tu gentil regazo. Almería, costas de sangre, solícita al desamparado, acoges dolor entre quejíos de tarantos, quizás aún no descubres el futuro, crisol de razas que cantarán a tu Alcazaba. Graciela Vera
 Yo soy una ñata, petisa y yoruga. Mis viejos me criaron degustando novillos a las brasas, mollejas y tripas gordas. Pagaría dos vintenes por un buen plato de ñoquis a la hora de morfar. En la zabeca uso vincha, no me rosa una zafaduría proveniente de un nabo cualquiera, menos aún de la indiada. Hay quién dice que hice un macanazo, solo dejé un machete, pelo a pelo por un macho. Dijeron que era un jovato al que le gustan los jesuitas, los que se saborean con el té, o con un garoto con leche. Que yo era una loca, que me fallaba el marote, -sepan que no hay loro manso cuando le tocan la cola-, que de facho no tiene nada y sí, mucho en el balero. Lorearon que nos ennoviamos, se asustaron las viejas del barrio, no nos apichoneó la gentuza que solita se cavó la fosa. Si este gallego hoy toma un cimarrón, esos tilingos la erraban. Yo seré muy turra y terca y de cuando en cuando me tuso, pero que el gallego toquetea, eso se los garantizo y cuando pídole una ‘traviata’ el solícito me pone a Verdi y sigo desmayada y hambrienta. Yo aseguro que es un pibe para las cosas del coure, tenemos flor de metedura, y siempre andamos de farra. Eso sí, añoro los pagos orientales, aquí por milonguear se van de marcha; aperitivo es buen vino y mejor tapa, difícil resulta lambisquear cuando una birra te acondicionan. Esta es tierra de lastrones y con el andaluz conque hice yunta, a ambos nos gusta morfar. Escribo porque añoro un kilo de aguja pa’un puchero. El sabroso dulce de leche aquí es extraño, y si me pongo a lloriquear puedo seguir contando intimidades, por eso antes de resultar pesada, simplemente me las pianto. Graciela Vera
Para entenderlo (sin malas interpretaciones) se recomienda recurrir a un diccionario con terminología uruguaya, no sirve la argentina que se diferencia bastante de la yoruga.
 El Plata atrapa el rito diario y el sol, naranja de lujuria se sumerge en el horizonte, explosionando en fuegos. No hay tierras, no existe el hombre, solo Dios y mis ojos en asombro de colores, silenciosa cuna del ceibal. El río como mar cambia, el cielo se hace ocre, surcan sus aguas reflejos de plata, volcán inexistente que regurgita sueños troncando nubes por algas de sangre. Las dunas mueren entre brumas, oriente tiende un manto oscuro que se desgrana en resplandores cuando la noche besa occidente y una estrella nace del mismo río. Graciela Vera
 Tierra de cantes que se arrebuja sedienta, entre mar y montaña, la Urci de hoy, toda vestida de sepia y ocre desafiando los alisios.
Adolescente aún, precursora de venturoso mañana quiebra tu cintura la franja verde de la Rambla donde la sal y el yodo llega desde el Sur en alas del viento. Baña tus pies firmes el Mare Nostrum generoso de frutos y belleza, regalo a las barcas y a los ojos, reflejando mil estrellas que juegan a las escondidas entre La Alcazaba y la Puerta Puchena. Eres la Almiriya que creciera, bebiendo del árabe en su exuberante civilización. Ayeres de harenes, mañanas de esperanza, ocultas tu riqueza en vergeles de nailon, oasis de promesas, hoy te descubres al mundo nueva, medrosa y sugerente. Almería, Bayyanna del sueño de los nobles, último bastión del reino Albaharí, que desde el mar, prendado de tu belleza llorara tu pérdida, mientras el Real Pendón de Isabel y Fernando ya por siempre, para España te recuperara. Hija predilecta de los dioses, el de los cristianos, te regaló tallada imagen de la madre de Cristo, Virgen del Mar, de tu mar, Almería, el que te ofrece ese increíble azul que te hace única, deseada, diferente en suelo español, tan nazarí. tan andaluza. Graciela Vera
 No hay espacio en la rueca insensible. Dos ojos, una boca, una víscera que ignora si le es permitido continuar latiendo. La rueda gira vertiginosa en su indolencia, módico resulta el precio de la muerte. La parca es paciente, no hace asco, solo aguarda. La noche se revuelca y un frío glaciar atrapa la médula, la quijada temblequea en la espontánea convulsión, tan solo una calavera que nos invita mordaz a continuar viviendo. Graciela Vera
 El Plata atrapa el rito diario y el sol, naranja de lujuria se sumerge en el horizonte, explosionando en fuegos. No hay tierras, no existe el hombre, solo Dios y mis ojos en asombro de colores, silenciosa cuna del ceibal. El río como mar cambia, el cielo se hace ocre, surcan sus aguas reflejos de plata, volcán inexistente que regurgita sueños troncando nubes por algas de sangre. Las dunas mueren entre brumas, oriente tiende un manto oscuro que se desgrana en resplandores cuando la noche besa occidente y una estrella nace del mismo río. Graciela Vera
Bosquejos en azul marengo, galiléica visión apenas esbozada por la débil luz de los cirios. Se confunden los sentidos en cataclísmico surgir de pasiones y temores. Idónea plétora de amores, en eterno, perfecto movimiento. Esfera cristalina, emergiendo, rotando, buscando un recóndito lugar en la palidez de la Vía Láctea. Imágenes estéticas, líneas que se alargan, se extienden y se diluyen, perdidas en la inmutable oscuridad del cielo nocturno, asomadas como racimos de caricias, escapando, siempre escapando, de los rastros de un eterno Big Bang. Graciela Vera
 Como un caballo desbocado cruza la vida campos de nadas, aferrándose a jirones de algo que atenazan dolores de muchos. Jinetes inexperimentes sacudidos al vaivén de constricciones, por penitencia: vivir.
Alegre tálamo nupcial, a horcajadas del dolor dichosa llega la doncella; consumación imperfecta, la posee quien sueña otros rostros continuando la bochornosa cabalgata. Embustes que no son sino verdades a medias, realidades que no importan en el carrusel de la vida, jinetes sin cabezas, que no piensan, no ven, no dicen, jinetes con cuerpos marchitos, que sienten, sufren, gimen en el silencio lúgubre, que ahoga la ilusión de encontrar algún día vida, sin que resulte otro chasco, la vida. Graciela Vera
 Son nubes deshilachadas gorgoteando en parco chubasco que no alcanza a fundirse en los siete colores del arco iris. Formaremos cordón umbilical que unifique estrofas sin chance de engaños. Momentos deshilvanados que alcanzan, para confundir otros que no llegan a fenecer por miedo a dejarnos sin quimeras. Retozaremos en el lodo cayendo una y otra vez como beodos intérpretes. Lluvia de primavera, cual llanto, fría tibieza, doncella descalza, fraudulenta visión de la vastedad. Cantaremos loas eternas levantando copas de mirra en imprevisto holocausto. Estadíos calmos envuelven el tormentoso letargo, ofrenda transitoria en aras de un todo. Verteremos lágrimas, hoy es momento, confusa, la burla es real. Graciela Vera
Ilustración: foto 'Lluvia sobre cristal' publicado por concursos de ojodigital.net
 Es irreverente, tal vez sea una incrédula, aunque parezca incitadora de la imaginación. Tan ilustre con su sombrero como inexistente, al diluirse apenas esbozada: imantada raya con idea de vocal. La vida está incompleta, si un inepto se olvida que no es inmoral hablar de la eternidad, resulta inestable, y casi perdida. Con su idealizada figura juncal y su innato donaire nos acostumbró a su incitante imagen de nimiedad. indócil, se niega a cruzarse entre idilio y ensueño e indiscreta paga tributo cuando resulta inconstante el amor. Graciela Vera
 I
Las manos son ritmo, sangre y vida de razas, latidos de corazones transformados en palomas. II Repique de tambores, rojas las lonjas, la carne llora y el cuerpo tiembla. III Palmoteo que se eleva transformado en bulerías, las manos arrancan un lamento acariciando el cante jondo. IV Las manos tienen colores, son blancas. son morenas. tienen movimiento propio, piensan por sí mismas. V Escudriñan el alma hurgando en los sueños. Las manos de allá, las manos de aquí, VI cadencias inmolándose al amor, las manos de mi tierra, las manos de tu mundo, las manos de los dos. Graciela Vera Ilustración: 'manos' pintura de Alicia de Miguel
 La sinfonía llora; el acetato estalla arrastrando quimeras; la música se escribe en un criptograma de sangre, entre mariposas azules prisioneras de una escala. Se torna cromática la melodía. Doncellas, matronas y mujerzuelas sin castidad en la postrimería de la jornada entronizan la virginidad salmodiando monótonas arias. ¿Dónde va la música cuando las notas mueren? Las respuestas se esconden, jacarandinas en ridícula canonización entre florilegios cuasi olvidados. La batuta cae de la mano, disonancia que no pide indulto; indómita cabalga la amazona, Pegaso abre sus alas y la noche deglute pentagramas en un festín de aberraciones. ¿Dónde va la música cuando las notas mueren? Graciela Vera
Ilustrado con 'Sinfonía' foto de Raúl Villalba
 Morena, cara redonda, cuerpo de trapo, brazos y piernas informes, tan diferente en aquel mundo de princesas de pelo rubio y mejillas rosadas, con su cabeza pequeña del color del azabache Cuántos sueños de cenicientas y hadas madrinas compartí con ella, mi muñeca negra. Graciela Vera
 Asomas a la noche vestida de esmeralda y rubíes mientras cien vírgenes, entre tarantos y chirimías, bordan tu traje nupcial. El Mare Nostrum desfallece a tus pies prometiéndote el cielo en su inmensidad azul. Platino y oro que deslumbra los ojos, ¡ay!!! quién te pudiera esconder en cofre de marfil, para guardar tu belleza por siempre reflejada en el destello de mil turquesas, susurros de aguas cantarinas. Eres hermosa entre las hermosas, graciosa novia del Mediterráneo, hay filamentos de luces enmarcando las sombras, cuál si jugaran a las escondidas entre cien palmeras. Almería yo te canto porque te amo. déjame quererte así, salerosa y guapa. Graciela Vera
 El tiempo se desmorona, horas inertes, muertas en minutos, desechas en décadas, reloj insensible marcando esperas, agotando días, entre noches sin tiempo. Por ventura existen los relojes de sol. Ellos saben como detener el tiempo en un ocaso. Graciela Vera
 Ocho lunas llenas te han visto, los ojos cual estrellas mañaneras soñando con el hijo que vendrá, ocho lunas llenas han acunado en tu pecho un ángel de amor que espera la novena para ser. Ocho lunas llenas has vivido siguiendo caminos de esperanza, sabes que tu cuerpo se abrirá, tu sabia se derramará, cuando nueve hayan pasado, desgarrando, arrancando al dolor la sonrisa más tierna. Ocho lunas llenas colmaron de néctar tus pechos, calostro que se transforma, dulce, delicado fluido de vida que a la novena amamantará de tu vida nueva vida. Ocho lunas llenas se perdieron, únicas en el calendario de tu existencia, repetidas mil veces en mil sitios, nunca igualadas, siempre iguales, a la novena te sabrás madre, como nunca mujer.
Graciela Vera
 Dices que eres poeta, ¿cómo puedes considerarte tal cuando la vida es toda ella, por sí sola inmensa poesía? ¿Te dices poeta porque elevas cantos transformándolos en casi inexistente partícula del todo? No te llames poeta, cuando no tienes en tus ojos reflejada la inocencia de un niño. No te llames poeta, si de tus ojos las lágrimas no afloran ante una flor que muere. No te llames poeta, si nunca sonreíste enamorando a la tristeza. Tú no eres el poeta, quizás tan solo seas quién vive en el poema. Graciela Vera Ilustración: 'Poesía de su beso' pintura propiedad de Galería Dante
 El cielo y la tierra, eternos amantes, se enamoran de colores y olores y se hablan en susurros de vientos. Se rozan apenas, temerosos de iras..., copulan en silencio en noches de luna y llora la lluvia el espacio que los separa. Hay ardor en el abrazo de la derrubia, --tierra y agua en salvaje eyaculación— lujurioso estalla el firmamento; se besan en sublime encantamiento, auroras boreales que no aguardan, revientan en el placer, lejos del fuego. Los amantes oyen la eterna canción, sacerdotisas, astronautas y dioses, lo sagrado y lo profano en obscena coyunda. Les espían, adivinan sus suspiros, --eructos de fuego desde excitados cráteres— y huyen incólumes, impolutos, a horcajadas de centauros y oriones. Graciela Vera Ilustración: pintura 'El cielo y la tierra' de Jorge Omar Galdeano
 Perdóname por las flores silvestres que mis ojos no se detuvieron a mirar; por los arroyuelos que se escurren entre pedruscos sin que mis pies sintieran el frescor del agua cantarina. Perdóname por las noches estrelladas que se fueron sin que mi rostro se alzara para rendir tributo a la inmensa elocuencia del cosmo; por las playas vestidas de oro, por la blancura de la nieve, y el verde de las hojas que por cotidianos mezclo sin atención en mi paleta de mal pintor. Perdóname por la pulpa jugosa del fruto apenas saboreado, por los trinos que no me detuve a escuchar, por la niña que dejé de ser. Perdóname, vida. Graciela Vera
 Sigo caminos borrados en el tiempo, traigo en mi canto flores de ceibos que voy repartiendo a los vientos en susurrantes bocas de carmín. Acechando en las riberas de los ríos cae en gracioso picado el Martín Pescador. Mi cuna la meció el Uruguay, silbando melodías la furia de sus crecidas; los Andes, nido del cóndor, capturaron mi asombro. Centinela majestuoso de mi América con el Aconcagua compartí el viento. Bebí del sabor salobre del Atlántico, en la pampa saturé mis sentidos con el empalagoso deleite regalo tempranero de la lechiguana. Sentí el frío del Pacífico, corrí por bosques y desiertos. No me preguntes de donde vengo, solo recrea mis noches de vidalas y pericones, colócame la vincha con que indómito, el charrúa se transformó en ombú. Déjame extender mis manos, invitándolos con un mate amargo, hacia los hermanos de mi patria, argentinos, paraguayos, chilenos y brasileros. Ellos conocen de mi paisito historias que son comunes, saben de sus tesoros, y brindan con caña y butiá, por el sol de mi Uruguay. Graciela Vera
 Cruzaste fronteras pisoteando recuerdos ¿dónde está tu hogar si ya no tienes casa?. Este cielo no es tuyo, ni las estrellas que te cubren pertenecen a tus sueños. Por no mirar atrás corriste un pesado cerrojo, es de otros el mundo que resiste tu paso. ¿Dónde está tu hogar si ya no tienes casa? Apenas si llevas a cuestas una mochila sin pasado, otro color en la piel diferente tu hablar, y en la mirada la súplica silenciosa de quién dejó su hogar y ya no sabe, donde está su casa Graciela Vera
 Disquisiciones sobre un cuadro de mi ‘marío’ Porque tu sueño de hombre, sea mi sueño de amante. Las cuevas ascienden por la ladera, Vista Bella se empapa de pinceladas y en la luz de una mañana sin recuerdos el lienzo guarda mil recuerdos sin mañanas. Hogares escavados en el cerro, a la cala arriba en olas un tesoro de sal y yodo mediterráneo, mientras Terreros se despereza envuelta en brisas y en algas. Busco tu sombra, caminando el alba, niego amores que no me pertenecen y creo pasados, solo para nosotros. ¿Seremos acaso esas dos rocas que junto al mar desafían la tempestad? ¿Qué lugar me destinó el pincel que tu mano guió? tus sueños de veranos se enraizaron en mis inviernos; no lo sabíamos pero un día mañana… quizás ayer… en Terreros besaré tus labios. Graciela Vera

Sueño de ayer, de la Albaharí mora, cuando Adberramán buscara su favorita en escondidos harenes. Hermosas esclavas suplican por su amor, de eternas noches a días de hoy presentes. La Alcazaba resplandece envuelta en pasados oropeles, mientras la luna de febrero cobija cien odaliscas, danzando por placer sobre las Murallas del reino de Hairan. El ojo avizor descubre frágiles huellas que dejan los desnudos pies, temblorosos en su paso etéreo. Ante resplandores de auroras, callan las chirimías, clama el almuédano, escapan los cuerpos envueltos en liviandad de tules, seres que en supremo esfuerzo huyen hacia el destino del conquistador expulsado. Llora la fortaleza vacía, se difuminan los gruesos tapices, sobre los muros desnudos se desgranan preciosas joyas y los amores se esconden del sol escapando hacia pasados bayyanies. Alma de la España morisca, de Isabel y Fernando el Pendón, Almería reclama para si, orgulloso presente cristiano. Graciela Vera
 A horcajadas de Luzbel, la noche cabalga desatinos ofuscando la razón, último desacoplamiento, la realidad se burla y en harapos escapamos de la risa, salpicados de absurdos resabios. Los desafíos cobran prebendas, postergan sueños por recelos; los duendes acaparan los miedos y un rechino amedrenta las ilusiones. La tempestad ruge, imponente el trueno se abre en dantesca flecha y en un ilegítimo epígrafe las letras dejan de pertenecernos. El aplauso es vano oropel y el perjurio aplasta la cruz, las palabras repiten historias que quisieron ser diferentes y la vida, implacable maga, ríe con boca desdentada. La lluvia anega cosechas, esteriliza bonanzas y arrastra un torrente de promesas, ofrenda al mejor postor. Las nubes, oscuras cual Belcebú aplastan las ciudades, la gente grita, corre y huye, tintinean las luces, ya nadie pide confesión, los sacramentos se aparcan y las iglesias cierran sus puertas. La riada llega demasiado pronto, adormece los sentimientos, libera a los amantes de momentos de irracionalidad. Redhiben los sagrados votos, la fidelidad se inmola en el altar de una misa negra; quiebra el viento los cristales, aúlla el endiablado siroco los hogares se vuelven sacrílegos, volteando a su paso almas ateridas. La cosmografía huye de los estereotipos, los astros se alejan y el ecuador se desliza. La lluvia cae implacable, las gotas traspasan paredes, hieren mortalmente las caricias, se deshacen en polvo los libros arrastrando consonantes, vocales y pétalos olvidados, que engulle la humillación disfrazada de pervertido remolino. Graciela Vera
 Las zapatillas de baile trazan los pasos de una coreografía de incierto final. Traje de luces, capote y montera, se viste el alma de magia y el cuerpo de arco iris. Anagrama de fiesta brava, cuando el bruto embiste los pitones se enamoran de la muerte. El desplante arranca la ovación, en las gradas vuelan mil palomas y en el ruedo la vida deja de tener dueño. Mantillas y peinetas, rojos, al pelo los claveles, en la arena el ocre, color de la sangre. El aplauso se hace pasodoble y el brindis entrega. Torero, estás solo con tu destino. Graciela Vera
 Vengo de mundos de cielos y ríos, arropada en la dádiva de la lluvia, azotados mis cabellos por el pampero en mil días soñando con tu tierra. Arrastro el corazón de mi América, que el Paraná y el Uruguay vertieron a mis pies en colores y exhuberancia, lamento de la selva misionera. Te entrego El Plata, que majestuoso en su estuario tomara el color de las riberas de mil islas para, mezclándolo con el púrpura del Bermejo, llorar sangre en sus blancas arenas. Surjo del río como mar, el mismo que guarda tesoros sin par, galeones de la España inmortal, extraña ofrenda de tu mundo. Traigo los ojos repletos de oros para confundirlos en los ocres y azules de la patria que me ofrendas tan lejos de aquella, allende mares. Vengo envuelta en retazos de cielo y nubes que entrego en abrazo fraternal recuerdo de los verdes de mis colinas envueltas en las blancas nubes de tu Andalucía. Graciela Vera
 Momentos... sólo momentos, sombríos los unos, cual explosión de luz los otros, formando el lienzo sutil que pinta el artista ciego, brocha que recorre la superficie sin atinos ni atascos. Momentos... noches y días, minutos y siglos, incrustados en el polvo, siguiendo huellas que no son. Me guía lazarillo insensato por caminos que no fueron en busca de lo que será. Momentos... lágrimas y risas, despertares sin prisa en la rápida pesquisa del todo que compensa. Sueños de nada, que ya se olvidaron desgranando el avanzar, pantomima gigantesca: vida Graciela Vera
 Las lágrimas escapan de las manos, los ojos se llenan de caricias, mudas las palabras perduran en eterno destierro. Pido misericordia para el afecto, proscritos están los ateos del amor, ¡¡Sé magnánimo, oh Señor.!!! Fantoches indigentes cruzan las tinieblas, rezagada oscurece la luz cuando claudica la ternura. En ebúrneo cáliz la hermosa pitonisa ofrece hechizos ¡¡oh mortal!!! deleitando tus sentidos. Retrocede la reminiscencia, no existe la perfección. La homilía comienza en comunión de dos almas. Mendigos de mañanas entre pravos enfados de corazones dolientes, ¡¡Sé generoso, oh Señor.!!!
El desapego, la costumbre, dioses que tiritan columbrando otras congojas, excusa perfecta, la nada. No hay mas adversidad que la espera acerba, ni mayor reverencia que un mirar a tus pupilas. Graciela Vera Ilustración: fotografía 'Urbanista' de concursos de Ojodigital.net
 El sol calienta la sombra, incinera un aire que se hace espeso, entre la tierra y el follaje se elevan fantasmales espejismos; bailotean los demonios atrapando el aliento y son brasas encendidas las que aspiran los pulmones. El azul se torna plata, y el cielo lastima los ojos convertido en un inmenso sol. Huyen los vivos de la resolana, voces asonantes claman por la lluvia, y mientras la siesta se duerme en sí misma un zumbido empalagoso asciende en remolinos rotos, cuajada la marisma en el sopor del mediodía. Graciela Vera
 Tengo ganas mi querido Ruperto, por escuchar tu palabra tan suave, tan dulce y tan buena como el jarabe que de la tos es remedio encubierto. Quisiera poder llamarte abuelito, y que presta, tu voz me respondiera, y que la fantasía a mi viniera, con esa urgencia que yo la necesito. Lástima no conocerte de herrero, más yo te disfruté con caña y anzuelo, en lejanas tardes nunca olvidadas. Tu nieta en tus hombros de gran guerrero paseas por las calles de Carmelo, ¡milagroso regalo de mis hadas! Graciela Vera
 Tengo prisas por aprender la rima con retórica, cadencia y medida, pues ávida mi mente no escatima mi empeño por lograr ser creativa. Si en sáfico, en adónico o en quebrado, su técnica más pura dominaré. Estudio métrica con desenfado y desde el Parnaso en que yo me situaré se harán fácil los endecasílabos, y aunque el verso libre no menoscabo de su belleza no he de depender. Los sueños son los hados noctívagos que nutren aquellas musas que yo alabo por el placer de verlos florecer Graciela Vera
 Por la calle del puerto tu pasabas mirando el mar con ojos de lagañas. Entre cajas y redes caminabas soñando, piratas y sus hazañas. Está Sandokan y el pata de palo, ese del parche negro sobre su ojo, el que pronto supimos, era el malo porque lo perseguía al pelirrojo. Hombre que revives sueños de niño cuando zarpas con rumbo a la aventura, no tienes ni segundo ni grumetes, ni importa si a bordo hay desaliño. Sin un sable y sin daga en la cintura tu alma nunca ha de saber de grilletes. Graciela Vera
 Dedicado a la maestría de Tomatito, que lleva en su guitarra la esencia de Almería
Los dedos arrancan gemidos, tímidos estertores, gritos roncos, caricias suaves que escapan impacientes desde las cuerdas de tu guitarra, llenando el espacio de duendes que elevan corcheas y semifusas, desde la Chanca a la Alcazaba, notas que tiemblan, sufren, viven, despeñándose hacia Pescadería, en un aluvión de cuevas y colores. Música escrita en un pentagrama de gredas petrificadas; el Mare Nostrum se hizo garza para brindar por tu sed de triunfos. Naciste con alondras en las manos, recibiste la bendición de las uvas morenas, que con su jugo tiñeron tu piel y despertaron a los vientos que desde el vientre te llamaron: ¡Gitano! Graciela Vera
 No hay aulas Para enseñar la lección. Fémur, tibia y peroné, no existe músculo entre los huesos y la piel. No es necesaria la disección, y en el gran anfiteatro cada articulación queda a la vista, desnuda y cruel, deformada de miserias enroscándose en sí misma. Nos apuntamos curiosos, oyentes desaprensivos, en la universidad de la muerte. Obituario inmoral convertido en parte diario. En el cráneo dos cuencos, no son ojos, son inmensos lagos de dolor donde no hay calor de sol. ¿Palos articulados o brazos sin formas ni fuerzas? no saben de acunar muñecas ni empujar hacia el cielo entre risas una cometa. ¿Cuántas costillas ondulan, mares de amargura, en ese pecho? Es privilegio del hambre contarlas. De tan frágiles son puro cristal ¡Pobre corazoncillo! cuánto dolor ha de sentir si en caja de vidrio se esfuerza por continuar sufriendo y en cada suspiro se le escapa la vida. Las vísceras ¿para que sirven? estómago vacío, pulmones sin fuerza, el vientre hinchado impide auscultar, se suspende la próxima lección y los alumnos, insensibles olvidaron los apuntes. Corren apresurados, mañana no habrá clase, aguarda el banquete de navidad y no soportaría tanta infamia.
Graciela Vera
 Paseo entre constelaciones y mitología Le pedí prestado un rayo de luz a Alkaid y desde la Osa Mayor, por él me deslicé para trenzar, de Berenice su cabellera, mientras de pie, Hércules le mira, prendado de su belleza. Tiembla en el cielo un aterido oráculo, es la etíope luz de Casiopea; vanidad compartida, le acompañan Caph y Schedar. Corre Perseo por su Andrómeda, Almak y Mirach le abren paso, ¿Dónde está su Pegaso? Demasiado lejos, su demora será eterna y mi canto no sabrá de amores. Busco la estrella Polar, quiero esconderme del Dragón y en la Osa Menor adormecerme, velado mi sueño por las Hespérides. Fulgurantes, Etamin y Rastaban adormecen a Ladón, las manzanas crecen en siete, y pícaro el Titán, por astuto satisfacen a Atlas. Renegando del oro, desde el trampolín de Caph me zambullo en el azul de Alpheraz. ¡Qué lejos queda el Boyero, del amor de Deneb. Graciela Vera
 Discordante chirumen, que sin exigir pleitesías, como un bellaco chuzón se apodera de mis apuntes. Troglodita procaz, envilecido en hiperbólicas contiendas, que emborronando las palabras, rebusca las sinonímias, arrasa el tecnicismo y en aras de la nesciencia, otorga diploma de cafre a un léxico, que de cutre se hace vezo.
Graciela Vera
 Irreverente con los sueños, perdido en la memoria de quienes nunca volvieron, esclavizas las ilusiones que un día amarraste al azar. Te haces laberinto para los apresurados orates, caminantes de la vida perdidos en zarandajas, y te prolongas impiamente, desbocado ante las ideas, confluyendo, obtuso e irreflexivo en la infinitud irreal, siempre más allá, después de la última curva. Graciela Vera
 Las olas acunaron tu sueño de horizontes y profundidades, reina andaluza de moreno rostro, Del Mar y desde el mar llegaste, inmigrante en tierra de emigrantes, Madre de Dios, desde la Alcazaba a las salinas del Cabo tus hijos elevan sus plegarias, tarantos y peteneras, lluvia de flores a tus pies, Virgen de espumas y corales acoge bajo tu manto a quienes vienen a tu Almería, tú que conoces de viajes, de arraigos y de esperanzas. Graciela Vera
Éstas son mis dos patrias, mis dos querencias, mi orgullo de ser emigrante e inmigrante, yo soy uruguaya y de ello estaré siempre orgullosa, yo soy española porque aquí tengo mi vida, un día nací en un país llamado Uruguay, otro día nací en un país llamado España, siempre nací en un planeta llamado Tierra..
Graciela Vera
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