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LETRAS VS PALABRAS - El weblog de Graciela

CUENTOS CORTOS

CUENTOS CORTOS PARA LEER EN UNA TARDE DE INVIERNO

CUENTOS CORTOS PARA LEER EN UNA TARDE DE INVIERNO es un compendio de notas que se fueron transformando en historias a instancias de mi hija Viviana que con sus severísimas y certeras críticas  me guió y me convenció para convertir unos tímidos escarceos literarios en este mini volumen que aquí os presento.

 ¿Cuánto hay de imaginación y cuánto de realidad en cada una? Quizás nunca pueda ni siquiera yo, su autora, llegar a saberlo.  Un pequeño recuerdo, una visión esporádica o una noticia ya hace mucho tiempo olvidada son, para quienes sentimos el cosquilleo de transformar los sueños en palabras, el cáliz del cual bebe la imaginación.

 No pretendo el aplauso de los eruditos, solo ansío la tímida aceptación y, si fuera posible, el entretenimiento de la gente común.  Gracias por leer este libro que se escribió en el año 1997 y ve la luz primera a través de Internet, en Almería, en el año 2003.

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EL ESCAPE

EL ESCAPE

        por Graciela Vera


Sintió los besos de él sobre sus pechos. Las manos siguiendo el contorno de su vientre. Cerró los ojos al escuchar que su respiración se hacía más agitada, temió el momento en que su cuerpo presionara para penetrar en el suyo.

Quiso escapar del lecho pero no tuvo fuerzas. ¿Escapar...? Hasta ese momento no se le había ocurrido la idea... la hizo girar despacio en su mente... escapar... es...ca...par; la idea le hizo olvidar lo otro y sonrió. No sentía ya la boca que apretaba la suya ni las piernas presionando sobre sus muslos, sólo aquella loca idea retumbando en su cabeza....¡¡¡ es...ca...par...!!!

Ni siquiera recordaba como había comenzado todo. Alguien le había dicho que allí podía ganar mucho dinero y ella estaba cansada de la miseria.
Había crecido en un rancho de barro al lado de la casa grande. Su padre era un peón de la estancia, un peón como tantos otros al que, en atención a los años de servicio le habían dado la oportunidad de llevar a su familia a vivir en el lugar.
Un beneficio que les había proporcionado a los patrones un harén de sirvientas a muy bajo costo. Primero su madre, luego sus hermanas mayores y después ella misma. A los siete años ya hacía pequeñas tareas para la señora.

Su madre le había puesto Elizabeth porque le gustaba el nombre de la menor de las hijas de su patrona.
Quizás fue este hecho el que la impulsó a aquella rebeldía. Compararse con la otra Elizabeth, comparar lo que una poseía y de lo que la otra carecía.
 Después vinieron las insinuaciones de parte de los hombres de la casa.  Tenía catorce años la primera vez.
Fue el segundo de los hijos del patrón. Ella estaba planchando cuando el entró y sin siquiera hablarle la tomó de un brazo y la arrojó sobre la alfombra.
Cuando el comenzó a levantar su falda no intentó impedirlo. Tampoco lloró. Solo recordó las barrigas abultadas de sus hermanas y la cantidad de críos sin padres que corrían por el rancho.
 Destino de sirvienta, pensó. No ocurrió nada como tampoco sucedería nada cuando fueron los otros muchachos de la casa los que la poseyeron. Elizabeth llegó a creer que era estéril. Miró a sus hermanas con sus hijos bastardos  prendidos de sus polleras y decidió que a ella no le sucedería lo mismo, por eso cuando tuvo unos pesos ahorrados fue al pueblo y compró las pastillas.


Un día decidió que no tenía nada que hacer en aquel lugar.
Guardó sus pocas pertenencias en un bolso colorado con el cierre roto. Dos faldas, otras tantas blusas, un vestido a cuadros gastados de tanto lavado y un par de mudas de ropa interior. Llevaba puestos los únicos zapatos que tenía porque las alpargatas había decidido que no le servirían donde pensaba ir.
La Zoila, la hija del capataz le había dicho que en aquel lugar del pueblo se ganaba dinero por hacer lo mismo que sus patrones le exigían que hiciera gratis.
La “madama” la recibió bien. Le dieron una pieza en el fondo del burdel y en pocos días trabajaba como cualquiera de las otras chicas.
La plata no le sobraba como había pensado que sucedería porque el alquiler de la pieza le consumía la mayor parte de lo que ganaba, pero ahora podía darse algunos lujos que antes ni había soñado. Comprar medias de nailon, lencería de seda... ¿para qué si ninguno de los tipos que iban allí lo hacían para admirar sus deshabillés?.
Con el tiempo el horizonte que se había fijado se fue expandiendo. Volvió a guardar sus pertenencias pero esta vez en dos valijas de cuero marrón.

Llovía cuando el ómnibus la dejó en la terminal de Tres Cruces. Se dirigió a la pensión que le había recomendado la Juana. Los tres días siguientes los pasó recorriendo la ciudad.

Se sentía otra, sin deseos de retornar a la vida anterior pero... la plata se estaba acabando y la dueña del cuarto, --si ese nombre cabía al sucucho de tres por cuatro donde se amontonaban una serie de muebles destartalados, una cama con una pata sustituida por dos bloques, un ropero al que faltaba una puerta, una mesa que en sus mejores tiempos había pertenecido a algún bar de mala muerte y dos sillas, una con tres patas--, cobraba día a día y por adelantado.

Se rió para sus adentros cuando recordó lo del baño. Aún en el burdel había disfrutado del tiempo suficiente para ducharse y arreglarse por las mañanas, pero allí... A los cinco minutos de estar adentro comenzaban los golpes destemplados en la puerta y si no se apuraba las palabrotas... un baño para veintidós personas... El primer día había creído posible tomar una ducha decente por la mañana... El mecánico de la pieza nueve se había levantado de mal talante porque alguno de sus cuatro hijos no  lo había dejado dormir con su llanto. Ella tampoco había dormido muy bien porque lo que pasaba, se decía o se hacía en una habitación parecía retumbar en todas las otras.
Pensó  que no era buena cosa ocupar el baño a la hora en que los otros inquilinos se levantaban para salir a trabajar, pero como todos trabajaban a distinta hora, al cabo de algunos días había decidido que la hora del baño sería cuando todos durmieran, claro que no tuvo en cuenta los ruidos extraños de las cañerías de la vieja casona, ruidos que durante el día pasaban desapercibidos pero que en el silencio nocturno se sobredimensionaban.

Su primer trabajo en Montevideo no fue difícil. El auto paró a su lado, ella dio un precio, se dirigieron a un albergue transitorio y... después vino lo difícil.
Nadie le había dicho que iba a necesitar un chulo que defendiera sus intereses. ¿O ella debía defender los intereses de algún chulo?.
No importaba mucho como era la cosa. Lo cierto es que tuvo su chulo, al que dejaba las tres cuartas partes de sus ganancias, y en la mayor parte de las ocasiones, la totalidad.

La policía la levantó varias veces y debió pasar noches enteras entre milicos. Algunas veces hasta debía hacerlo con alguno, pero lo que le dolía era que resultaba como en la estancia, porque se lo exigían, de gratis nomás  y, cuando llegaba a la pensión no tenía ni un mango encima y entonces tenía que salir a yirar de día también.

Con los años su situación económica fue mejorando. Conoció a algunas chicas que trabajaban como damas de compañía para ejecutivos extranjeros que visitaban el país.
Siempre le había gustado leer por lo que hacerlo para cultivarse y ponerse a tono con este nuevo trabajo no le resultó pesado.
Buenas ganancias. Un apartamento propio, un pequeño coche y su propia sirvienta. La muchacha de barrio que llegaba todos los días a limpiar, lavar y.... traerle recuerdos de una peoncita de campo que un día había podido volar porque había tenido la precaución de cuidarse de no quedar preñada.

El último cliente se había ido. Cuando cerró la puerta nuevamente quedó sola, quizás más sola de lo que siempre había estado.
Guardó el dinero religiosamente cobrado en el momento de pactar el trabajo. Elizabeth se miró al espejo. ¿Cuántos años le devolvió éste?. A los cuarenta y cinco no tenía que preocuparse por lo económico.
Sabía que podía comer y beber lo que quisiera sin tener que contar los pesos para ver si llegaba a un pan con mortadela y una cebadura de mate. Había aprendido la diferencia entre el champagne importado y el nacional, comía caviar y champignones como si hubiera sido destetada con tales delicatées.

Se había preocupado por aprender a maquillarse y a vestirse con elegancia, a parecer una señora de sociedad, conversaba con fluidez e incluso estudió idiomas. Pero en realidad todo aquello era una hermosa envoltura para lo que se esperaba de ella: un trabajo eficaz en la cama.

Volvió a mirar la imagen reflejada en el espejo. Algunas arrugas que los cosméticos no podían disimular... Un rictus amargo curvo su boca... recordó la cara siempre cansada de su madre... su vientre siempre agrandado por los hijos por nacer... su figura que parecía encogerse con cada nieto sin padre.... recordó aquella lágrima mal disimulada cuando ella, con el bolso sin cierre en la mano había subido al camión que la dejó en el pueblo.

No había intentado detenerla. Quizás había buscado algún argumento para hacerlo sin encontrarlo... Un dolor intenso oprimió el pecho de Elizabeth... ¿porqué pensaba en su madre en aquel momento?, en muchos años no lo había hecho y nunca había vuelto al rancho. No lloró cuando supo de su muerte. Tampoco entonces regresó, ¿para qué?, tal vez ahora estaría descansando... nunca supo si ella también había pagado el precio de ser la sirvienta de la casa... tal vez... en una ocasión se preguntó porqué el cabello de algunos de sus hermanos tenía el color claro del de los hijos del patrón....

Se recostó en el sofá y sacudió la cabeza para ahuyentar aquellos pensamientos... Su madre hacía muchos años que había dejado este mundo de penas, con sus dolores y sus secretos... ¿porqué la recordaba en aquel momento?... apretó más la mano sobre su pecho... el dolor persistía... pensó en como sería la vejez.... los cincuenta, los sesenta... estaba sola, completamente sola envuelta en una vida que ella misma había elegido... ¿la había elegido ella o se la había impuesto el destino?... ¿qué habría pasado si aquella  peoncita no hubiera pensado en cuidarse para no quedar embarazada?....... hijos.... ahora no le parecían  una carga tan grande como entonces... le hubiera gustado tener un hijo, alguien que le dijera que no estaba sola.... incluso en su actual independencia había comenzado a envidiar a las putas que tenían un chulo que las protegía....

Quiso levantarse para volver a interrogar la imagen del espejo y no pudo hacerlo. Sintió un cosquilleo en el brazo... algo en su mente le alertaba que debía tomar el teléfono y discar pidiendo ayuda.... un número y los paramédicos estarían allí en pocos minutos... el sudor frío comenzó a invadirle la frente.... “Llama Elizabeth... llama ahora...”, intuía lo que le estaba ocurriendo... estiró el brazo hacia el teléfono y  marcó... sentía el pulso cada vez más débil... en pocos minutos alguien acudiría en su ayuda.... ¿en su ayuda?..., colgó el tubo sin responder a la voz que le preguntaba por su dirección..., la ayuda que durante años había aguardado estaba en camino; llegaba silenciosa, agazapada en aquel malestar intenso... la ayuda llegaba después de toda una vida de dolor... un escape que por primera vez en muchos años le permitió sonreír sin esfuerzo... sintió los párpados pesados... sólo lamentó los hijos que no había querido que nacieran....

 

EL INTRUSO

EL INTRUSO

por Graciela Vera   

Cuando despertó aquella mañana hizo un balance de su vida. Una vida en la que formó un hogar... trajo hijos al mundo... lloró a quién fue la compañera de los buenos y los malos momentos...; fue entonces que lo pensó detenidamente y decidió que no permitiría que aquel intruso se apoderara de todo lo que le pertenecía. No lo había invitado... había llegado sin previo aviso y se había instalado “como para quedarse”, pero el  no estaba dispuesto a soportarlo.

Se levantó temprano, se duchó y bajó a tomar el desayuno. Cereales con leche. Desde que había comenzado a sentir que la vejez le acechaba se había empecinado en desayunar cereales. Quizás haya tenido que ver con esta, si se quiere manía, la publicidad que por la televisión promocionaba las bondades de este tipo de alimentos, recomendados especialmente para adolescentes y ancianos. El no entraba en el primer grupo pero tampoco se sentía parte del segundo, era, y lo decía a quién quisiera oírlo, tan solo una persona saludable desayunando alimentos saludables.

Por un momento había olvidado al intruso. Pensó que había quedado en la planta superior cuando había bajado pero no era así. La conciencia de su presencia le hizo hacer una mueca de disgusto. Su hija, solícita le preguntó si le sucedía algo.

-Nada, sólo que quisiera que no estuviera acá.- respondió deseando que se diera por enterado de su desprecio y se marchara. Sabía que no iba a ser tan fácil... ni siquiera iba a ser medianamente fácil, el intruso no estaba dispuesto a abandonar su territorio. Su presencia se estaba convirtiendo en una obsesión. Había llegado a tratar de no dormirse por temor a que el siguiera invadiendo lo que no le pertenecía. Los demás trataban de hacerle ver que no les molestaba su presencia. Actuaban como si todo fuera como antes, como si aquel no estuviera allí.... pero lo estaba.

Al principio le había parecido increíble el desparpajo de quién se pudiera instalar en un sitio sin ser invitado. Quizás, si hubiera estado más avispado, pero cuando se dio cuenta ya era imposible desalojarlo... no importaba... estaba seguro que a la larga sería él quién vencería... siempre que el intruso le diera el tiempo suficiente para derrotarlo, pero de algo estaba seguro... no le concedería el gusto de que lo viera suplicar... el se ocuparía de expulsarlo de su casa y si no se iba.... si no se iba sería él quien tuviera que deja todo... pero no, no podía abandonar cuando aún había tanto por hacer..., sería el otro quién debería irse.

Terminó de desayunar, se puso un abrigo y salió... tomó un taxi y dio la dirección del hospital. -¿sabe?- dijo al chofer, -esta es mi quinta sesión de quimioterapia... me han advertido que se me caerá el cabello pero yo estoy seguro que cuando el intruso se vaya lo recuperaré... llegamos, déjeme aquí, en la esquina, ... no vaya a verme algún conocido y piense quién sabe que cosa porque voy a donde atienden a la gente que tiene cáncer; ... yo, ¿sabe usted?, yo solo tengo una pelea con alguien que no debería estar acá”.

Ilustración: 'Sombra del Reportero' fotografía de A. López Morris

EL ROBO

EL ROBO

 

por Graciela Vera


No me di cuenta que me iba quitando lo que más quería hasta que fue demasiado tarde para recuperarlo.
No actuó como un ladrón porque no podía robar lo que era también suyo.
Incrédula de mí que no advertí su vileza! Tan sutil fue su accionar que pasó desapercibido para los demás.
Que ingenuidad!
Por qué nefasta inexperiencia le cedí el terreno?
No estuvo satisfecho con su parte y fue apropiándose de la mía. Y yo se lo permití. Tonta de mí!
Retrocediendo, desistiendo, abandonando posiciones. No me di cuenta que al replegarme para evitar la confrontación el se apoderaba de todo.
Lástima, necesidad, logró que lo vieran como víctima absoluta de las circunstancias.
Enajenación, capricho, me hizo ver como verdugo sin sentimientos.
Libreto grotesco que escribió una mente maléfica y que yo interpreté en el desarticulado escenario de la vida, sin voluntad para intentar detener la obra.   Cediendo, recluyéndome, dejando que me robara lo que más quería:
el cariño de mis hijos.

EL SECRETO

EL SECRETO

           por Graciela Vera  


Silvia se había levantado contenta aquella mañana. Desayunó en medio de una cháchara agotadora pero alegre. A Mabel le hacía bien aquel jolgorio en que hacía varias semanas se habían convertido  los días de su hija. Adivinaba que estaba enamorada pero, discreta como siempre esperó que fuera Silvia la que se lo confiara cuando lo creyera conveniente.
La vida le había enseñado muchas cosas y una de ellas era saber esperar el momento para cada cosa. Y también aquí el momento llegó cuando, al despedirse al salir para el trabajo, como quién describe un hecho irrelevante pero con un tono de voz que no dejaba lugar a dudas que  era importante para ella Silvia había anunciado que esa noche llevaría un amigo a la casa.
Mabel, queriendo lo mejor para su hija se las ingenió  para regresar a tiempo de la oficina y ordenar la casa antes que Roberto regresara de la fábrica y Silvia llegara con su amigo.
Tuvo tiempo de arreglarse un poco el cabello, ponerse un vestido que le quitaba años como le decían cada vez que lo retiraba del ropero y se lo ponía. Era el vestido de las ocasiones especiales como bromeaba Silvia, que no podía comprender porque su madre se empeñaba en seguir usándolo.
Mabel se miró al espejo y sonrió. Contempló con cierto orgullo la imagen reflejada en el cristal. Su vida había comenzado a reconstruirse después de años de ir a la deriva y la imagen que le devolvía el espejo se lo recordaba. Aquel vestido que nunca quiso destinar al baúl de lo viejo y cuya falda subía o bajaba para adaptarlo según la moda y hacerlo usable a pesar de los años. Sacudió la cabeza. Recordó que Silvia iba a presentarles un pretendiente, no dudaba que tal fuera el anunciado amigo pero la figura reflejada en el espejo parecía pensar por sí.
Ya no estaba en el dormitorio de su casa de Montevideo esperando que llegaran su marido y su hija. En el espejo solo su figura permanecía nítida, el fondo comenzaba a borrarse y los detalles comenzaron a girar transformándose hasta que se vio, diez años atrás, reflejada en otro espejo en cuya lámina se proyectaba la sala de un pequeño apartamento sobre la Rue de Les Graces en París.
Roberto había sido encarcelado tres años antes y estaba lejos, en el paisito. Ella y Silvia habían llegado a Francia gracias a la ayuda de amigos. Trabajó mucho para subsistir y mantener a su pequeña hija durante aquellos largos años de exilio.
Conoció a Fernando en una reunión en casa de otros refugiados como ellos. Fernando había pasado varios meses oculto en Buenos Aires y cuando allí también le resultó peligroso vivir había escapado a México. Llegó a Francia en mejores condiciones que Mabel y había podido granjearse una posición.
Primero fueron dos “yorugas” en tierra extranjera. Después fueron amigos y un día, sin darse cuenta como, se habían enamorado. Se veían en el apartamento de Fernando porque Mabel siempre quiso evitar que Silvia sospechara que él era algo más que un amigo de la familia.
Un día supieron que las cosas estaban cambiando en el paisito. Mabel se había comunicado aquellos años con Roberto  a través de cartas que los padres de aquel le llevaban en sus visitas a la cárcel. Cuando supo que podía volver sin temor lo hizo, consciente de que su deber de esposa era hacerle más fácil el olvido de aquel montón de años de sufrimientos.
Fernando lo entendió. Habían vivido un amor prestado y había llegado la hora de restituirlo. Sabían que nunca olvidarían aquellos encuentros en los que ambos se habían sentido libres, únicos. La tarde previa a la partida de Mabel y Silvia hacia Montevideo se encontraron para decirse adiós. Se negaron los últimos momentos de intimidad porque tuvieron miedo de no tener valor para alejarse el un del otro.
Una mesita en un café de los Champes Elissées. Fernando llegó con un gran paquete envuelto en papel de seda brilloso. “Para que me recuerdes”, le había dicho. Lo abrió recién cuando estuvo en su cuarto: Silvia había ido a despedirse de la amiga del piso de abajo. Abrió la caja en la que estaba impreso el nombre de un modisto de renombre. Tomó el vestido con cuidado. Casi con temor de que desapareciera entre sus manos. Luego, durante los últimos diez años, lo había guardado para las ocasiones especiales con la secreta ilusión de que cada vez que se lo pusiera Fernando estaría recordándola como ella había hecho con él cada día. Tiempo en el que se sentía culpable de no poder dar a Roberto todo el amor que éste se merecía. Amor que ya no le pertenecía y culpa que era tan solo suya.
Sentados en el living esperaban. Roberto había llegado temprano. Era una ocasión importante. Iban a conocer al novio de Silvia. Esta no demoró mucho en llegar. Con la misma e impetuosa alegría de los últimos días abrió la puerta y, casi sin detenerse, desde la misma puerta grito: “Mamá, papá, les presento a Fernando”.
Para Roberto fue una sorpresa. Esperaba a un joven de la edad de su hija. El novio la doblaba en años pero, como había asegurado aquella, se querían y la edad no importaba.
Mabel sintió que su cuerpo se convertía en una sustancia gelatinosa. El vestido de las ocasiones especiales parecía tomar vida propia y la trama de la tela se incrustaba en su piel. Fernando, parado en medio de la habitación la miraba tratando de comprender.
Frente a ella no había más que un hombre horrorizado. Un hombre que después de años de soledad y de dolor tratando de olvidarla se había vuelto a enamorar. Un hombre que cuando ya creía que su corazón estaba muerto para aquella sensación de cariño tan especial se había cruzado con una muchachita que le había hecho recordar a la mujer retenida en sus sueños. Alguien muy parecido a aquella Mabel que un día eligió el deber y se fue deslizándose como agua, entre sus manos  impotentes para retenerla. Un hombre que temblando acababa de descubrir que su Silvia era la Silvia de su Mabel.
Una Mabel que al día siguiente no preguntó que había sucedido, a la hija que dejaba ver su tristeza. Sabía que olvidaría. Era joven y volvería a querer.
Y ella seguiría guardando su secreto, aquel secreto de tantos años. Una ilusión que comenzaba a languidecer, envuelta en un vestido francés que había, ahora sí, guardado definitivamente en el baúl de lo viejo.

LA ADIVINADORA

LA ADIVINADORA

 

       por Graciela Vera

Los ojos de Lisa expresaban el pánico que la iba invadiendo a media que la palabras de la gitana descubrían su mundo secreto. El mundo pasado, lleno de dolor, el mundo actual, incierto y el mundo de mañana... ese que quería conocer y del que temía escuchar.
Piensa en tu hogar, le había dicho mientras sostenía su mano y ella había seguido dócilmente lo que empezó como un inocente pasatiempo en una tarde de ocio. La mujer la había mirado fijo a los ojos y Lisa supo que no era un juego. Su vida se abría como un libro ávido de lectores. –“Frío... siento frío, como en un sepulcro... la soledad de la muerte”. Su mano tembló, los dedos de la adivinadora recorrían su palma...”Soledad... un mundo de gente que te resulta extraña... que te ignora..., te sientes diferente..., eres diferente...”. La instó a pensar en su familia... hijos..., esposo..., y Lisa no quiso hacerlo pero su subconsciente le traicionó... Ahora fue la mujer de largos collares de cuentas de cien colores la que tuvo un estremecimiento... La mano de Lisa parecía de cera..., los dedos se crispaban en un intento por huir.... quiso estar a mil kilómetros... sintió sobre si la curiosidad del resto del grupo... los ojos miedosos de Laura..., la sonrisa cómplice de Esther..., la ignorancia de Alicia, la indiferencia de Esteban..., la casi burla de Julio, el intelectual del grupo, pero sintió también el ansia contenida de Raúl. ..

Al principio había sido un juego..., -“Te adivino la suerte linda...?”, entre risas todos habían convenido que era una forma lógica de pasar una tarde en la que no había nada por hacer...; a medida que hablaba la gitana había perdido su locuacidad. El parloteo incesante del principio se transformó en una imposición y su incomodidad era muy similar al disgusto con que Lisa se sometía a aquella “charlatanería barata”, le había llamado Julio sin imaginar siquiera , que aquella mujer estaba desnudando un alma...

-“Dolor, un mundo de amor en medio de un camino de dolor.... llorarás cada día, sufrirás por cada hora de amor que logres la pena de mil noches de soledad..., veo un amor que te hace tanto daño que quizás en él mueran tus ilusiones... veo lágrimas en tu futuro... ríos de llanto... te veo sola entre la multitud..., el dolor de la soledad que solo tú sientes... que ignoran quienes te rodean porque ellos no han descubierto aún que el amor es dolor...”; las dos mujeres esquivaron la mirada pero ambas sabían lo que había en los ojos de la otra..., en los de Lisa la temerosa confirmación de lo que oía..., en los de la gitana el miedo de estar entrando en terrenos prohibidos...-“Te ama...,el  te quiere más que a su vida pero no le está permitido...., te ama..., pero será fiel a su promesa aunque signifique también para él dolor y lágrimas”.

-“Esperar el futuro..., solo la muerte abrirá el camino... ahora hay dolor... al final... a lo lejos el amor parece renacer sin obstáculos pero antes... un camino muy largo... muy estrecho.... sufrirás mujer... tú y él vivirán una vida de dolor...solo al final... solo después de otros dolores... sólo entonces pero será muy lejos en el tiempo... un final de camino sin lágrimas para olvidar una vida de llanto..-..”

La gitana soltó la mano de Lisa con cierta aprehensión. Buscó sus ojos para tratar de infundirle valor... tuvo miedo de lo que vio y calló... sintió pena por esa mujer signada por el destino....; miró a su alrededor... no quiso buscar protagonistas en el grupo y se fue corriendo, olvidando los billetes ganados por un momento de esparcimiento como dijeran todos tratando de distraer la tensión creada con bromas sobre supercherías y adivinadores baratos..., ninguno se atrevió a decir que en el fondo... muy en el fondo..... Lisa rió sin reconocer su risa... alguien forzó una conversación sobre el tiempo y lo cambiante del clima y todos pretendieron olvidar lo que acababan de escuchar.

-“Es hora de irnos porque los chicos regresarán en cualquier momento” dijo Alicia acercándose a Raúl al que sólo una broma de Esteban logró rescatar de sus pensamientos demasiado secretos para ser compartidos. “Nos vemos mañana”, respondió Julio que, pasando el brazo sobre los hombros de Lisa observó que esta temblaba y, sin dar importancia a los dichos de la gitana observó que “está refrescando, entremos para evitar un enfriamiento” y condujo a la mujer al interior de la casa... el hogar... el mismo hogar que la adivinador a había sentido en el alma de Lisa tan frío como una tumba.... la tumba de los sueños... el principio del dolor.

 

LA CAMA VACÍA

LA CAMA VACÍA

          por Graciela Vera

“Reloj no marques las horas... haz esta noche perpetua... para que nunca se vaya... para...”, la melodía escapaba de la radio en un inútil intento de mitigar su insomnio.
¿Cuántas noches sin dormir? , ¿Cuántas madrugadas de sábanas arrugadas en una inquieta búsqueda de un sueño que no llegaba? ... Estiró la mano y bajó el volumen del receptor. Lo menos que ella necesitaba era una noche perpetua.
Las noches le traían el recuerdo de su soledad... aquel lugar vacío en la cama... El lugar de él... Un lugar junto al suyo... Un lugar que estaba frío.... Un sitio que no se atrevía a invadir...
“... para que nunca se vaya...”, Claudia había aprendido que podía haber noches perpetuas... y lloró. Lloró por su soledad... lloró por el sol que demoraba en aparecer.... por el frío de aquella cama vacía y por el calor de otra cama en la que el cuerpo de él estaría trasmitiendo la vida que faltaba al suyo....
Se habían ennoviado durante los años de facultad. Recién egresados con sus títulos habían decidido casarse y enfrentar juntos el mundo. De esto hacía tan solo siete años.... Raúl quería hijos.... habían decidido esperar hasta tener una posición económica holgada. Pero ella quería más...., las dos chapas en la puerta del estudio que habían abierto la llenaban de orgullo.... Raúl Díaz, abogado..., Claudia Pedrosa, abogada... habían tenido éxito... ambos habían triunfado profesionalmente y por eso consideró egoísta por parte de Raúl su exigencia. Para él había llegado la etapa de pensar en los hijos... pero....
Hijos para una mujer significan responsabilidades... dejar de lado muchas expectativas a nivel profesional...., perder clientes..., dar un paso al costado.
No se sentía preparada aún para tener una familia pero reconocía que los años pasaban y los planes que habían hecho incluían cuatro o cinco niños.... A Raúl le gustaban las familias grandes....., las familias a la antigua como decía siempre...., Claudia comenzó a preguntarse porque se había casado con una profesional si quería una mujer cuidando de la casa,  ocupada con un montón de críos... incluso llegó a considerar que el estaba celoso de sus éxitos como abogada.
Su carácter, más dicharachero, más sociable, la ponían a la vanguardia en el estudio jurídico que ambos compartían... ¿le estaba pidiendo hijos para alejarla y acceder entonces a ser el número uno?...; fue entonces cuando surgió aquella oportunidad. La empresa, una de las más importantes del país la contrató para asesorar y dirigir su cuerpo de abogados y ella debía decidir... y decidió....., los hijos podía esperar....., el esposo podía esperar....
Al principio no se dio cuenta..., estaba demasiado ocupada para pensar en las reiteradas llegadas tarde de Raúl. No se dio cuenta del brillo diferente de sus ojos ni del frío que se iba colando entre sus dos cuerpos cuando dormían. Un espacio que cada noche se hacía más ancho... y más definitivo.
Claudia estiró su mano y aquel frío, un frío que le llegó a los huesos la obligó a recogerla. Estaba sola. Hacía un mes que estaba sola... un mes desde la tarde que llegó a la casa silenciosa... vacía de niños... vacía de sueños comunes para encontrar a Raúl sentado en el sofá, una valija a su lado, esperándola... esperándola para decirle que se iba... que corría tras los hijos que ella no había tenido tiempo de darle.... Al principio tuvo la esperanza de su regreso... miró el reloj.... seguía marcando inexorable las horas..... “para que nunca se vaya... para que nunca se aleje de mi..:”. Aquella noche que podía haber sido perpetua... aquella noche en la que ella podía haber recogido la semilla de los hijos que ya no vendrían, nunca había existido... ahora solo quedaba la soledad, y el frío intenso que puede trasmitir una cama vacía. 

 

LA LEYENDA

LA LEYENDA

           por Graciela Vera

La primera vez que arribó a la ciudad le habían advertido que la tradición decía que todo aquel que cruzaba el viejo puente de hierro regresaba.... siempre regresaba. En ese momento no sabía que el lugar tendería sus atractivos como una telaraña que le impediría alejarse por mucho tiempo.

Carmelo, con la calma propia de las poblaciones del interior de nuestro país y la inquietud de una pequeña ciudad que vive a la sombra y el influjo de Buenos Aires puede atrapar a un visitante desprevenido. Pocos lugares tan acogedores... el arroyo... las cientos de embarcaciones que durante los meses de verano la transforma en una colonia argentina flotante... el nacimiento del río como mar... los atardeceres con las parejas de enamorados caminando por la playa.

Había ido para cubrir una suplencia de tres meses y se quedó veintiocho años. Se enamoró, se casó, tuvo hijos que a su vez se enamoraron, se casaron y le dieron nietos. Una vida en la que construyó un castillo de cristal donde todo era perfecto. Un palacio que, sin comprender aún como, se había desintegrado entre sus manos cuando el compañero de los últimos veinticinco años no regresó.

Ella había creído en la leyenda... el que cruza el puente siempre regresa... y lo había  esperado..., había sido un viaje de negocios, traslado en ómnibus hasta Montevideo y desde Carrasco a Santiago....  menos de tres días de ausencia que se transformaron en semanas y las semanas en meses y éstos en años. Lo había esperado con un último sentimiento de esperanza... de hacerle una trampa a la realidad y cambiarla; aún lo esperaba... y lo seguiría esperando durante el resto de su vida a pesar de aquel telegrama, aquel pedazo de papel impersonal, que dio por tierra con la leyenda y cayó, arrugado al piso después de ser leído: “Lamentamos tener que comunicarle que el avión en que viajaba su esposo sufrió un accidente al despegar del aeropuerto de Valdivia. No hay sobrevivientes”.
 
Cruzó el puente,... se quedó,... se enamoró,... tuvo hijos,... sus hijos se enamoraron,.... le dieron nietos,.... y ahora estaba sola.... tan sola como puede estar alguien que ya no cree en leyendas. 

 

LA MASCOTA

LA MASCOTA

              por Graciela Vera


Cerró la puerta y se encaminó sin vacilar hacia el ascensor. Sin lágrimas... había pensado que iba a llorar, no fue así, sus pupilas permanecían tan secas como su boca. Intentó sonreír a la simpática anciana ocupada en reprender a su perro de aguas pero solo logró un ridículo movimiento de labios. Cuando llegó a la planta baja no había escuchado ninguna de las palabras con las que la mujer había desarrollado un espontáneo monólogo sobre el tiempo, demasiado fresco para esta época del año, el cuidado de su mascota y el deterioro de la alfombra del palier.

Estaba consciente de que no volvería. Hacía tres años había cruzado por primera vez la puerta doble de hierro preguntando por un apartamento ofertado en alquiler. Joaquín, el portero, una persona que conocía los pormenores de la vida de cada uno de los inquilinos le había mostrado las dos habitaciones, cocina y baño ubicadas en un contrafrente que entonces le había parecido el sitio ideal para esconder su gran amor. Tranquilo, un décimo piso lejos del ruido de la calle; sin vecinos curioseando por ventanas indiscretas, incluso su anterior inquilino había dejado varias macetas en el balcón interior que, con un poco de trabajo convertiría en su jardín,  ... inmediatamente decidió aceptarlo,  estaba segura que a Oscar también le parecería el lugar ideal para disfrutar el mutuo descubrimiento de su pasión.

Tres años en los que cada semana puso algo nuevo para hacer más cálido, más íntimo su refugio. Oscar llegaba a Maldonado invariablemente los viernes a media tarde y se iba los lunes de mañana. Una combinación perfecta, ella salía de la escuela de párvulos poco después de mediodía para no tener que regresar hasta la mañana del lunes. Esos fines de semana no volvía a su casa en San Carlos, tomaba directamente el ómnibus que la llevaba hasta la terminal fernandina para esperarlo. Un gerente de una importante multinacional puede darse algunos lujos y uno de ellos había sido durante los tres últimos años, el de encargar a su secretaria resolver toda la actividad de las últimas horas del viernes para disfrutar de un fin de semana más largo.  Dejaba el coche en un estacionamiento de la calle Dante... ahora le cambiaron el nombre pero no importa, para la generación actual seguirá  llevando el nombre del ilustre florentino. Un viaje de dos horas y....

Invariablemente Mónica llegaba quince minutos antes... siempre ansiosa... siempre temerosa  de que Oscar hubiera decidido no viajar ese fin de semana. En tres años solamente en cuatro ocasiones uno de los dos faltó a la cita. Curiosamente las culpas se dividieron en partidas iguales. Dos veces Oscar fue retenido por negocios impostergables. Mónica tuvo un fin de semana que viajar con sus alumnos a Paysandú... el viaje de fin de cursos. Fue el primer año, luego se las ingenió para convencer a todos, chicos y padres, que era mejor hacer el paseo un día ente semana.  La otra vez fue la gripe quién les impidió encontrarse.... Pocas horas de soledad forzada para tantas de increíble amor.

Se habían visto por primera vez  en un bar de Gorlero. Ella, una maestra conocida en el departamento por su actividad al frente de distintos emprendimientos culturales, él un empresario de éxito en el mundo de los negocios, casado y padre de tres hijos. Una relación llamada a terminar antes de empezar o, como había ocurrido, a vivir oculta entre cuatro paredes. Habían decidido que necesitaban un lugar para ello. Los hoteles eran demasiado impersonales... demasiado peligrosos a sentir de ambos. Cualquier conocido podía tropezar en la puerta con la señorita Mónica, como le llamaban sus alumnos,.... cualquier conocido podía encontrarse cara a cara con Oscar y una mujer que no era su esposa.

Recordó el primer encuentro. Había ido a ver una exposición de pinturas de Páez Vilaró. A la salida un grupo de conocidos habían ido a tomar un café. También n había ido Oscar acompañado por aquella mujer... su mujer...; un amigo común los presentó y fue entonces que sucedió. Algo que pasó desapercibido a quienes los rodeaban pero que hizo que el contacto de sus manos fuera presagio del fuego que habría de devorarlos durante las semanas siguientes. No volvieron a verse hasta pasado un mes, y sin embargo ambos estaban seguros de haberse trasmitido mutuamente el deseo de estar juntos.

Nunca le preguntó con que pretexto viajaba todos los fines de semana.  No quiso saberlo, en la fragilidad de su relación prefirió ignorarlo. Mónica no dejó que sus sentimientos la engañaran y en lo más recóndito de su ser sabía que no había futuro para ese cariño que la devoraba. Es que el amor cuando se lo amordaza mucho se muere, y Oscar no podía dejar gritar a su corazón.

La idolatraba pero ello no impedía que un sudor frío le cubriera la frente cada vez que se creía descubierto en su relación con Mónica. Para ella era el tener que ocultar la felicidad de estar enamorada. A los cuarenta años una mujer no puede cometer ciertas locuras... y si es una maestra de escuela ni siquiera pensarlo. ¡Dios, como hubiera deseado pasear por las calles del pueblo del brazo de aquel hombre! En cambio aceptó ocultarse en aquel departamentito...  No le había importado... su amor no era egoísta y era demasiado....

Recordó aquella noche en que habían salido a cenar. Acababan de ocupar una mesa, discreta en un rincón de un restaurante también discreto. Miraba las luces del puerto y el movimiento sereno de las embarcaciones cuando escuchó su nombre. Levantó la vista y se encontró con el director de la escuela acompañado por su esposa y otras dos personas de la localidad. Presentó a Oscar como un amigo que visitaba Punta del Este pero estaba segura... la curiosidad puesta de manifiesto por su superior en los días sucesivos se lo corroboraron; no lo habían creído. Por supuesto que la imaginación de aquellas personas no llegaba a visualizar la pasión que enredaba sus cuerpos cuando se encontraban seguros en la intimidad de.... ¿qué era?... ¿qué fue? ...¿un refugio? ... ¿un hogar?.... ¿un lugar donde hacer el amor?....   su refugio... su hogar.... su amor....; ¿sólo suyo?.... ¿fue lo mismo para Oscar?.... lo esperó cada viernes de agosto y lo esperó cada sábado. Después comenzó a desesperar rondando alrededor del teléfono... esperó en vano una llamada... esperó en vano cada viernes de setiembre... cien veces intentó llamar a su oficina y cien veces colgó el tubo antes de dar lugar a que le respondieran.... El primer viernes de noviembre se decidió.

Había estado aguardando un milagro que no llegó... eran las ocho de la noche cuando abandonó la Terminal... caminó.... había comenzado a lloviznar... una brisa fresca para la época la hizo estremecer.... cuando llegó estaba empapada, recordó otro paseo bajo la lluvia... entonces estaba con él... habían salido temprano y no hicieron caso a los nubarrones que presagiaban chaparrones. Era verano y no les importó mojarse... la playa estaba desierta y se habían hecho el amor escondidos entre los médanos... mojándose y riéndose... riendo y gozando...

Habían sido tres años, quizás demasiados para mantener vivo un amor entre cuatro paredes. Introdujo la llave en la cerradura y abrió la puerta de hierro... no le gustó el color... nunca le había gustado aquel negro descolorido y sin embargo no le había importado hasta ese momento. Llamó el ascensor y llegó a las nubes, como a él le gustaba decir cada vez que recorrían el trayecto... muy serios y conspicuos si alguien más utilizaba el elevador en ese momento... entre besos y caricias si lo hacían solos. Entró a un sitio que le pareció desconocido... frío... recorrió con la mirada cada rincón de las habitaciones. Se sentó al borde de la cama sintiendo que unos lazos invisibles la atrapaban... cerró los ojos y se vio rodando sobre las sábanas rosadas entre los brazos de él... sintió su boca rozando su cuello, buscando sus pechos... se sintió transportar al éxtasis y lloró... lloró por aquel amor que siempre había sabido algún día iba a perder.... lloró por su cariño, por todo aquel inmenso manantial de caricias que ya no tendría en quién volcar...

Cuando llegó a planta baja entregó la llave del apartamento a Joaquín pidiéndole que lo alquilara... con muebles, con todo... quiso decirle,  pedirle que buscara un inquilino que cuidara su jardín pero no pudo.... Yo la llamo cuando tenga algo, le gritó Joaquín mientras ella hacía una seña que podía interpretarse como un adiós... tomó el ómnibus hacia San Carlos.... cerró los ojos, quiso revivir otros momentos felices con Oscar pero no alcanzó a verlos con nitidez... como en una nebulosa iba envolviendo los recuerdos mientras su mente dibujaba su propia imagen, la imagen de una maestra solterona paseando su perro y hablando del tiempo...., de la alfombra del palier, temas que en realidad a nadie importaría y que nadie escucharía pero que mitigarían su soledad....;

El viernes siguiente no volvió a la Terminal... fue hasta la casa de mascotas y compró un caniche blanco.... se dirigió a la plaza donde se sentó en un banco en el que dos jóvenes vivían su amor adolescente... comenzó a explicarles que se trataba de una raza muy recomendada para compañía, pero estaba segura que no la habían ni siquiera escuchado. Miró a la muchacha y pensó que algún día quizás ella también estaría sola y entonces..... también compraría una mascota.

Ilustración: 'Mascota' pintura de E. Márquez

 

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LA TÍA NICANORA

LA TÍA NICANORA

     por Graciela Vera


Nica había sido desde su nacimiento, varios años después que sus otros hermanos, un continuo motivo de desvelos para mis abuelos.

No había sido un embarazo tranquilo para mi abuela. Ella que había tenido ya siete hijos se había visto obligada a guardar cama durante casi la mitad de la gestación y el parto por poco le quita la vida, pero por entonces, aquella criatura de cabellos endemoniadamente cobrizos recién comenzaba a hacer sentir sus reclamos.

Fue bautizada como Nicanora y, como bien decía el abuelo, solamente el cura pronunció en aquel acto su nombre porque desde siempre se le llamó Nica.

Y Nica conoció en carne propia todos los males propios de los niños, y cuando la lista de enfermedades parecía agotarse ella se ocupaba de mantener la atención de los médicos. Su temperamento inquieto siempre estaba buscando el peligro que se traducía en golpes, fracturas y todo tipo de lesiones, inevitables a pesar de la permanente atención de toda la familia que no era suficiente para evitar las diabluras de la chiquilla. Colgada de una rama del nogal del fondo de la casa agitaba sus bracitos para caer poco después ante la desesperación de quienes habían corrido procurando evitar el accidente, o, deslizándose por la baranda de la escalera encontraba, inevitablemente, el  choque contra el piso de la sala.

Cuando Nica creció y cumplió sus catorce años la abuela había suspirado aliviada creyendo que, casi una señorita, las travesuras y sus consecuencias terminarían,  pero no fue así. La desazón ganó a todos cuando, muy suelta de cuerpo “el diablillo rojo” como la había bautizado familiarmente el abuelo, comunicó a la familia reunida que estaba decidida a convertirse en piloto de avión.

Y lo hizo. La tía Nica fue una de las pioneras en ese campo pero, no contenta con esto, y aduciendo que el país no le brindaba oportunidades en su profesión, un día le dio un beso a cada uno de sus hermanos, a sus sobrinos, abrazó con inmenso cariño a los abuelos y partió.

Sus cartas hablaban de proyectos que demoraban en concretarse. Después supimos que estaba volando en una compañía de carga aérea que transportaba provisiones para grupos mineros en plena selva amazónica. La familia perdió contacto con Nica durante muchos años. Esto no fue más que otro motivo de inquietud para los abuelos.

Nadie supo donde encontrar a Nica para avisarle que, primero el abuelo y casi siguiéndolo como siempre había hecho en vida, la abuela, habían decidido abandonar este mundo.

Los sobrinos crecimos. Formamos nuestros hogares. Dijimos adiós a nuestros padres y, casi olvidamos a la tía Nica... hasta hace un mes... cuando una llamada desde el extranjero nos citó a un estudio jurídico de Manaos donde estaba depositado su testamento.

Tía Nica  vivió sus últimos años acompañada de decenas de hijos. Hijos que no eran de su sangre pero a los que ella había querido como madre. Niños que iba recogiendo de las aldeas que visitaba, entre viaje y viaje al centro de la selva.

Había ganado mucho dinero con su avión. Algunas malas lenguas decían que sus ganancias se debían a un tráfico ilegal de diamantes, pero si esto era cierto a nadie le parecía importar porque lo que recordaban todos en el lugar era la obra magnífica de “la mamma”.

Sus primeros “hijos” ya eran hombres y mujeres con hogares formados pero los últimos, los que había recogido cuando ya sus fuerzas comenzaban a decaer, esos eran nuestra herencia: lo que tía Nica nos había legado en su testamento y que, de haber estado vivos los abuelos hubiera sido otro motivo de desvelos.

La vida de Tía Nica había estado en un constante riesgo desde antes de nacer, quizás por eso había amado tanto al peligro pero, esencialmente había creído en la vida. Sus sobrinos, que apenas recordamos la endiablada cabellera cobriza que nunca tuvimos oportunidad de ver encanecer habíamos heredado aquellos seres  de ojos enormes y asustados.

Tan asustados como estábamos nosotros hasta que uno de los pequeños se acercó con una canasta de huevos que, antes de morir la tía Nica le había encargado nos entregara.  Gesto que no comprendimos hasta que, retirando los huevos que formaban la capa superior descubrimos cinco diamantes de enorme valor.

Los diamantes de la tía Nica, los que le habían permitido llevar adelante su obra de bien y nos daban la oportunidad de continuarla. Cuando dejamos instalados a los niños de mamá Nica en un moderno orfelinato asegurando su sustento y educación hasta que fueran mayores, en nuestro poder quedan aún tres piedras  que al mirarlas nos hacen guiños como si a través de ellas, la inquieta de la familia se estuviera riendo de nosotros.

Ilustración: 'Mujer antigua' de la pintora Susana Rovo

 

LOS MIEDOS DE ADRIÁN

LOS MIEDOS DE ADRIÁN

           por Graciela Vera


No supo cuando habían comenzado sus temores. Quizás tan recientemente que no tuvo tiempo de darse cuenta que le iban atenazando los miembros durante el viaje hacia la clínica. Primero fueron los brazos que parecían pegados al cuerpo, después las piernas que se negaban tercamente a adelantarse una a la otra.

Miró el amplio jardín, un perfume dulzón, demasiado pegajoso, escapaba de las madreselvas en tanto que las margaritas formaban apiñados racimos. Instintivamente cortó una flor y recordó. Hacía ya medio año que había recorrido por primera vez aquel jardín llevando a Esther del brazo. Los médicos habían aconsejado aquel lugar para que sus nervios se repusieran totalmente después del accidente.

Era la primera vez en casi cuarenta años que se separaban. Se conocían desde niños. Sus familias habían vivido en el mismo barrio, fueron juntos a la escuela, siguieron los mismos estudios, se ennoviaron y se casaron. Algo que a nadie extrañó porque resultaba obvio para todos, una unión que podía demorar más o menos en el tiempo pero que se daba por un hecho.

Abrieron juntos un estudio notarial y juntos trabajaron incluso cuando Esther, a días de dar a luz se sentaba ante la amplia mesa a discutir los casos de los que se habían hecho cargo. La fama de Martins & Zingred había crecido como creció la familia. La pequeña casa quedó chica y se mudaron a un barrio residencial. Viajaron porque a ambos les gustaba conocer nuevas culturas. Adrián recordó lo felices que habían sido y ni siquiera cuando lo de la vendedora del shopping había dejado de adorar a su esposa. Aquello no había sido mas que una aventura de una semana, un desliz que justificaba como un momento en el que todo hombre necesita sentir que aún puede conquistar a una mujer más joven. El amor por Esther estaba demasiado seguro como para aún hacerlo vibrar de pasión pero el cariño que se profesaban era tan firme como el primer día.

Después vino lo del accidente. Un ciclista que salió de la noche sin luces ni nada que permitiera visualizarlo. El viaje había sido largo y el había cedido el puesto de conductor. Esther trató de frenar a último momento pero su intento fue inútil. El hombre murió en el acto. Si había culpables había sido su imprudencia. Un número más para las estadísticas. El no se dio cuenta al principio. Los días pasaron demasiado rápido tras os sucesos y no tuvo tiempo de observar el cambio. Solo cuando notó las ausencias de Esther, sus silencios cada vez más extensos consideró oportuno consultar  con  un especialista.

Durante seis meses había visitado todos los domingos aquel jardín al principio si notar mejorías, sólo en las últimas semanas una sonrisa desganada lo recibía como obligada pero el miércoles había recibido una llamada que había cambiado todo. Su esposa lo espera para que la lleve de regreso a su casa le había dicho la enfermera. Habló con los médicos, le asesoraron como atenderla y allí estaba dejando crecer en él todos los miedos que habían sido de Esther y que el no supo que también los poseía.

Adrián temía a los fantasmas de aquella noche. A los silencios de Esther, a la sonrisa desganada de sus labios. Realizó un esfuerzo para acercarse a la mujer que lo esperaba y de pronto ya no tuvo temores... Los ojos que lo miraban volvían a ser los que durante toda una vida le había infundido el valor suficiente para vencer sus miedos. Se acercó y casi torpemente extendió la mano en la que una margarita ocultaba entre sus pétalos un último sentimiento de temor. Recordó el tiempo en que iban a la escuela, recordó a los adolescentes novios, los hijos y los nietos y, tomando a su mujer de la mano olvidó por siempre los miedos.

NADA

NADA

     por Graciela Vera

No me di cuenta. No sentí pasar la vida y ahora me encuentro con un puñado de nada.
 
Una nada que duele como el viento helado de junio cuando sube por la nariz y se incrusta entre los ojos.

Una nada que resbala como el agua cuando tratamos de detenerla con las manos.

Una nada rebelde como las lágrimas. Una nada imposible de contener, en su aluvión gigantesco que parece consumir todo a su paso.

Nada hay de los recuerdos de ayer.

Nada encuentro en los recuerdos del mañana.

La nada del hoy sofocándome, quitándome el aire, llevándome hacia la nada del infinito, envolviéndome en un remolino de nada que atrae otras nadas.

Ilustración: 'Mujer y Cruz', pintura de Clara  Belanzaurán

NOVIA

NOVIA

            por Graciela Vera


Los pasos cortos la llevan rápidamente hacia la felicidad. La música parece envolverla invitándola avanzar flotando en una nube. Ve rostros que reconoce sin poder decir los nombres a que pertenecen. Sus amigas. Sus hermanos. Los abuelos, sus padres, los tíos y los primos. Caras sonrientes ante las que quisiera detenerse y decirles que en realidad no quiere ir tan de prisa,  que así como desea llegar al final del camino desea también detenerse un poquito más en esa inconsciente adolescencia que se le escapa a media que avanza. Que quisiera más tiempo para  recrearse en esa casi niña que va quedando atrás con cada paso porque al final la espera otra forma de ser feliz y esa  felicidad la transformará en mujer.
Porque el sueño se hace realidad demasiado rápido y mañana tal vez ya no caminará entre nubes de azahares y la mujer ya no será novia... será esposa al final de un camino en el que la búsqueda de la dicha –entonces lo sabrá-  nunca termina.

S.O.S

S.O.S


          por Graciela Vera

 Llegó a la dirección que le habían dado y dudó antes de llamar. La Luciana le había dicho que allí ayudaban a las mujeres maltratadas. Ella misma había ido una vez cuando el José le había dado aquella paliza cuando la borrachera de fin de año, pero era distinto... la Luciana tenía las marcas de los golpes y patadas del bruto pero ella nunca  había recibido ni un asomo de castigo físico por parte de su marido. Es más, este proclamaba a quién quisiera oírlo que él la adoraba..., que le daba todo para hacerla sentir feliz..., todo menos lo más importante, todo menos comprensión, menos compañerismo, menos apoyo. Ese apoyo que tantas veces necesitó cuando anduvo a los tropezones y que nunca tuvo.

 Eran muchos años de casada para tirar todo debajo de un manotón..., todos se lo decían... ¿quiénes eran todos?... Nadie podía comprender lo que estaba sintiendo... eran muchos años de sentirse sola,... de sentirse usada...., eran muchos años de llorar a escondidas y ahora, ahora que lloraba en público nadie parecía ver su dolor....

 Los hijos se habían hecho hombres. Ya no necesitaban de su sacrificio para darles un hogar supuestamente normal. ¿qué es un hogar normal?. ¿qué es normal en una pareja?... Hablar... ¿de qué cuando no hay temas de interés común?....

 Las palabras se habían ahogado en un mar de soledad... Se puede estar rodeada de personas y estar sola. Se puede tener sueños y verlos morir uno a uno porque no son comprendidos. Se puede ambicionar mucho para una, para los hijos, para la familia y terminar hocicando en la mediocridad de la costumbre.

 La soledad se había impregnado tanto en su piel que ya era imposible arrancarla. Habían momentos en que dolía más. Eran los que quedaban grabados en la memoria. Los que arrancaban lágrimas de impotencia... Los hijos... como dolía aún la soledad de casi veinte años atrás cuado nació el más pequeño. Los hijos se sueñan, o deberían soñarse entre dos. Estaba sola cuando nació. Sola con extraños. Sola con una partera y una enfermera que después del parto la dejaron sola. Claro que pudo disfrutar de la nena toda la noche en una comunión que no volvería a darse pero ella necesitaba decir “es nuestra” y solo podía decir “es mía”. Quizás esa fue la soledad que más dolió. Hubieron otras en las que el miedo se hizo más grande porque no había con quien compartirlo. Cáncer... ¡cuánta soledad mientras enfrentó sola la espera del diagnóstico!.  Ni siquiera cuando todo salió bien hubo con quien compartir la alegría.

 La soledad también tiene un límite en la vida de todo ser humano y sabía que aún no llegaba a él. Había decidido que se iba de la casa. ¿y eso significaba la vida sin los hijos..., la vida sin los seres más queridos?... Más soledad...., Hay cosas que la sociedad aún no perdona y es que una esposa abandone su hogar  sin motivos aparentes ¿sin motivos?...

 Hasta ahora no lo había notado pero tenía cicatrices como la Luciana. Más hondas, más dolorosas, infligidas sin descanso durante años pero eran tan suyas que no podía mostrarlas... estaban en su alma... eran heridas producidas por látigos que habían cincelado aquella caparazón en la que se había escondido durante toda una vida hasta que un día, no sabe como, porque no tuvo intención de dejar que sucediera, la caparazón se rompió y ya no pudo seguir fingiendo. Fue el día que todos creyeron que había perdido la razón... Siempre con sus locuras, decían unos. Debe ser un gualicho, opinaban otros. Ya se le va a pasar, son cosas de la edad....

 S.O.S., un llamado de auxilio. S.O.S. un lugar de apoyo a la mujer... golpeó la puerta...no, aún no podía contar a extraños cuanto oprimía su soledad... quiso retroceder... ya no.... Si, me llamo María Luisa,... tengo tiempo libre y quisiera ayudar a mujeres que se sientan solas.... creo que las puedo comprender... me haría bien a mi también.

 

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SONATA PARA DOS


        por Graciela Vera


El recuerdo de aquellos encuentros furtivos, de aquellos besos arrancados a la desesperación de no pertenecerse era lo que él se llevaba después de cada visita y lo que ella atesoraba para soportar los meses que pasaría sin verlo.

 Te quiero, le había dicho la segunda vez que se vieron y ella se asustó porque supo que era verdad. Abrió su corazón para guardar la palabra e hizo nido el amor.

 Julio era viajante, recorría el país pasando tres o cuatro veces al año por cada localidad importante y una o dos por los pueblos más pequeños, como aquel, como el lugar en que ella vivía.

 Rita atendía el bar de su marido en la tarde. Después Justiano la suplantaba a la hora en que la clientela se hacía más pesada.

Julio llegó una tarde de verano en que el calor era agobiante. Conversaron. Hablaron tanto de uno y de la otra que cuando llegó la hora de retirarse el le dijo: es como si te conociera de toda la vida. Y también para ella lo fue.

 Esa noche se sorprendió pensando en el hombre al que había descubierto incluso sus sueños más íntimos. El se fue, volvió varios meses después y fue cuando le dijo que la amaba pero que no podía ofrecerle nada. Tenía mujer, hijos, una posición que no estaba dispuesto a perder.

 ¿Quién nos dice a quién debemos querer y cuando? Preguntó aquella noche Rita entre los brazos fuertes, cariñosos de Julio. El no supo responder y selló los labios amados con besos. Besos con sabor a interrogantes....

 .... Cuando yo venga... cuando tú tengas tiempo... mientras ambos soñemos...

TU MIEDO

TU MIEDO

         por Graciela Vera

Me llamaste y fui pero sentí el miedo aún antes de encontrarnos. Un miedo que no era mío. Un miedo que provenía de tus propios sentimientos. Que no tenía motivo porque nuestro acuerdo había sido claro desde el primer beso. ¿Te acuerdas? No quiero que ella se entere, dijiste entonces y yo consentí. Si lo nuestro podía significar que perdieras mujer e hijos yo aceptaba hacerme a un lado. Ambos estuvimos de acuerdo.

 No me importó entonces que el acuerdo que hacíamos doliera en lo más profundo. No me importaba ser: la otra, la que nunca podría dar la cara, si escondiendo este amor teníamos una oportunidad de dicha. Me importa, sí, tu miedo, porque produce un dolor mucho más intenso.

 ¿Cuándo comenzaste a tener miedo de nuestro amor?. Quizás cuando te saciaste de mis caricias. Trato de recordar el principio y te veo desafiando al mundo. Entonces no había temores; entonces me decías que me necesitabas. Entonces tus abrazos se confundían con las palabras y a mi no me importaba tener que ocultar al mundo que te quería porque me sabía deseada. Después.... cuando comenzó el miedo.... cuando los encuentros  se fueron transformando en un placer de sexo atenazando los sentimientos...; después... cuando comenzaste a hacerme el amor sin que mediaran voces de cariño.... cuando el miedo comenzó a imponerse al deseo...., después....ahora...., ahora sí me duele tu miedo porque lo siento más fuerte que tu voluntad.

 Voy a dejarte para que ella no se entere. No lo dijiste tú pero lo dijo tu miedo. Quizás aún no lo sepas pero lo vas a hacer. Me vas a dejar por temor. Porque tu miedo te exige que me dejes. Es el mismo miedo que se interpone entre los dos cuando hacemos el amor silenciando en tus labios las palabras de cariño.

 Miedos que nos impiden mostrar los sentimientos... tu miedo, tan distinto y tan igual al miedo que siento yo de perderte si susurro a tu oído que te quiero... si te digo que no me importa ser la otra si estás a mi lado pero que no soporto ese amor indiferente con que pretendes engañar a tu miedo para que nos permita un encuentro más, porque en lo más profundo de tu miedo queda aún una luz del sentimiento que nos acercó.

 

 

 

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