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LETRAS VS PALABRAS - El weblog de Graciela

EL ESCAPE

EL ESCAPE

        por Graciela Vera


Sintió los besos de él sobre sus pechos. Las manos siguiendo el contorno de su vientre. Cerró los ojos al escuchar que su respiración se hacía más agitada, temió el momento en que su cuerpo presionara para penetrar en el suyo.

Quiso escapar del lecho pero no tuvo fuerzas. ¿Escapar...? Hasta ese momento no se le había ocurrido la idea... la hizo girar despacio en su mente... escapar... es...ca...par; la idea le hizo olvidar lo otro y sonrió. No sentía ya la boca que apretaba la suya ni las piernas presionando sobre sus muslos, sólo aquella loca idea retumbando en su cabeza....¡¡¡ es...ca...par...!!!

Ni siquiera recordaba como había comenzado todo. Alguien le había dicho que allí podía ganar mucho dinero y ella estaba cansada de la miseria.
Había crecido en un rancho de barro al lado de la casa grande. Su padre era un peón de la estancia, un peón como tantos otros al que, en atención a los años de servicio le habían dado la oportunidad de llevar a su familia a vivir en el lugar.
Un beneficio que les había proporcionado a los patrones un harén de sirvientas a muy bajo costo. Primero su madre, luego sus hermanas mayores y después ella misma. A los siete años ya hacía pequeñas tareas para la señora.

Su madre le había puesto Elizabeth porque le gustaba el nombre de la menor de las hijas de su patrona.
Quizás fue este hecho el que la impulsó a aquella rebeldía. Compararse con la otra Elizabeth, comparar lo que una poseía y de lo que la otra carecía.
 Después vinieron las insinuaciones de parte de los hombres de la casa.  Tenía catorce años la primera vez.
Fue el segundo de los hijos del patrón. Ella estaba planchando cuando el entró y sin siquiera hablarle la tomó de un brazo y la arrojó sobre la alfombra.
Cuando el comenzó a levantar su falda no intentó impedirlo. Tampoco lloró. Solo recordó las barrigas abultadas de sus hermanas y la cantidad de críos sin padres que corrían por el rancho.
 Destino de sirvienta, pensó. No ocurrió nada como tampoco sucedería nada cuando fueron los otros muchachos de la casa los que la poseyeron. Elizabeth llegó a creer que era estéril. Miró a sus hermanas con sus hijos bastardos  prendidos de sus polleras y decidió que a ella no le sucedería lo mismo, por eso cuando tuvo unos pesos ahorrados fue al pueblo y compró las pastillas.


Un día decidió que no tenía nada que hacer en aquel lugar.
Guardó sus pocas pertenencias en un bolso colorado con el cierre roto. Dos faldas, otras tantas blusas, un vestido a cuadros gastados de tanto lavado y un par de mudas de ropa interior. Llevaba puestos los únicos zapatos que tenía porque las alpargatas había decidido que no le servirían donde pensaba ir.
La Zoila, la hija del capataz le había dicho que en aquel lugar del pueblo se ganaba dinero por hacer lo mismo que sus patrones le exigían que hiciera gratis.
La “madama” la recibió bien. Le dieron una pieza en el fondo del burdel y en pocos días trabajaba como cualquiera de las otras chicas.
La plata no le sobraba como había pensado que sucedería porque el alquiler de la pieza le consumía la mayor parte de lo que ganaba, pero ahora podía darse algunos lujos que antes ni había soñado. Comprar medias de nailon, lencería de seda... ¿para qué si ninguno de los tipos que iban allí lo hacían para admirar sus deshabillés?.
Con el tiempo el horizonte que se había fijado se fue expandiendo. Volvió a guardar sus pertenencias pero esta vez en dos valijas de cuero marrón.

Llovía cuando el ómnibus la dejó en la terminal de Tres Cruces. Se dirigió a la pensión que le había recomendado la Juana. Los tres días siguientes los pasó recorriendo la ciudad.

Se sentía otra, sin deseos de retornar a la vida anterior pero... la plata se estaba acabando y la dueña del cuarto, --si ese nombre cabía al sucucho de tres por cuatro donde se amontonaban una serie de muebles destartalados, una cama con una pata sustituida por dos bloques, un ropero al que faltaba una puerta, una mesa que en sus mejores tiempos había pertenecido a algún bar de mala muerte y dos sillas, una con tres patas--, cobraba día a día y por adelantado.

Se rió para sus adentros cuando recordó lo del baño. Aún en el burdel había disfrutado del tiempo suficiente para ducharse y arreglarse por las mañanas, pero allí... A los cinco minutos de estar adentro comenzaban los golpes destemplados en la puerta y si no se apuraba las palabrotas... un baño para veintidós personas... El primer día había creído posible tomar una ducha decente por la mañana... El mecánico de la pieza nueve se había levantado de mal talante porque alguno de sus cuatro hijos no  lo había dejado dormir con su llanto. Ella tampoco había dormido muy bien porque lo que pasaba, se decía o se hacía en una habitación parecía retumbar en todas las otras.
Pensó  que no era buena cosa ocupar el baño a la hora en que los otros inquilinos se levantaban para salir a trabajar, pero como todos trabajaban a distinta hora, al cabo de algunos días había decidido que la hora del baño sería cuando todos durmieran, claro que no tuvo en cuenta los ruidos extraños de las cañerías de la vieja casona, ruidos que durante el día pasaban desapercibidos pero que en el silencio nocturno se sobredimensionaban.

Su primer trabajo en Montevideo no fue difícil. El auto paró a su lado, ella dio un precio, se dirigieron a un albergue transitorio y... después vino lo difícil.
Nadie le había dicho que iba a necesitar un chulo que defendiera sus intereses. ¿O ella debía defender los intereses de algún chulo?.
No importaba mucho como era la cosa. Lo cierto es que tuvo su chulo, al que dejaba las tres cuartas partes de sus ganancias, y en la mayor parte de las ocasiones, la totalidad.

La policía la levantó varias veces y debió pasar noches enteras entre milicos. Algunas veces hasta debía hacerlo con alguno, pero lo que le dolía era que resultaba como en la estancia, porque se lo exigían, de gratis nomás  y, cuando llegaba a la pensión no tenía ni un mango encima y entonces tenía que salir a yirar de día también.

Con los años su situación económica fue mejorando. Conoció a algunas chicas que trabajaban como damas de compañía para ejecutivos extranjeros que visitaban el país.
Siempre le había gustado leer por lo que hacerlo para cultivarse y ponerse a tono con este nuevo trabajo no le resultó pesado.
Buenas ganancias. Un apartamento propio, un pequeño coche y su propia sirvienta. La muchacha de barrio que llegaba todos los días a limpiar, lavar y.... traerle recuerdos de una peoncita de campo que un día había podido volar porque había tenido la precaución de cuidarse de no quedar preñada.

El último cliente se había ido. Cuando cerró la puerta nuevamente quedó sola, quizás más sola de lo que siempre había estado.
Guardó el dinero religiosamente cobrado en el momento de pactar el trabajo. Elizabeth se miró al espejo. ¿Cuántos años le devolvió éste?. A los cuarenta y cinco no tenía que preocuparse por lo económico.
Sabía que podía comer y beber lo que quisiera sin tener que contar los pesos para ver si llegaba a un pan con mortadela y una cebadura de mate. Había aprendido la diferencia entre el champagne importado y el nacional, comía caviar y champignones como si hubiera sido destetada con tales delicatées.

Se había preocupado por aprender a maquillarse y a vestirse con elegancia, a parecer una señora de sociedad, conversaba con fluidez e incluso estudió idiomas. Pero en realidad todo aquello era una hermosa envoltura para lo que se esperaba de ella: un trabajo eficaz en la cama.

Volvió a mirar la imagen reflejada en el espejo. Algunas arrugas que los cosméticos no podían disimular... Un rictus amargo curvo su boca... recordó la cara siempre cansada de su madre... su vientre siempre agrandado por los hijos por nacer... su figura que parecía encogerse con cada nieto sin padre.... recordó aquella lágrima mal disimulada cuando ella, con el bolso sin cierre en la mano había subido al camión que la dejó en el pueblo.

No había intentado detenerla. Quizás había buscado algún argumento para hacerlo sin encontrarlo... Un dolor intenso oprimió el pecho de Elizabeth... ¿porqué pensaba en su madre en aquel momento?, en muchos años no lo había hecho y nunca había vuelto al rancho. No lloró cuando supo de su muerte. Tampoco entonces regresó, ¿para qué?, tal vez ahora estaría descansando... nunca supo si ella también había pagado el precio de ser la sirvienta de la casa... tal vez... en una ocasión se preguntó porqué el cabello de algunos de sus hermanos tenía el color claro del de los hijos del patrón....

Se recostó en el sofá y sacudió la cabeza para ahuyentar aquellos pensamientos... Su madre hacía muchos años que había dejado este mundo de penas, con sus dolores y sus secretos... ¿porqué la recordaba en aquel momento?... apretó más la mano sobre su pecho... el dolor persistía... pensó en como sería la vejez.... los cincuenta, los sesenta... estaba sola, completamente sola envuelta en una vida que ella misma había elegido... ¿la había elegido ella o se la había impuesto el destino?... ¿qué habría pasado si aquella  peoncita no hubiera pensado en cuidarse para no quedar embarazada?....... hijos.... ahora no le parecían  una carga tan grande como entonces... le hubiera gustado tener un hijo, alguien que le dijera que no estaba sola.... incluso en su actual independencia había comenzado a envidiar a las putas que tenían un chulo que las protegía....

Quiso levantarse para volver a interrogar la imagen del espejo y no pudo hacerlo. Sintió un cosquilleo en el brazo... algo en su mente le alertaba que debía tomar el teléfono y discar pidiendo ayuda.... un número y los paramédicos estarían allí en pocos minutos... el sudor frío comenzó a invadirle la frente.... “Llama Elizabeth... llama ahora...”, intuía lo que le estaba ocurriendo... estiró el brazo hacia el teléfono y  marcó... sentía el pulso cada vez más débil... en pocos minutos alguien acudiría en su ayuda.... ¿en su ayuda?..., colgó el tubo sin responder a la voz que le preguntaba por su dirección..., la ayuda que durante años había aguardado estaba en camino; llegaba silenciosa, agazapada en aquel malestar intenso... la ayuda llegaba después de toda una vida de dolor... un escape que por primera vez en muchos años le permitió sonreír sin esfuerzo... sintió los párpados pesados... sólo lamentó los hijos que no había querido que nacieran....

 

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