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Se muestran los artículos pertenecientes a Mayo de 2006.
Resumen
Mi nombre es Graciela Vera, nací en un hermoso lugar de la República Oriental del Uruguay llamado Carmelo.
Una ciudad pequeña que se mira en un coqueto arroyo a la vez que se deja mecer por las aguas del Plata, mismo donde éste nace de la unión del Uruguay y el Paraná.
Viví muchos veranos y unos pocos inviernos en Piriápolis, una ciudad tan especial que fue creada a semejanza de los más renombrados balnearios europeos del S. XIX.
Amo y respeto la naturaleza. Siempre el mar, los cerros y los espacios amplios rodeándome; aún cuando fijé mi residencia en Montevideo, la costa y los parques fueron la referencia de mi casa.
Desde noviembre del año 2000 vivo en Almería, en la esquina sureste de la península española.
Cambié la exhuberancia verde de los campos uruguayos por el paisaje desértico y agreste que me fascina con sus ocres y me asombra con la riqueza vegetal extraída de esta tierra sedienta.
Y aquí, en la ciudad donde dicen que el sol pasa el invierno, me dedico a abrir las páginas de los libros que hablan de esta otra tierra: España, y a asombrarme con una historia que de tan vieja parece nueva.
Aprendí a conocerla, comencé a entenderla y me encontré viviéndola plenamente. Hoy soy una persona afortunada porque poseo doble las cosas más importantes; una ventaja que solamente disfrutamos quienes como yo emigran por convicción y no por necesidad.
Hoy cuento por partida doble a los amigos: los de allá y los de acá; tengo dos patrias: la uruguaya que es mi tierra, la que me enseñó el significado de las palabras libertad y democracia y la española que me ha recibido con los brazos abiertos.
Poseo los recuerdos de antes y los recuerdos de ahora; cuento con el amor de mis hijos, los que llevan mi sangre y quedaron allá y cuento con el cariño de los hijos de Enrique, lo que acá me hacen sentir su amiga.
Y cuento con él, con la persona que me extendió su mano para sujetarme cuando me atrajo en este enorme paso buscando una utopía que se hizo realidad. Pero por encima de todo lo que pueda contarte de mí, eres tú, que visitas este sitio, quién tiene que llegar a descubrirme y así, quizás puedas disculparme por haber distraído tu tiempo.
Aquí no me presento como profesional sino, simplemente como alguien que quiere contarte algo de lo que siente, vive y quiere.
Aquí yo simplemente escribo dejando volar la imaginación, y si tengo que describirme te diré que simplemente soy una mujer, amiga de mis amigos
Graciela
puedes opinar escribiéndome a gpunto1@iespana.es; hazlo como amig@, si sientes que debes criticar, hazlo. Yo creo que la crítica constructiva es lo que nos ayuda a crecer.
 CANTO A MI MONTEVIDEO Quiero llenarme los ojos de los mil colores de la ciudad, del oro cobre de sus arenas, cuando el sol se deja caer en el río como mar. Los mil verdes de sus parques, los grises de sus conventillos, olores y colores, música y gritos. La cana vigilante y el punga atento. Quiero llenarme los ojos con la soledad de los viejitos del Piñeyro. Llevarme el recuerdo de las lonjas del Barrio Sur, las caderas de negras y blancas moviéndose cadenciosas al sonido del repique, del chico y del piano. Quiero llevarme el recuerdo de tu Dieciocho, las estatuas vivientes, delicia de los pequeños. Aquí un bandoneón, allá un violín, sombreros en el suelo receptores de escasos óbolos, muy poco el premio para el pintor callejero.
Y en las esquina los malabaristas pasan la gorra a los autos detenidos, mientras cien chicos ofrecen lavar los parabrisas. Quiero recordar tus plazas, las luces permanentes en los árboles de Fabini, donde las orquestas de fin de semana invitan a bailes improvisados. Las cinco de la tarde vestidas de blanco con moñas azules, el barco pirata del Parque Rodó, juegos por doquier, las canteras y su cascada.
Febrero de carnavales, mientras, frente al Vilardebó, un loco que no lo es tanto, pide una cebadura para un mate imaginario. No quiero olvidarme del encuentro de amigos en la Pasiva de Ejido, pancho y cerveza; ni de las brasas detrás de los cristales, invitación de El Fogón. No quiero olvidarme de los sábados de música y color en la Ciudad Vieja, de los ruidos y los aromas del Mercado del Puerto, ni del paseo de los shoppings. Quiero recordarte vestida de gala, la Noche de las Luces, habrá otras muchas pero ésta es nuestra, tiene fecha, tiene su público, y mas allá. la San Felipe y Santiago, cuando nos quedamos para aplaudir a los últimos, los que son como nosotros, el corredor ciego, el que viene en sillas de ruedas o el que trae la camiseta de Nacional. El Parque Central, con historia a patria y con historia a fútbol, la sede de los cristales rotos, orgullo de cada triunfo; un pueblo que se la juega y aporta a cada campaña solidaria; y vive sus fiestas con el corazón teñido de celeste y blanco. No quiero olvidar los autos embanderados en toda ocasión, ni los festejos, ni las rencillas. No quiero olvidar. Atesoro en mis pupilas los mil rincones de la ciudad, las caravanas multicolores de cien ciclistas; el bullicio de las domas de La Rural, y la fiesta por excelencia en el Centenario, Monumento Mundial al Fútbol. Quiero recordar el sabor del choripán y el aroma del asado a las brasas, los helados de la Cigalle, y las vidrieras de Tata. No quiero olvidarme de las baldosas rotas, ni de los plátanos en primavera, hoy son tesoros que llevo en el corazón escondidos en el rincón de las cosas vividas.
Graciela Vera
Se extiende coqueta, blanca y recatada,
como damisela inquieta
cuyo pié besa solícito el azul Mediterráneo,
mientras, desde lo alto, cual abuela celosa,
la Alcazaba vigilante trae ilusiones de reinos nazaríes.
¿Habrá sido en harenes orlados de sedas preciosas
en donde su cielo libara esa diáfana gama de azules?
¿Quizás las chirimías de Hairan, calmaron al dios Thor
rezumando la suavidad de su clima?.
¿Serían los sobrios “tarantos”
los que desde el fondo de la mina afloraran para ella
esa argentífera luz cegadora de su aura?.
No importa quién te hizo, quién te creyó;
no importa cuántos poetas te cantaron;
escaparás siempre al tiempo y al elogio
emergiendo majestuosa de la alquitara de tu esencia.
Almería, graciosa gema andaluza,
Espejo del Mar, Portus Magnus
que en los recónditos escondrijos de tus montañas,
guardas el preciado tesoro de tu orgullo
y de tus gentes.
Graciela Vera
 Ofrendándome el oro y el platino, engastados con engarzaduras de rubíes, así me recibió España, la tuya, la de vosotros. Cuál dádivas inalcazables, al plegar sus alas el mensajero el neón fue sustituto implacable de la joya. Preseas que escaparon de mis manos mucho antes de intentar asir las alhajas refulgentes conque España, la tuya, la vuestra, la mía, la nuestra, me brindara su grandeza, cuando aún no hollara su suelo generoso con mi pie.
Presentes de diamantes y esmeraldas que guardo por siempre en mis retinas, junto a la sublime sensación de las esencias de la 'Castiella' del descubrimiento allí, donde no existían las realidades de mercurio, donde la grandeza de una estirpe forjó tu mundo y nuestro encuentro.
Graciela Vera

No creas que esta será tu tierra, aquí serás siempre un emigrante aún para quién te extiende la mano, en fraterno gesto de amistad. Desde tierras exóticas, desde un mundo distinto donde dejaste parte de tu corazón, arrastras el nombre universal: emigrante. Llegaste en oleadas, barcos repletos de ilusiones, sueños españoles, arrancados a una patria herida, gallegos que bajaron de sol a sol sus cabezas,
para levantarlas orgullosos al final de la jornada. Sueños italianos, con las manos llenas de vides, y el corazón moreno de cantos. Sueños gringos, ingleses, alemanes, suizos, crisol de razas, mezclando sudor y sangre en tierras americanas, integrando culturas, adorando el mismo Dios, tan solo una palabra: emigrante. Cruzando fronteras, buscando apenas algo a cambio de mucho más;
ahora aquí, ahora nosotros, hijos de la América abierta en canales de desesperanza, hermanos que buscan lo que ya dieron, tan solo una palabra: emigrante.
Doloroso apodo, ayer, hoy, negación de patria, extrañas, diferentes costumbres, un mate, un lamento andino, quizás más cercano a la Europa que lo recibe, un Alá que no es su Dios, una piel que no es de igual color, todo resumido, apretujado tan solo en una palabra: emigrante. Graciela Vera 14 julio 2001. El día que alguien me hizo sentir, otra vez extraña en la tierra que quiero casi tanto como a la mía.
 Barrio Sur, vino y lonjas, calles angostas con rejas en las ventanas. Hilera de casas bajas que se niegan a morir. Durazno, Convención, Isla de Flores y Gardel, color de ropas tendidas con olor a negritud. Cuando derrumbaron el Medio Mundo supiste que habías perdido la irreflexiva batalla. No quedan malvones en tarros de lata. Sobre el río del color de tu gente los ladrillos avanzan hacia el cielo, y lloran los mulatos ahogados entre rojas paredes. Un farol resiste al mercurio, ofrendando la sombra de su luz al cimbreante paso de Rosa Luna, mientras la Gularte llora noches de esplendores. Conventillos que ya no están, Barrio Sur, recuerdo que se esfuma, el Centro ganó terreno y el asfalto va cubriendo el empedrado. Solo tu nombre permanece convertido en leyenda, mientras tu alma vuela, envuelta en el repique de un tambor. Graciela Vera
 A su lado aprendí, de vivir, el verbo conjugar.
De su mano comencé, de vivir, el camino iniciar. De sus labios comprendí, de vivir, la ilusión soñar. De su trabajo supe, de vivir, martillo y cincel valorar. En sus ojos descubrí, de vivir, el orgullo de tenerme. De su recuerdo quiero atesorar, de vivir, su don de gentes, amigo leal, exquisito perfeccionista Un hombre..... un nombre... PAPÁ Graciela Vera
 PRIMER VIAJE
A veinte, todo a veinte, llegan de Las Europas, nadie puede dejar de comprar. Cuentas de colores, telas y espejos, son los últimos, cómpreme usted señorita, mire que belleza, que suave textura le ofrezco. Vienen directos, importados del Puerto de Palos, el contenedor lleno en la bodega de La Pinta, que en La Niña en fardos traen las últimas creaciones de un tal Cristian Dior. Señores, señoras!!!, jovencitos también, escuchen esta novedad, lo que aquí se ofrece no da para regateos, y por cierto y seguro no puede faltar ni en el bolso de la dama ni en el bolsillo del caballero. ¿a dónde va usted señor, sin oír esta oferta? Para el hacendado, ganadería completa, vacunos, ovinos y caprinos se rematan al llegar a puerto, salieron por encargo de la Reina Católica, directo a Las Indias. Afortunados marineros los que viajan en la Santa María, desayunan leche fresca y meriendan filetes de vaquillona. Cuidado don Colón, su flota puede encallar y la bronca a bordo desatarse si la promesa no cumple, asueto apenas amarrar, descarguen los nativos las cámaras frigoríficas mientras sus osados marinos bajo los cocoteros descansarán, que será arduo el retorno, mire usted lo que ocurrió, buscando especias, al chocolate y al café terminaron haciéndose adictos. SEGUNDO VIAJE (O EL REGRESO) ¿Cuál llegará primero de retorno a Palos?, que hay cien rubros de estímulo, al marino que más plata en sus bolsillos haya logrado. La Niña averió un motor, sus hombres debieron resignarse y quedándose en la costa a indias chicas y también a las chicas indias debieron desembarcar, sin mayores preocupaciones en tierra todos quedaron encontraron una playa nudista donde tomar piña colá y bailar un mambó. La Santa María es más rápida, en esta regata la Pinta llega segunda, mal cosa, el mercado estará saturado, nadie va a querer ya comprar, otra ave del paraíso, y dos patatas para asar. Buen negocio ha hecho, este señor don Colón, no encontró especias, pero la reina quedará contenta con tanta tierra para colonizar. La preocupación aún no llega, a los mercados de Las Europas, en las universidades empiezan a prepararse los primeros letrados en comercio exterior, que el negocio va a ser floreciente si por aquí se aprende a comer eso tan extraño que llaman maíz. Señores, vengan a comprar, que han llegado de las tres, dos de las carabelas al mando del ilustre señor don Cristóbal, y sus bodegas traen, entre contenedores y cámaras de frío, un jaguar y dos ñandúes, tres cocoteros y cinco indígenas, acompañados, como es lógico, por una docena de dirigentes sindicales, no vaya a ser que en estos confines no sean escuchados sus justos reclamos, trabajo para todos, poco deberá ser, salario justo, por supuesto ¡y mucho más! y un colchón mullido para descansar antes de emprender el tercer viaje. Graciela Vera
 El tiempo que no reverenciamos tomó venganza en sí, presto en la dicha se recrea en la pena. Las imágenes. la música. todo sugiere recuerdos, desgraciado féretro cuando es mortaja la incomprensión. Una solemne cantata estalla en los oídos, las manos separadas no oyen iguales acordes. ¿Despecho o temor? Se crispan los dedos sobre un teclado imaginario, la noche llega imperturbable. ¿Temor o desidia? Quizás ella nos responda, hay espejos en cada habitación y un complejo pentagrama. Ríen los bufones en el soliloquio interminable de pícaras corruptelas. ¿Es más pura la inspiración cuando es punzante la pluma? Errática vereda que define el atajo. ¿Algún día dejaremos de creer? La música se acaba. Vuelve a tocar en fa mayor, ¿puedes? Un día ya no habrá retorno, desertará la imaginación, rehuirán las musas la invitación y en un esperpéntico cuadro solo hallarás un títere desarticulado. Graciela Vera
 ¿Hay algo más allá del infinito? Estrambótica catarsis con la que comparto acuciantes ansiedades. Irracionalidad de los hombres: ambicionar la eternidad, osados émulos de los dioses. Exhaustas las mentes inquieren; pendiente, la asignatura se hace frustrante, la interpelación continuará. ¿Qué hay más allá de la eternidad? Se transforma en servil el pensamiento más altruista. Reflexión... Preguntas... ¿adivinamos? No existen respuestas ¿O hay quizás algo más en los arcanos?
Graciela Vera  Prodigio de la Almería nueva, milagro extraído, kilo a kilo del seno yermo de tu desierto. Sílice y sol, lamentos de agua, eclosión de vida.
Abierta en ríos de savia, sangre verde que fluye silenciosa, la simiente orada el basalto extendiendo su flujo, ladera arriba hacia las cumbres. Hombres coraje plantaron cara al desierto. Los peñascos se hacen parcelas y en cada surco hay un ruego callado, escondido en una babel que crece sin tiempos. Cajas de estaño repletas de oro vegetal, extraña geometría de plásticos, ofrenda de un Dios a su creación. Sorprendente alquimia. Graciela Vera

La casa está sola, vacía de penas y amores, perdidos sus recuerdos murió de silencios. La casa está vacía, allí donde queríamos escondernos en veladas de brindis y risas, se extiende el polvo y el musgo. A cal y canto cerraron sus ventanas, abigarradas sombras escapan de sus muros. En el patio muere un jazmín, nadie ha llorado sobre sus raíces. Docto arquitecto el que legó su abolengo, desde hace mucho el raso no cubre cristales, sobre el mármol, una copa que no está, aguarda a los amantes del rellano. La casa está triste, no hay ropa tendida que el viento alise, el galán de noche ya no regala su perfume, huyó a otros brazos en pos de una estrella. Un geranio porfía por perdurar su color, no hay perfidia en la tierra seca, solo el recelo de lo arcano desgarrando el encanto del sol. La alcoba donde en nuestra cama, ávidos de nosotros, exaltamos nuestro amor, se desdibuja en sombras truncas, allí no nos hemos amado. La puerta cerrada rectifica ilusiones, sentados frente al hogar juntas las sienes se tornarán blancas, vana idea, implacable cae la mampostería. La casa nos susurró su dolor, la Feria la vistió de luces, efímero oropel para su infortunio, sin sueños, sin luz, sin estrellas.
Graciela Vera
 Imágenes reflejadas, creadas una en el espejo, la otra en el alma, auténtica una, la otra ilusión. Los pensamientos son mente que vela realidades y, envueltos en tules, fantasías en los rincones donde penan los sueños. Allí donde van a llorar cual creaciones fenecidas, las imágenes escapadas del espejo ya sin vida, que esconden verdades, mintiendo nuevas imágenes Graciela Vera
Dice mi ‘marío’ que aquí, donde no dan ni una ‘chica’ por los sudacas llegados, su ‘muhé’ –esa soy yo-, debe ‘mejorá’ su dialecto utilizando de las palabras solo las más selectas, que no es lo mismo cuando de idiomas hablamos el uruguayo que el español.
Y yo que aprendí que ‘ciudá’ termina en dad, que el vino ‘rosao’ es el rosado y que si soy ‘quería’ debería ser querida, desespero por decirle que no entiendo lo que hablan andaluces y gallegos. Parece mentira que de tal jerga se jacten y no sepan recrear los sonidos de nuestro ‘buen hablar’. Dice –mi ‘marío’- que digo ‘che’ cuando pronuncio ‘ye’ y por un supuesto bien hablar cercenar pretende mi querida ‘yorugués’. No encuentro como disfrutar ante tanto requisito, del cosquilleo que produce la ye cuando escapa rozando el paladar, casi provocando un orgasmo nasal. Y al no encontrar orientales de uruguayos pagos, busco consuelo a la pena de sentir tan castrado y denotado tan delicioso sonido. Que resulta muy querida la ye -tan querida señores, tanto, como la españolísima eñe-. Vean como el paladar se excita solo de esperar su suave caricia, procuro hallar quién lo entienda y encuentro en hermanos argentinos, -que no es América toda la misma- que la ye sigue sonando igual que en los pagos rioplatenses; muy distinta a la tímida elle.
Unidos hacemos público un manifiesto peculiar: pedimos paciencia y tolerancia, para con nuestra amada ye. Seguro que el español tan respetuoso, a nuestra jerga se acostumbrará antes o después –no importa-, que nuestros oídos logren hacerlo, al sonido que logran extraer a esa hache que yo creía no sonaba y aquí la aspiran los vecinos que llegan de la comarca, provocando tal ronquido y demostrando en el acto su habilidad para no atragantarse con la lengua. Digo yo – es para pensarlo-, si vine a España porque no era país gringo y me cuesta entender lo que hablan, que aquí el castellano se dificulta, más que el inglés y el francés y casi tanto como el alemán, resulta entonces que al final nos es más fácil entender a un tano. ¡Señores! Antes de rechazar lo ajeno, en pagos de ‘variedá’ ¡Enseñad a modular! que en la España de Cervantes en cada villa, pueblo o “ciudá” al pobrecito castellano martirizan sin “piedá”. Graciela Vera  Bosquejos en azul marengo, galiléica visión apenas esbozada por la débil luz de los cirios.
Se confunden los sentidos en cataclísmico surgir de pasiones y temores. Idónea plétora de amores, en eterno, perfecto movimiento. Esfera cristalina, emergiendo, rotando, buscando un recóndito lugar en la palidez de la Vía Láctea. Imágenes estéticas, líneas que se alargan, se extienden y se diluyen, perdidas en la inmutable oscuridad del cielo nocturno, asomadas como racimos de caricias, escapando, siempre escapando, de los rastros de un eterno Big Bang. Graciela Vera
 Sin ostentosas dádivas, atando cintas a mi guitarra, llegué, desnuda, los ojos abiertos a la ilusión y en los brazos apretujado, un pedazo de mi cielo al que aferro el presente.
Tan azul como tu mar, tan límpido como tu mirada, así es mi cielo, el que no quise dejar, el que mira mi gente con la frente levantada, sin ocultar los ojos.
Esa gente, la que arropada en desazones, le canta a la vida, entregándote una chamarrita apenas amarrada a los tarantos de tu Almería.
Soy portadora de la noche que brilla más allá de Orión. Besa el río de los Pájaros Pintados al Mare Nostrum de los sueños; dulce mistura, el espinillar regala olivas y el olivar se viste de oro, milagro de un pedacito de cielo, que moja sus pies en tus aguas.
Graciela Vera  Envidio tu pueblo libre de recuerdos, tu vida en presente y tus mañanas inciertos. Porque soy paya me ata el horizonte y con los pies hundidos, veo alejarse tu mundo en un carromato de ilusiones. Sin patrias, sin fronteras, el espacio se torna calé, una hoguera como hogar, un niño de ojos grandes y una gitana danzando en vórtices de cuentas de colores. Graciela Vera
 Fracasé..... no pude seguir el ritmo, y entre sartenes y detergentes se enredó el Page Maker, las noticias del día y las ganas de hacer. Fracasé..... quise ser mujer y profesional, y solo logré la mitad del primer medio de la acepción. Bajé tantos peldaños en la escalera curricular que de ser, hace ya un tiempo, reconocida y respetada, paso a ser calcomanía de ama de casa, que no reconoce porotos entre habichuelas. Y se caen las pilchas cuando el borrador no pasa nunca, a categoría de libro, y el título te lo quita otro, más rápido y con menos tomates para freír, lonetas para lavar y frascos para guardar.
Fracasé.... y miro las ollas mal lavadas y las copas sin brillo, y me pregunto ¿en qué?; si acaso en esto de jugar a ser ama de casa..., o tal vez, en lo otro de pretender ser alguien... No se, no sé Fracasé..... ¡Qué importa!...... estoy demasiado cansada para pensar en lo que me hubiera gustado ser. Graciela Vera
 La poesía es un ruego, que atravesando moléculas se prende muy fuerte en las entrañas de la vida. Canto de estrellas que no cuenta rimas ni silabea tercetos. Suspiro de adolescente que sueña con el amor y ama en sueños. Poesía es el desgranar en versos una caricia, y elevar al cosmos una mañana que ya pasó; es abrirse al infinito enroscando pretéritos. Es la sencilla alegoría con que un niño pide ser adulto, solo por el deseo de robar un beso a la luna del solsticio. Graciela Vera
 Como un caballo desbocado cruza la vida campos de nadas, aferrándose a jirones de algo que atenazan dolores de muchos. Jinetes inexperimentes sacudidos al vaivén de constricciones, por penitencia: vivir. Alegre tálamo nupcial, a horcajadas del dolor dichosa llega la doncella; consumación imperfecta, la posee quien sueña otros rostros continuando la bochornosa cabalgata. Embustes que no son sino verdades a medias, realidades que no importan en el carrusel de la vida, jinetes sin cabezas, que no piensan, no ven, no dicen, jinetes con cuerpos marchitos, que sienten, sufren, gimen en el silencio lúgubre, que ahoga la ilusión de encontrar algún día vida, sin que resulte otro chasco, la vida. Graciela Vera

Es el dolor de toda mujer ante la impotencia por los millones de niñas víctimas de la ablación.
Donde las líneas se difuminan y el horizonte desaparece en el resplandor de un cielo-mar, allí surgen del desierto, y en la ignorancia mueren estando vivas y viven sin existir. Oí sus cantos desencajados, lamentos y súplicas y no quise que taladraran mis tímpanos los gritos de las que no tienen voz. Es tan tenue la frontera del dolor, como esas notas difusas que anegan la magistral sinfonía, inconcreto divertimento que el avaro compositor se ufana en titular vida. Sangran en sus almas las heridas del cuerpo; adolescentes que no sueñan, viejas de ilusiones, por siempre negadas al placer. ¿No las escuchas gemir más allá de la frontera de este mar de esperanzas? Ocultan entre tules la vejación de ser mujeres. No es de dolor ese aullido celebrado en sórdido festín, es la impotencia de no saber que en alguna parte existe la dignidad. Graciela Vera
 Dejé Montevideo un 3 de noviembre del año 2000
Desde el aire te vi pequeña en la majestuosidad de tus verdes, el río como mar, en eterno beso te ceñía por la cintura.
Te recordé en el bullicio de las tardes de escuelas, de túnicas blancas y moñas azules. No quise olvidarme del Cordón extendiéndose hacia el Obelisco, ni de las calles de Palermo y del Barrio Sur. Supe que iba a añorar las mañanas con los amigos, en los sábados de la Ciudad Vieja, y un paseo hacia la fortaleza, subiendo las calles del Cerro. Le dije adiós a los verdes del Centenario y del Rodó, a la que había sido mi casa, a Boulevar, a Rivera, más allá a Punta Carretas. Quedaron atrás Ramírez y tu Dieciocho, y me olvidé de los sueños frustrados cuando la Rambla se fundió en río. Te perdí en un horizonte de nubes y soles, de una Cumparsita tan tuya como ese pedazo de mi corazón con el que te quedaste por siempre, linda Montevideo de mis recuerdos.
Graciela Vera Foto gentileza Estudio Stonek
 Quiero convertirme en tu musa, entrar en tus sueños, latir dentro de tu corazón. Sentir el roce de tus labios más allá de la piel, en suaves prosas de amor. Quiero ser etérea realidad, guiar la pluma del poeta, transformar palabras en caricias. Emerger desde el éxtasis de nuestros cuerpos abrazados en irrelevante grito de rebeldía. Quiero ser inspiración, oración a nuestro Dios y goce en la entrega. Darle a mis ojos el regalo de tu pensamiento, ilusiones compartidas. Quiero ser quién te lleve por caminos de danza y música, ser más que tus ojos. Pedir que olvides nombres, que huyas de los ritmos, que cantes a nuestro amor. Quiero ser tu musa, vivir día a día tu entrega sin volver a compartir. Rescatar, egoísta, solo para mi, letras escapando de tu teclado, ojos enfocados al mañana. Graciela Vera Imagen: pintura Las Tres Gracias de Laura Higgins Palmer.
 Esta noche escribí en un pentagrama de recuerdos, la música silenciosa que canta sobre los amores y llora por los olvidos. Con un pincel sin colores embadurné el lienzo invisible donde viven los sueños y mueren las razones. Aguardé el instante preciso, cuando la luna se va a dormir antes de que se confunda en aurora, y entonces volví a la casa, busqué el sueño reparador y encontré rastros de un huracán, allá, tú con los ojos sin mi, aquí, las sábanas frías de soledad.
Graciela Vera

La noche que escribiste mi nombre en la arena, cuando las estrellas se zambullían en la mar guiñándonos ojos de plata, esa noche rogué al viento que no borrara aquel 'Graciela, te amo' que dejaste grabado por la infinitud de un minuto en la eternidad de un rayo de luna mientras las estrellas continuaban cayendo a la mar.
Graciela Vera Ilustración: Foto Carranchio
 Volcaste la copa repleta sobre el mantel de lino y con tus labios sedientos bebiste cada lágrima de mis ojos. El líquido se esparce, dibuja una flor morada sobre el blanco lienzo; se deslizan tus labios por la curva de mi espalda y esculpen lirios de placer. Cada gota absorbida por la trama expande aromas a viejo, tus labios reclaman mi piel y la sorben toda. Llenas nuevamente la copa, bebes insaciable el licor que te ofrece, húmedos, tus labios saben a vides.
Graciela Vera Ilustrado con pintura de R.Young: 'The lovers'

Suspiran los cantaores, por peteneras y tarantos rezumados de la piedra, desperezan entre lamentos tu sueño de reina nazarí, mientras se pierde en la oscuridad profunda de la mina, el último gemido de El Zagal.
El Mare Nostrum con azul falda cubre tus pálidos muslos, ofrenda tu virginidad al carmín de mil rosas; tu alma es un quejío, llanto de chirimías, rescatando ritmos ancestrales entre palmas y guitarras.
Grácil doncella, de harenes favorita, hermosa entre las que más, por ti lloró el Califa, por ti suspira el andaluz corazón. El aire se impregna de perfumes, cada reja guarece un malvón, un mundo de ventanas cuadradas, ojos de casas chatas, se enroscan por calles disparejas como desprendiéndose insolentes desde la Alcazaba soberbia.desde la Alcazaba soberbia. Sedienta la tierra reclama, lágrimas de quince siglos dan vida a explícitos vergeles. Las murallas aprietan tu cintura preñada de vida nueva, Hairán aún deambula por las serranías, cabalga laluna en corceles de leyenda.
Pariendo en presentes el mañana arrancas en desigual lucha el oro, lujuria verde de tus invernaderos.
Almería, la hurí perdida, mantilla y peineta, clavel enredao al pelo, la Virgen del Mar te esconde, tesoro elegido, so los pliegues de su manto, sin que dejen de cantar los fandangos a la bella princesa mediterránea.
Graciela Vera
Graciela Vera  Te busco, escucho el reloj, extiendo los brazos, no estás. Solo el hueco de tu cabeza se esconde, concavidad aún tibia, sobre mi almohada. Acaricio el sitio donde el Givenchy se mezcla con tu propio aroma. Noches de marzo, luna en Sagitario, cuando amanece, largo invierno huyendo hacia el sur... te extraño, mis sentidos y mis brazos, están vacíos. Suenan tus pasos, movimientos tenues, ya no hace frío, inundas el cobijo de mi alma, solo busco tu perfume, el otro, el otro no me pertenece, ahora mi almohada guarda solo tu propio aroma.
Graciela Vera
 Hoy no quiero cantarle a soles que ocultan atardeceres con brumas, no quiero divagar entre estrellas huyendo de un errático cíclope, hijo de la tierra y del cielo, y por eso quizás hermano de nuestro amor. No quiero la seguridad si no tiene el perfume que encontré en tus brazos en perfecta comunión con los sentidos. Tus manos llevándome, acompasados nuestros pasos; aquí y allá, hoy como ayer... Mañanas como fueron aquellas, noches y días soñando, juntos, los ojos mirando el futuro. Fuimos, de dos, uno. Rechazo del costumbrismo, del cambio de lo perfecto por la sinrazón. Quiero atrapar las noches de un verano de flores y promesas sin tabúes; rezar al Dios de los amantes para que nunca la incertidumbre se ensañe haciéndonos olvidar aquel mes de agosto.
Graciela Vera Ilustración: pintura 'Tres bailarinas de Ballet' de Edgard Degas
 Cierra los ojos amor, entrelazados nuestros cuerpos, soñando un momento más, aún no es tiempo de despertar.
No hables, cariño mío, que no fugue de tus párpados, la modorra del último sueño, noche de amor eterno.
Mantén la calma, vida mía, no retires el abrazo, no alejes tus labios de los que aún beben de tu boca en esta noche, la dicha del amor.
Graciela Vera Ilustado con fotografía de la obra de Miguel Senserrich, 'Pasión'
 Quiero proclamar la dicha y canto infortunios, pregono que soy amada y siento dolor, creo ser magnánima y traigo mezquindades, quiero ser única y olvido que existen pasados, reclamo el todo, y quisiera borrar los recuerdos.
Si ayer fui dichosa y hoy me elevas en altares entregándome tu vida, pido perdón por mi soberbia, me rasgo las vestiduras y acepto las verdades. El amor quizás no sea perfecto, yo lo soñé, solo fueron sueños; el amor no es privativo, sin dueños ni imposiciones, confieso mi orgullo, ya no más, aprendí a compartirte, solo quiero volver a soñar
Graciela Vera
 Entrega, de mi cuerpo inerte como virgen destinada al sublime sacrificio del amor.
Entrega, envuelta en túnica de luz que tus manos desmiembran en ansias inconfesas de pasión.
Entrega, de mi vida entera como ofrenda exultante, recibiendo el néctar de tu ser.
Graciela Vera

Cosquillas que trepan mariposeando por el vientre, grito contenido de placer que culmina en trémulo éxtasis, ensortijando en los muslos temblorosos estertores. Manos que deambulan sedientas, hurgando en insondables abismos de placer insostenible. Obnubilada la memoria, jadeante la respiración, solo el presente importa ¡Divino presente!!! Eclosión de sensaciones, mezcla de fluidos y quejidos aspirando aromas, sabores presentidos alcanzando el culmen en supremo alarido de pasión.
Graciela Vera Ilustración: pintura de Kolongi 'Amor a la luz de la luna'
 Busqué con manos extendidas, clamé con labios resecos, hurgué recuerdos huraños de noches sin días, de días que no fenecen. Ansié caricias indolentes, insensibles cuerpos inertes. Lloré placeres perdidos, repiqué, cual de bronce, en estertor de muerte, Aullé al viento tu nombre desconocido, nunca escuchado. Extendí manos tiritantes escapando de la escarcha, subiendo hacia el sol.
Graciela Vera
 Las paredes se hacen cómplices, teñidos de sombras se alargan los sueños, en el suspiro de un abrazo.
Se expande en el ambiente, almizcle, sudor y Givenchy, feromonas diseminadas en el aire, pretexto para evadirse del sueño.
Graciela Vera Ilustración: pintura 'Amor' de Diego Manuel
 Mezcla de olores obnubilando la mente. Obligada adición de los sentidos.
Me emborracho con el almizcle que emana de tu cuerpo, confusión de cítricos y mieles.
Sin solapadas ideas dejo excitar los deseos. ¡Evohé!, alegres bacantes aclamando.
Descienden torpemente las sombras pretendiendo calmar la algazara. Es nuestro el brindis. Rompamos las copas.
Dónde nosotros, nadie beberá. Egoísmo insensato, espejismo de noches de esotéricos desvaríos.
Sobre la profanada palia, vencedora en lúbrico combate destierro por siempre la hipocresía.
Es el evo que acapara sueños en nanosegundos de eternidades. Mis papilas liban tu piel.
Absurda idea, belleza de lo prohibido, la saliva y el sudor en arcaica promiscuidad. Saboreo la mixtura de los dioses.
Sordos a la caricia descansan los músculos, ansiosa espera, exigen tributo al placer.
Estuosos, los cuerpos recrean el eufénico libreto, repetido axioma, epístola para dos.
Graciela Vera Ilustración: Fotografía titulada 'Lujuria' autora Lolelei

Propincua providencia, la vida aguarda, los sueños, halados por el amor entran en paradisíaco éxtasis.
Oímos la panegírica homilía olvidando lo efímero del júbilo. ¿Es el regocijo de hoy el llanto de mañana? ¡No respondas amor!
Nuestro mundo es cual isla, solitario, el río, flujo incontrolable que nos mantiene sujetos. marionetas en lujuriosa fusión.
Se aturde la mente buscando resquicios para el recuerdo, vil juego impuesto a los amantes, induciendo a afligidos destinos.
Coloquio intrascendente ¿escuchas mi azarado disertar? Tú entiendes de palabras calladas y sabes responder a los silencios.
Graciela Vera Ilustrado con pintura de René Magritte: 'Amantes'  La niebla prostituye el paisaje mañanero, las voces apagadas esconden los amores de la noche que ya se fué. En las cocinas, ahora vacías, la lumbre aún crepita endulzando el aire con perfume de acacias. Pasos rápidos buscan el rebaño, lloran los árboles lágrimas de rocío, se tiñe de color la pradera. Bosteza el día su letargo, la casa se despereza, mujeres de amplios delantales con los ojos cansados de sueños aguardan el paso de las horas, tamizan la harina de la vida mientras la boca del horno espera el tributo del pan.
Graciela Vera
 El néctar impregnó mi paladar, cual fruta de exótico sabor absorbí la savia de tu ser, golosa en alas del placer.
Sentí tus manos acariciando mi espalda, buscando mis escondrijos cuando en fuente te volcaste.
Metamorfosis que me lleva, en tus brazos, a ser Afrodita, explorando el placer en la magnitud, de incontenible torrente del amor.
No temo a inquisidores, Eros bendice nuestra pasión, no hay falsos tabúes ni patrañas que tergiversen los momentos.
Músculo y sangre unidos repitiendo el canto, rogando de Hestia su protección para juntos, nunca perdernos.
Graciela Vera
Ilustración: escultura 'los amantes' de Rodhin
 A Agustín Melero, a quién no conocí y sin embargo me enseñó a contemplar y a amar el cielo. Con la tenacidad del observador que con sus gemelos de teatro pretende integrarse al libreto, buscabas en la majestuosidad del tiempo la grandeza del cosmos.
Como muestra de eterna poesía que arrastra implacable las profundas excitaciones de dos cuerpos que chocan, explosionan, se desintegran en el abandono prematuro, abriéndose a la ilusión en una emisión de llamaradas, captabas con fruición la belleza del momento, alimento de tu fantasía obediente al rigor de la ciencia, Tus amenas enseñanzas despiertan la soledad de mis aficiones. Contemplo un paisaje a la luz del sol, el mundo se hace bello por tus sapientes ojos ya ausentes, asombrados ante las mas hermosas de las constelaciones. Son remolinos electrizados, profundas excitaciones ante los enjambres de pequeños cuerpos que giran, saltan y ríen, emergen de la nada, domeñando la entropía que los generara, ofreciendo las respuestas a inquietantes y desorientadas preguntas. Belleza de un firmamento estrellado al que requiebras asombrado: "¡Afortunados quienes al mirar al cielo descubren a Dios!" Graciela Vera
 Africana en tu hispana tierra, del desierto copias topografías teñidas de bermejo, polvo en alas del viento acortando distancias, atrayendo mas acá del Mediterráneo.
Las ráfagas arrogantes ayudan el arribo de las pateras jugando a cara y cruz, arenas o rocas, vida o muerte. Sueños que te buscan anhelantes, como a hermosa, prometida hurí. Te muestras exuberante, ofreciendo todo por nada, o quizás nada por la vida. En tu tierra sueña el viajero que ya no es emigrante en tu gentil regazo. Almería, costas de sangre, solícita al desamparado, acoges dolor entre quejíos de tarantos, quizás aún no descubres el futuro, crisol de razas que cantarán a tu Alcazaba. Graciela Vera
 Yo soy una ñata, petisa y yoruga. Mis viejos me criaron degustando novillos a las brasas, mollejas y tripas gordas. Pagaría dos vintenes por un buen plato de ñoquis a la hora de morfar. En la zabeca uso vincha, no me rosa una zafaduría proveniente de un nabo cualquiera, menos aún de la indiada. Hay quién dice que hice un macanazo, solo dejé un machete, pelo a pelo por un macho. Dijeron que era un jovato al que le gustan los jesuitas, los que se saborean con el té, o con un garoto con leche. Que yo era una loca, que me fallaba el marote, -sepan que no hay loro manso cuando le tocan la cola-, que de facho no tiene nada y sí, mucho en el balero. Lorearon que nos ennoviamos, se asustaron las viejas del barrio, no nos apichoneó la gentuza que solita se cavó la fosa. Si este gallego hoy toma un cimarrón, esos tilingos la erraban. Yo seré muy turra y terca y de cuando en cuando me tuso, pero que el gallego toquetea, eso se los garantizo y cuando pídole una ‘traviata’ el solícito me pone a Verdi y sigo desmayada y hambrienta. Yo aseguro que es un pibe para las cosas del coure, tenemos flor de metedura, y siempre andamos de farra. Eso sí, añoro los pagos orientales, aquí por milonguear se van de marcha; aperitivo es buen vino y mejor tapa, difícil resulta lambisquear cuando una birra te acondicionan. Esta es tierra de lastrones y con el andaluz conque hice yunta, a ambos nos gusta morfar. Escribo porque añoro un kilo de aguja pa’un puchero. El sabroso dulce de leche aquí es extraño, y si me pongo a lloriquear puedo seguir contando intimidades, por eso antes de resultar pesada, simplemente me las pianto. Graciela Vera
Para entenderlo (sin malas interpretaciones) se recomienda recurrir a un diccionario con terminología uruguaya, no sirve la argentina que se diferencia bastante de la yoruga.
 El Plata atrapa el rito diario y el sol, naranja de lujuria se sumerge en el horizonte, explosionando en fuegos. No hay tierras, no existe el hombre, solo Dios y mis ojos en asombro de colores, silenciosa cuna del ceibal. El río como mar cambia, el cielo se hace ocre, surcan sus aguas reflejos de plata, volcán inexistente que regurgita sueños troncando nubes por algas de sangre. Las dunas mueren entre brumas, oriente tiende un manto oscuro que se desgrana en resplandores cuando la noche besa occidente y una estrella nace del mismo río. Graciela Vera
 Tierra de cantes que se arrebuja sedienta, entre mar y montaña, la Urci de hoy, toda vestida de sepia y ocre desafiando los alisios.
Adolescente aún, precursora de venturoso mañana quiebra tu cintura la franja verde de la Rambla donde la sal y el yodo llega desde el Sur en alas del viento. Baña tus pies firmes el Mare Nostrum generoso de frutos y belleza, regalo a las barcas y a los ojos, reflejando mil estrellas que juegan a las escondidas entre La Alcazaba y la Puerta Puchena. Eres la Almiriya que creciera, bebiendo del árabe en su exuberante civilización. Ayeres de harenes, mañanas de esperanza, ocultas tu riqueza en vergeles de nailon, oasis de promesas, hoy te descubres al mundo nueva, medrosa y sugerente. Almería, Bayyanna del sueño de los nobles, último bastión del reino Albaharí, que desde el mar, prendado de tu belleza llorara tu pérdida, mientras el Real Pendón de Isabel y Fernando ya por siempre, para España te recuperara. Hija predilecta de los dioses, el de los cristianos, te regaló tallada imagen de la madre de Cristo, Virgen del Mar, de tu mar, Almería, el que te ofrece ese increíble azul que te hace única, deseada, diferente en suelo español, tan nazarí. tan andaluza. Graciela Vera
 No hay espacio en la rueca insensible. Dos ojos, una boca, una víscera que ignora si le es permitido continuar latiendo. La rueda gira vertiginosa en su indolencia, módico resulta el precio de la muerte. La parca es paciente, no hace asco, solo aguarda. La noche se revuelca y un frío glaciar atrapa la médula, la quijada temblequea en la espontánea convulsión, tan solo una calavera que nos invita mordaz a continuar viviendo. Graciela Vera
 por Graciela Vera Al despertar se encontró, enredados los cuerpos, la pasión viva, aún no extinguida. Habían hecho el amor, disfrutando cada momento, explorándose lentamente para terminar en un frenesí de sudor y jadeos. Se movió con cuidado para no despertar al hombre que había transformado su vida en los últimos meses. Horas robadas en las que había discurrido entre el éxtasis y el miedo. ¿Por qué recónditos caminos se llega al goce supremo? ¿Cuál sería el castigo para aquella culpa? Porque era consciente que estaban en pecado.... no importaba.... se amaban aunque no pudieran gritarlo a los vientos... se amaban más allá de las hipocresías y sin oír las retóricas de quienes nunca comprenderían que dos personas pueden amarse sin importar quienes, o que son. Cruzó la habitación en penumbras... Carlos se movió en el lecho, satisfecho del reciente placer... Habían rodado en la cama, enlazados en una orgía de consentimiento mutuo hacia el sexo prohibido.... Mientras se duchaba, por la puerta entreabierta del baño lo observó levantarse y encender un cigarrillo.... lo tomaba con ese gesto que le había llamado la atención la primera vez que lo vio..... Se secó despacio, la toalla afelpada acariciaba su cuerpo produciéndole sensaciones inexplicables... Nunca diría que se había satisfecho del todo su apetito carnal... deseaba escapar del mundo y volver al lecho estirando los brazos para recibir en ellos el cuerpo atlético de aquel hombre... No podía... Ya es demasiado tarde... Termina de vestirse.... Busca su cuello clerical y sale corriendo.... Hoy llegará tarde para celebrar la misa de las seis.
 por Graciela Vera Los pasos cortos la llevan rápidamente hacia la felicidad. La música parece envolverla invitándola avanzar flotando en una nube. Ve rostros que reconoce sin poder decir los nombres a que pertenecen. Sus amigas. Sus hermanos. Los abuelos, sus padres, los tíos y los primos. Caras sonrientes ante las que quisiera detenerse y decirles que en realidad no quiere ir tan de prisa, que así como desea llegar al final del camino desea también detenerse un poquito más en esa inconsciente adolescencia que se le escapa a media que avanza. Que quisiera más tiempo para recrearse en esa casi niña que va quedando atrás con cada paso porque al final la espera otra forma de ser feliz y esa felicidad la transformará en mujer. Porque el sueño se hace realidad demasiado rápido y mañana tal vez ya no caminará entre nubes de azahares y la mujer ya no será novia... será esposa al final de un camino en el que la búsqueda de la dicha –entonces lo sabrá- nunca termina.
 por Graciela Vera No me di cuenta. No sentí pasar la vida y ahora me encuentro con un puñado de nada. Una nada que duele como el viento helado de junio cuando sube por la nariz y se incrusta entre los ojos. Una nada que resbala como el agua cuando tratamos de detenerla con las manos. Una nada rebelde como las lágrimas. Una nada imposible de contener, en su aluvión gigantesco que parece consumir todo a su paso. Nada hay de los recuerdos de ayer. Nada encuentro en los recuerdos del mañana. La nada del hoy sofocándome, quitándome el aire, llevándome hacia la nada del infinito, envolviéndome en un remolino de nada que atrae otras nadas. Ilustración: 'Mujer y Cruz', pintura de Clara Belanzaurán  por Graciela Vera No supo cuando habían comenzado sus temores. Quizás tan recientemente que no tuvo tiempo de darse cuenta que le iban atenazando los miembros durante el viaje hacia la clínica. Primero fueron los brazos que parecían pegados al cuerpo, después las piernas que se negaban tercamente a adelantarse una a la otra.
Miró el amplio jardín, un perfume dulzón, demasiado pegajoso, escapaba de las madreselvas en tanto que las margaritas formaban apiñados racimos. Instintivamente cortó una flor y recordó. Hacía ya medio año que había recorrido por primera vez aquel jardín llevando a Esther del brazo. Los médicos habían aconsejado aquel lugar para que sus nervios se repusieran totalmente después del accidente. Era la primera vez en casi cuarenta años que se separaban. Se conocían desde niños. Sus familias habían vivido en el mismo barrio, fueron juntos a la escuela, siguieron los mismos estudios, se ennoviaron y se casaron. Algo que a nadie extrañó porque resultaba obvio para todos, una unión que podía demorar más o menos en el tiempo pero que se daba por un hecho. Abrieron juntos un estudio notarial y juntos trabajaron incluso cuando Esther, a días de dar a luz se sentaba ante la amplia mesa a discutir los casos de los que se habían hecho cargo. La fama de Martins & Zingred había crecido como creció la familia. La pequeña casa quedó chica y se mudaron a un barrio residencial. Viajaron porque a ambos les gustaba conocer nuevas culturas. Adrián recordó lo felices que habían sido y ni siquiera cuando lo de la vendedora del shopping había dejado de adorar a su esposa. Aquello no había sido mas que una aventura de una semana, un desliz que justificaba como un momento en el que todo hombre necesita sentir que aún puede conquistar a una mujer más joven. El amor por Esther estaba demasiado seguro como para aún hacerlo vibrar de pasión pero el cariño que se profesaban era tan firme como el primer día. Después vino lo del accidente. Un ciclista que salió de la noche sin luces ni nada que permitiera visualizarlo. El viaje había sido largo y el había cedido el puesto de conductor. Esther trató de frenar a último momento pero su intento fue inútil. El hombre murió en el acto. Si había culpables había sido su imprudencia. Un número más para las estadísticas. El no se dio cuenta al principio. Los días pasaron demasiado rápido tras os sucesos y no tuvo tiempo de observar el cambio. Solo cuando notó las ausencias de Esther, sus silencios cada vez más extensos consideró oportuno consultar con un especialista. Durante seis meses había visitado todos los domingos aquel jardín al principio si notar mejorías, sólo en las últimas semanas una sonrisa desganada lo recibía como obligada pero el miércoles había recibido una llamada que había cambiado todo. Su esposa lo espera para que la lleve de regreso a su casa le había dicho la enfermera. Habló con los médicos, le asesoraron como atenderla y allí estaba dejando crecer en él todos los miedos que habían sido de Esther y que el no supo que también los poseía. Adrián temía a los fantasmas de aquella noche. A los silencios de Esther, a la sonrisa desganada de sus labios. Realizó un esfuerzo para acercarse a la mujer que lo esperaba y de pronto ya no tuvo temores... Los ojos que lo miraban volvían a ser los que durante toda una vida le había infundido el valor suficiente para vencer sus miedos. Se acercó y casi torpemente extendió la mano en la que una margarita ocultaba entre sus pétalos un último sentimiento de temor. Recordó el tiempo en que iban a la escuela, recordó a los adolescentes novios, los hijos y los nietos y, tomando a su mujer de la mano olvidó por siempre los miedos.  por Graciela Vera Nica había sido desde su nacimiento, varios años después que sus otros hermanos, un continuo motivo de desvelos para mis abuelos.
No había sido un embarazo tranquilo para mi abuela. Ella que había tenido ya siete hijos se había visto obligada a guardar cama durante casi la mitad de la gestación y el parto por poco le quita la vida, pero por entonces, aquella criatura de cabellos endemoniadamente cobrizos recién comenzaba a hacer sentir sus reclamos. Fue bautizada como Nicanora y, como bien decía el abuelo, solamente el cura pronunció en aquel acto su nombre porque desde siempre se le llamó Nica. Y Nica conoció en carne propia todos los males propios de los niños, y cuando la lista de enfermedades parecía agotarse ella se ocupaba de mantener la atención de los médicos. Su temperamento inquieto siempre estaba buscando el peligro que se traducía en golpes, fracturas y todo tipo de lesiones, inevitables a pesar de la permanente atención de toda la familia que no era suficiente para evitar las diabluras de la chiquilla. Colgada de una rama del nogal del fondo de la casa agitaba sus bracitos para caer poco después ante la desesperación de quienes habían corrido procurando evitar el accidente, o, deslizándose por la baranda de la escalera encontraba, inevitablemente, el choque contra el piso de la sala. Cuando Nica creció y cumplió sus catorce años la abuela había suspirado aliviada creyendo que, casi una señorita, las travesuras y sus consecuencias terminarían, pero no fue así. La desazón ganó a todos cuando, muy suelta de cuerpo “el diablillo rojo” como la había bautizado familiarmente el abuelo, comunicó a la familia reunida que estaba decidida a convertirse en piloto de avión. Y lo hizo. La tía Nica fue una de las pioneras en ese campo pero, no contenta con esto, y aduciendo que el país no le brindaba oportunidades en su profesión, un día le dio un beso a cada uno de sus hermanos, a sus sobrinos, abrazó con inmenso cariño a los abuelos y partió. Sus cartas hablaban de proyectos que demoraban en concretarse. Después supimos que estaba volando en una compañía de carga aérea que transportaba provisiones para grupos mineros en plena selva amazónica. La familia perdió contacto con Nica durante muchos años. Esto no fue más que otro motivo de inquietud para los abuelos. Nadie supo donde encontrar a Nica para avisarle que, primero el abuelo y casi siguiéndolo como siempre había hecho en vida, la abuela, habían decidido abandonar este mundo. Los sobrinos crecimos. Formamos nuestros hogares. Dijimos adiós a nuestros padres y, casi olvidamos a la tía Nica... hasta hace un mes... cuando una llamada desde el extranjero nos citó a un estudio jurídico de Manaos donde estaba depositado su testamento. Tía Nica vivió sus últimos años acompañada de decenas de hijos. Hijos que no eran de su sangre pero a los que ella había querido como madre. Niños que iba recogiendo de las aldeas que visitaba, entre viaje y viaje al centro de la selva. Había ganado mucho dinero con su avión. Algunas malas lenguas decían que sus ganancias se debían a un tráfico ilegal de diamantes, pero si esto era cierto a nadie le parecía importar porque lo que recordaban todos en el lugar era la obra magnífica de “la mamma”. Sus primeros “hijos” ya eran hombres y mujeres con hogares formados pero los últimos, los que había recogido cuando ya sus fuerzas comenzaban a decaer, esos eran nuestra herencia: lo que tía Nica nos había legado en su testamento y que, de haber estado vivos los abuelos hubiera sido otro motivo de desvelos. La vida de Tía Nica había estado en un constante riesgo desde antes de nacer, quizás por eso había amado tanto al peligro pero, esencialmente había creído en la vida. Sus sobrinos, que apenas recordamos la endiablada cabellera cobriza que nunca tuvimos oportunidad de ver encanecer habíamos heredado aquellos seres de ojos enormes y asustados. Tan asustados como estábamos nosotros hasta que uno de los pequeños se acercó con una canasta de huevos que, antes de morir la tía Nica le había encargado nos entregara. Gesto que no comprendimos hasta que, retirando los huevos que formaban la capa superior descubrimos cinco diamantes de enorme valor. Los diamantes de la tía Nica, los que le habían permitido llevar adelante su obra de bien y nos daban la oportunidad de continuarla. Cuando dejamos instalados a los niños de mamá Nica en un moderno orfelinato asegurando su sustento y educación hasta que fueran mayores, en nuestro poder quedan aún tres piedras que al mirarlas nos hacen guiños como si a través de ellas, la inquieta de la familia se estuviera riendo de nosotros. Ilustración: 'Mujer antigua' de la pintora Susana Rovo  por Graciela Vera Cerró la puerta y se encaminó sin vacilar hacia el ascensor. Sin lágrimas... había pensado que iba a llorar, no fue así, sus pupilas permanecían tan secas como su boca. Intentó sonreír a la simpática anciana ocupada en reprender a su perro de aguas pero solo logró un ridículo movimiento de labios. Cuando llegó a la planta baja no había escuchado ninguna de las palabras con las que la mujer había desarrollado un espontáneo monólogo sobre el tiempo, demasiado fresco para esta época del año, el cuidado de su mascota y el deterioro de la alfombra del palier.
Estaba consciente de que no volvería. Hacía tres años había cruzado por primera vez la puerta doble de hierro preguntando por un apartamento ofertado en alquiler. Joaquín, el portero, una persona que conocía los pormenores de la vida de cada uno de los inquilinos le había mostrado las dos habitaciones, cocina y baño ubicadas en un contrafrente que entonces le había parecido el sitio ideal para esconder su gran amor. Tranquilo, un décimo piso lejos del ruido de la calle; sin vecinos curioseando por ventanas indiscretas, incluso su anterior inquilino había dejado varias macetas en el balcón interior que, con un poco de trabajo convertiría en su jardín, ... inmediatamente decidió aceptarlo, estaba segura que a Oscar también le parecería el lugar ideal para disfrutar el mutuo descubrimiento de su pasión. Tres años en los que cada semana puso algo nuevo para hacer más cálido, más íntimo su refugio. Oscar llegaba a Maldonado invariablemente los viernes a media tarde y se iba los lunes de mañana. Una combinación perfecta, ella salía de la escuela de párvulos poco después de mediodía para no tener que regresar hasta la mañana del lunes. Esos fines de semana no volvía a su casa en San Carlos, tomaba directamente el ómnibus que la llevaba hasta la terminal fernandina para esperarlo. Un gerente de una importante multinacional puede darse algunos lujos y uno de ellos había sido durante los tres últimos años, el de encargar a su secretaria resolver toda la actividad de las últimas horas del viernes para disfrutar de un fin de semana más largo. Dejaba el coche en un estacionamiento de la calle Dante... ahora le cambiaron el nombre pero no importa, para la generación actual seguirá llevando el nombre del ilustre florentino. Un viaje de dos horas y.... Invariablemente Mónica llegaba quince minutos antes... siempre ansiosa... siempre temerosa de que Oscar hubiera decidido no viajar ese fin de semana. En tres años solamente en cuatro ocasiones uno de los dos faltó a la cita. Curiosamente las culpas se dividieron en partidas iguales. Dos veces Oscar fue retenido por negocios impostergables. Mónica tuvo un fin de semana que viajar con sus alumnos a Paysandú... el viaje de fin de cursos. Fue el primer año, luego se las ingenió para convencer a todos, chicos y padres, que era mejor hacer el paseo un día ente semana. La otra vez fue la gripe quién les impidió encontrarse.... Pocas horas de soledad forzada para tantas de increíble amor. Se habían visto por primera vez en un bar de Gorlero. Ella, una maestra conocida en el departamento por su actividad al frente de distintos emprendimientos culturales, él un empresario de éxito en el mundo de los negocios, casado y padre de tres hijos. Una relación llamada a terminar antes de empezar o, como había ocurrido, a vivir oculta entre cuatro paredes. Habían decidido que necesitaban un lugar para ello. Los hoteles eran demasiado impersonales... demasiado peligrosos a sentir de ambos. Cualquier conocido podía tropezar en la puerta con la señorita Mónica, como le llamaban sus alumnos,.... cualquier conocido podía encontrarse cara a cara con Oscar y una mujer que no era su esposa. Recordó el primer encuentro. Había ido a ver una exposición de pinturas de Páez Vilaró. A la salida un grupo de conocidos habían ido a tomar un café. También n había ido Oscar acompañado por aquella mujer... su mujer...; un amigo común los presentó y fue entonces que sucedió. Algo que pasó desapercibido a quienes los rodeaban pero que hizo que el contacto de sus manos fuera presagio del fuego que habría de devorarlos durante las semanas siguientes. No volvieron a verse hasta pasado un mes, y sin embargo ambos estaban seguros de haberse trasmitido mutuamente el deseo de estar juntos. Nunca le preguntó con que pretexto viajaba todos los fines de semana. No quiso saberlo, en la fragilidad de su relación prefirió ignorarlo. Mónica no dejó que sus sentimientos la engañaran y en lo más recóndito de su ser sabía que no había futuro para ese cariño que la devoraba. Es que el amor cuando se lo amordaza mucho se muere, y Oscar no podía dejar gritar a su corazón. La idolatraba pero ello no impedía que un sudor frío le cubriera la frente cada vez que se creía descubierto en su relación con Mónica. Para ella era el tener que ocultar la felicidad de estar enamorada. A los cuarenta años una mujer no puede cometer ciertas locuras... y si es una maestra de escuela ni siquiera pensarlo. ¡Dios, como hubiera deseado pasear por las calles del pueblo del brazo de aquel hombre! En cambio aceptó ocultarse en aquel departamentito... No le había importado... su amor no era egoísta y era demasiado.... Recordó aquella noche en que habían salido a cenar. Acababan de ocupar una mesa, discreta en un rincón de un restaurante también discreto. Miraba las luces del puerto y el movimiento sereno de las embarcaciones cuando escuchó su nombre. Levantó la vista y se encontró con el director de la escuela acompañado por su esposa y otras dos personas de la localidad. Presentó a Oscar como un amigo que visitaba Punta del Este pero estaba segura... la curiosidad puesta de manifiesto por su superior en los días sucesivos se lo corroboraron; no lo habían creído. Por supuesto que la imaginación de aquellas personas no llegaba a visualizar la pasión que enredaba sus cuerpos cuando se encontraban seguros en la intimidad de.... ¿qué era?... ¿qué fue? ...¿un refugio? ... ¿un hogar?.... ¿un lugar donde hacer el amor?.... su refugio... su hogar.... su amor....; ¿sólo suyo?.... ¿fue lo mismo para Oscar?.... lo esperó cada viernes de agosto y lo esperó cada sábado. Después comenzó a desesperar rondando alrededor del teléfono... esperó en vano una llamada... esperó en vano cada viernes de setiembre... cien veces intentó llamar a su oficina y cien veces colgó el tubo antes de dar lugar a que le respondieran.... El primer viernes de noviembre se decidió. Había estado aguardando un milagro que no llegó... eran las ocho de la noche cuando abandonó la Terminal... caminó.... había comenzado a lloviznar... una brisa fresca para la época la hizo estremecer.... cuando llegó estaba empapada, recordó otro paseo bajo la lluvia... entonces estaba con él... habían salido temprano y no hicieron caso a los nubarrones que presagiaban chaparrones. Era verano y no les importó mojarse... la playa estaba desierta y se habían hecho el amor escondidos entre los médanos... mojándose y riéndose... riendo y gozando... Habían sido tres años, quizás demasiados para mantener vivo un amor entre cuatro paredes. Introdujo la llave en la cerradura y abrió la puerta de hierro... no le gustó el color... nunca le había gustado aquel negro descolorido y sin embargo no le había importado hasta ese momento. Llamó el ascensor y llegó a las nubes, como a él le gustaba decir cada vez que recorrían el trayecto... muy serios y conspicuos si alguien más utilizaba el elevador en ese momento... entre besos y caricias si lo hacían solos. Entró a un sitio que le pareció desconocido... frío... recorrió con la mirada cada rincón de las habitaciones. Se sentó al borde de la cama sintiendo que unos lazos invisibles la atrapaban... cerró los ojos y se vio rodando sobre las sábanas rosadas entre los brazos de él... sintió su boca rozando su cuello, buscando sus pechos... se sintió transportar al éxtasis y lloró... lloró por aquel amor que siempre había sabido algún día iba a perder.... lloró por su cariño, por todo aquel inmenso manantial de caricias que ya no tendría en quién volcar... Cuando llegó a planta baja entregó la llave del apartamento a Joaquín pidiéndole que lo alquilara... con muebles, con todo... quiso decirle, pedirle que buscara un inquilino que cuidara su jardín pero no pudo.... Yo la llamo cuando tenga algo, le gritó Joaquín mientras ella hacía una seña que podía interpretarse como un adiós... tomó el ómnibus hacia San Carlos.... cerró los ojos, quiso revivir otros momentos felices con Oscar pero no alcanzó a verlos con nitidez... como en una nebulosa iba envolviendo los recuerdos mientras su mente dibujaba su propia imagen, la imagen de una maestra solterona paseando su perro y hablando del tiempo...., de la alfombra del palier, temas que en realidad a nadie importaría y que nadie escucharía pero que mitigarían su soledad....; El viernes siguiente no volvió a la Terminal... fue hasta la casa de mascotas y compró un caniche blanco.... se dirigió a la plaza donde se sentó en un banco en el que dos jóvenes vivían su amor adolescente... comenzó a explicarles que se trataba de una raza muy recomendada para compañía, pero estaba segura que no la habían ni siquiera escuchado. Miró a la muchacha y pensó que algún día quizás ella también estaría sola y entonces..... también compraría una mascota. Ilustración: 'Mascota' pintura de E. Márquez  por Graciela Vera La primera vez que arribó a la ciudad le habían advertido que la tradición decía que todo aquel que cruzaba el viejo puente de hierro regresaba.... siempre regresaba. En ese momento no sabía que el lugar tendería sus atractivos como una telaraña que le impediría alejarse por mucho tiempo. Carmelo, con la calma propia de las poblaciones del interior de nuestro país y la inquietud de una pequeña ciudad que vive a la sombra y el influjo de Buenos Aires puede atrapar a un visitante desprevenido. Pocos lugares tan acogedores... el arroyo... las cientos de embarcaciones que durante los meses de verano la transforma en una colonia argentina flotante... el nacimiento del río como mar... los atardeceres con las parejas de enamorados caminando por la playa. Había ido para cubrir una suplencia de tres meses y se quedó veintiocho años. Se enamoró, se casó, tuvo hijos que a su vez se enamoraron, se casaron y le dieron nietos. Una vida en la que construyó un castillo de cristal donde todo era perfecto. Un palacio que, sin comprender aún como, se había desintegrado entre sus manos cuando el compañero de los últimos veinticinco años no regresó. Ella había creído en la leyenda... el que cruza el puente siempre regresa... y lo había esperado..., había sido un viaje de negocios, traslado en ómnibus hasta Montevideo y desde Carrasco a Santiago.... menos de tres días de ausencia que se transformaron en semanas y las semanas en meses y éstos en años. Lo había esperado con un último sentimiento de esperanza... de hacerle una trampa a la realidad y cambiarla; aún lo esperaba... y lo seguiría esperando durante el resto de su vida a pesar de aquel telegrama, aquel pedazo de papel impersonal, que dio por tierra con la leyenda y cayó, arrugado al piso después de ser leído: “Lamentamos tener que comunicarle que el avión en que viajaba su esposo sufrió un accidente al despegar del aeropuerto de Valdivia. No hay sobrevivientes”. Cruzó el puente,... se quedó,... se enamoró,... tuvo hijos,... sus hijos se enamoraron,.... le dieron nietos,.... y ahora estaba sola.... tan sola como puede estar alguien que ya no cree en leyendas.  por Graciela Vera “Reloj no marques las horas... haz esta noche perpetua... para que nunca se vaya... para...”, la melodía escapaba de la radio en un inútil intento de mitigar su insomnio. ¿Cuántas noches sin dormir? , ¿Cuántas madrugadas de sábanas arrugadas en una inquieta búsqueda de un sueño que no llegaba? ... Estiró la mano y bajó el volumen del receptor. Lo menos que ella necesitaba era una noche perpetua. Las noches le traían el recuerdo de su soledad... aquel lugar vacío en la cama... El lugar de él... Un lugar junto al suyo... Un lugar que estaba frío.... Un sitio que no se atrevía a invadir... “... para que nunca se vaya...”, Claudia había aprendido que podía haber noches perpetuas... y lloró. Lloró por su soledad... lloró por el sol que demoraba en aparecer.... por el frío de aquella cama vacía y por el calor de otra cama en la que el cuerpo de él estaría trasmitiendo la vida que faltaba al suyo.... Se habían ennoviado durante los años de facultad. Recién egresados con sus títulos habían decidido casarse y enfrentar juntos el mundo. De esto hacía tan solo siete años.... Raúl quería hijos.... habían decidido esperar hasta tener una posición económica holgada. Pero ella quería más...., las dos chapas en la puerta del estudio que habían abierto la llenaban de orgullo.... Raúl Díaz, abogado..., Claudia Pedrosa, abogada... habían tenido éxito... ambos habían triunfado profesionalmente y por eso consideró egoísta por parte de Raúl su exigencia. Para él había llegado la etapa de pensar en los hijos... pero.... Hijos para una mujer significan responsabilidades... dejar de lado muchas expectativas a nivel profesional...., perder clientes..., dar un paso al costado. No se sentía preparada aún para tener una familia pero reconocía que los años pasaban y los planes que habían hecho incluían cuatro o cinco niños.... A Raúl le gustaban las familias grandes....., las familias a la antigua como decía siempre...., Claudia comenzó a preguntarse porque se había casado con una profesional si quería una mujer cuidando de la casa, ocupada con un montón de críos... incluso llegó a considerar que el estaba celoso de sus éxitos como abogada. Su carácter, más dicharachero, más sociable, la ponían a la vanguardia en el estudio jurídico que ambos compartían... ¿le estaba pidiendo hijos para alejarla y acceder entonces a ser el número uno?...; fue entonces cuando surgió aquella oportunidad. La empresa, una de las más importantes del país la contrató para asesorar y dirigir su cuerpo de abogados y ella debía decidir... y decidió....., los hijos podía esperar....., el esposo podía esperar.... Al principio no se dio cuenta..., estaba demasiado ocupada para pensar en las reiteradas llegadas tarde de Raúl. No se dio cuenta del brillo diferente de sus ojos ni del frío que se iba colando entre sus dos cuerpos cuando dormían. Un espacio que cada noche se hacía más ancho... y más definitivo. Claudia estiró su mano y aquel frío, un frío que le llegó a los huesos la obligó a recogerla. Estaba sola. Hacía un mes que estaba sola... un mes desde la tarde que llegó a la casa silenciosa... vacía de niños... vacía de sueños comunes para encontrar a Raúl sentado en el sofá, una valija a su lado, esperándola... esperándola para decirle que se iba... que corría tras los hijos que ella no había tenido tiempo de darle.... Al principio tuvo la esperanza de su regreso... miró el reloj.... seguía marcando inexorable las horas..... “para que nunca se vaya... para que nunca se aleje de mi..:”. Aquella noche que podía haber sido perpetua... aquella noche en la que ella podía haber recogido la semilla de los hijos que ya no vendrían, nunca había existido... ahora solo quedaba la soledad, y el frío intenso que puede trasmitir una cama vacía.  por Graciela Vera Los ojos de Lisa expresaban el pánico que la iba invadiendo a media que la palabras de la gitana descubrían su mundo secreto. El mundo pasado, lleno de dolor, el mundo actual, incierto y el mundo de mañana... ese que quería conocer y del que temía escuchar. Piensa en tu hogar, le había dicho mientras sostenía su mano y ella había seguido dócilmente lo que empezó como un inocente pasatiempo en una tarde de ocio. La mujer la había mirado fijo a los ojos y Lisa supo que no era un juego. Su vida se abría como un libro ávido de lectores. –“Frío... siento frío, como en un sepulcro... la soledad de la muerte”. Su mano tembló, los dedos de la adivinadora recorrían su palma...”Soledad... un mundo de gente que te resulta extraña... que te ignora..., te sientes diferente..., eres diferente...”. La instó a pensar en su familia... hijos..., esposo..., y Lisa no quiso hacerlo pero su subconsciente le traicionó... Ahora fue la mujer de largos collares de cuentas de cien colores la que tuvo un estremecimiento... La mano de Lisa parecía de cera..., los dedos se crispaban en un intento por huir.... quiso estar a mil kilómetros... sintió sobre si la curiosidad del resto del grupo... los ojos miedosos de Laura..., la sonrisa cómplice de Esther..., la ignorancia de Alicia, la indiferencia de Esteban..., la casi burla de Julio, el intelectual del grupo, pero sintió también el ansia contenida de Raúl. .. Al principio había sido un juego..., -“Te adivino la suerte linda...?”, entre risas todos habían convenido que era una forma lógica de pasar una tarde en la que no había nada por hacer...; a medida que hablaba la gitana había perdido su locuacidad. El parloteo incesante del principio se transformó en una imposición y su incomodidad era muy similar al disgusto con que Lisa se sometía a aquella “charlatanería barata”, le había llamado Julio sin imaginar siquiera , que aquella mujer estaba desnudando un alma... -“Dolor, un mundo de amor en medio de un camino de dolor.... llorarás cada día, sufrirás por cada hora de amor que logres la pena de mil noches de soledad..., veo un amor que te hace tanto daño que quizás en él mueran tus ilusiones... veo lágrimas en tu futuro... ríos de llanto... te veo sola entre la multitud..., el dolor de la soledad que solo tú sientes... que ignoran quienes te rodean porque ellos no han descubierto aún que el amor es dolor...”; las dos mujeres esquivaron la mirada pero ambas sabían lo que había en los ojos de la otra..., en los de Lisa la temerosa confirmación de lo que oía..., en los de la gitana el miedo de estar entrando en terrenos prohibidos...-“Te ama...,el te quiere más que a su vida pero no le está permitido...., te ama..., pero será fiel a su promesa aunque signifique también para él dolor y lágrimas”. -“Esperar el futuro..., solo la muerte abrirá el camino... ahora hay dolor... al final... a lo lejos el amor parece renacer sin obstáculos pero antes... un camino muy largo... muy estrecho.... sufrirás mujer... tú y él vivirán una vida de dolor...solo al final... solo después de otros dolores... sólo entonces pero será muy lejos en el tiempo... un final de camino sin lágrimas para olvidar una vida de llanto..-..” La gitana soltó la mano de Lisa con cierta aprehensión. Buscó sus ojos para tratar de infundirle valor... tuvo miedo de lo que vio y calló... sintió pena por esa mujer signada por el destino....; miró a su alrededor... no quiso buscar protagonistas en el grupo y se fue corriendo, olvidando los billetes ganados por un momento de esparcimiento como dijeran todos tratando de distraer la tensión creada con bromas sobre supercherías y adivinadores baratos..., ninguno se atrevió a decir que en el fondo... muy en el fondo..... Lisa rió sin reconocer su risa... alguien forzó una conversación sobre el tiempo y lo cambiante del clima y todos pretendieron olvidar lo que acababan de escuchar. -“Es hora de irnos porque los chicos regresarán en cualquier momento” dijo Alicia acercándose a Raúl al que sólo una broma de Esteban logró rescatar de sus pensamientos demasiado secretos para ser compartidos. “Nos vemos mañana”, respondió Julio que, pasando el brazo sobre los hombros de Lisa observó que esta temblaba y, sin dar importancia a los dichos de la gitana observó que “está refrescando, entremos para evitar un enfriamiento” y condujo a la mujer al interior de la casa... el hogar... el mismo hogar que la adivinador a había sentido en el alma de Lisa tan frío como una tumba.... la tumba de los sueños... el principio del dolor.  por Graciela Vera Silvia se había levantado contenta aquella mañana. Desayunó en medio de una cháchara agotadora pero alegre. A Mabel le hacía bien aquel jolgorio en que hacía varias semanas se habían convertido los días de su hija. Adivinaba que estaba enamorada pero, discreta como siempre esperó que fuera Silvia la que se lo confiara cuando lo creyera conveniente. La vida le había enseñado muchas cosas y una de ellas era saber esperar el momento para cada cosa. Y también aquí el momento llegó cuando, al despedirse al salir para el trabajo, como quién describe un hecho irrelevante pero con un tono de voz que no dejaba lugar a dudas que era importante para ella Silvia había anunciado que esa noche llevaría un amigo a la casa. Mabel, queriendo lo mejor para su hija se las ingenió para regresar a tiempo de la oficina y ordenar la casa antes que Roberto regresara de la fábrica y Silvia llegara con su amigo. Tuvo tiempo de arreglarse un poco el cabello, ponerse un vestido que le quitaba años como le decían cada vez que lo retiraba del ropero y se lo ponía. Era el vestido de las ocasiones especiales como bromeaba Silvia, que no podía comprender porque su madre se empeñaba en seguir usándolo. Mabel se miró al espejo y sonrió. Contempló con cierto orgullo la imagen reflejada en el cristal. Su vida había comenzado a reconstruirse después de años de ir a la deriva y la imagen que le devolvía el espejo se lo recordaba. Aquel vestido que nunca quiso destinar al baúl de lo viejo y cuya falda subía o bajaba para adaptarlo según la moda y hacerlo usable a pesar de los años. Sacudió la cabeza. Recordó que Silvia iba a presentarles un pretendiente, no dudaba que tal fuera el anunciado amigo pero la figura reflejada en el espejo parecía pensar por sí. Ya no estaba en el dormitorio de su casa de Montevideo esperando que llegaran su marido y su hija. En el espejo solo su figura permanecía nítida, el fondo comenzaba a borrarse y los detalles comenzaron a girar transformándose hasta que se vio, diez años atrás, reflejada en otro espejo en cuya lámina se proyectaba la sala de un pequeño apartamento sobre la Rue de Les Graces en París. Roberto había sido encarcelado tres años antes y estaba lejos, en el paisito. Ella y Silvia habían llegado a Francia gracias a la ayuda de amigos. Trabajó mucho para subsistir y mantener a su pequeña hija durante aquellos largos años de exilio. Conoció a Fernando en una reunión en casa de otros refugiados como ellos. Fernando había pasado varios meses oculto en Buenos Aires y cuando allí también le resultó peligroso vivir había escapado a México. Llegó a Francia en mejores condiciones que Mabel y había podido granjearse una posición. Primero fueron dos “yorugas” en tierra extranjera. Después fueron amigos y un día, sin darse cuenta como, se habían enamorado. Se veían en el apartamento de Fernando porque Mabel siempre quiso evitar que Silvia sospechara que él era algo más que un amigo de la familia. Un día supieron que las cosas estaban cambiando en el paisito. Mabel se había comunicado aquellos años con Roberto a través de cartas que los padres de aquel le llevaban en sus visitas a la cárcel. Cuando supo que podía volver sin temor lo hizo, consciente de que su deber de esposa era hacerle más fácil el olvido de aquel montón de años de sufrimientos. Fernando lo entendió. Habían vivido un amor prestado y había llegado la hora de restituirlo. Sabían que nunca olvidarían aquellos encuentros en los que ambos se habían sentido libres, únicos. La tarde previa a la partida de Mabel y Silvia hacia Montevideo se encontraron para decirse adiós. Se negaron los últimos momentos de intimidad porque tuvieron miedo de no tener valor para alejarse el un del otro. Una mesita en un café de los Champes Elissées. Fernando llegó con un gran paquete envuelto en papel de seda brilloso. “Para que me recuerdes”, le había dicho. Lo abrió recién cuando estuvo en su cuarto: Silvia había ido a despedirse de la amiga del piso de abajo. Abrió la caja en la que estaba impreso el nombre de un modisto de renombre. Tomó el vestido con cuidado. Casi con temor de que desapareciera entre sus manos. Luego, durante los últimos diez años, lo había guardado para las ocasiones especiales con la secreta ilusión de que cada vez que se lo pusiera Fernando estaría recordándola como ella había hecho con él cada día. Tiempo en el que se sentía culpable de no poder dar a Roberto todo el amor que éste se merecía. Amor que ya no le pertenecía y culpa que era tan solo suya. Sentados en el living esperaban. Roberto había llegado temprano. Era una ocasión importante. Iban a conocer al novio de Silvia. Esta no demoró mucho en llegar. Con la misma e impetuosa alegría de los últimos días abrió la puerta y, casi sin detenerse, desde la misma puerta grito: “Mamá, papá, les presento a Fernando”. Para Roberto fue una sorpresa. Esperaba a un joven de la edad de su hija. El novio la doblaba en años pero, como había asegurado aquella, se querían y la edad no importaba. Mabel sintió que su cuerpo se convertía en una sustancia gelatinosa. El vestido de las ocasiones especiales parecía tomar vida propia y la trama de la tela se incrustaba en su piel. Fernando, parado en medio de la habitación la miraba tratando de comprender. Frente a ella no había más que un hombre horrorizado. Un hombre que después de años de soledad y de dolor tratando de olvidarla se había vuelto a enamorar. Un hombre que cuando ya creía que su corazón estaba muerto para aquella sensación de cariño tan especial se había cruzado con una muchachita que le había hecho recordar a la mujer retenida en sus sueños. Alguien muy parecido a aquella Mabel que un día eligió el deber y se fue deslizándose como agua, entre sus manos impotentes para retenerla. Un hombre que temblando acababa de descubrir que su Silvia era la Silvia de su Mabel. Una Mabel que al día siguiente no preguntó que había sucedido, a la hija que dejaba ver su tristeza. Sabía que olvidaría. Era joven y volvería a querer. Y ella seguiría guardando su secreto, aquel secreto de tantos años. Una ilusión que comenzaba a languidecer, envuelta en un vestido francés que había, ahora sí, guardado definitivamente en el baúl de lo viejo.
 Como inocente controversia, en imposible aleación amor y amar se separan apenas unir los vocablos. Lejana confulgencia donde duermen los recuerdos; silencioso, oculto cantil, eclipse de conjeturas escondidas tras cautelosa sentencia. Los sueños son arrebatos en la incertidumbre profana que desnuda las ideas y deja, de tanto amor sin saber amar, a los amantes.
Graciela Vera
Ilustración 'Lovers', pintura de Slawec Gruca
 por Graciela Vera No me di cuenta que me iba quitando lo que más quería hasta que fue demasiado tarde para recuperarlo. No actuó como un ladrón porque no podía robar lo que era también suyo. Incrédula de mí que no advertí su vileza! Tan sutil fue su accionar que pasó desapercibido para los demás. Que ingenuidad! Por qué nefasta inexperiencia le cedí el terreno? No estuvo satisfecho con su parte y fue apropiándose de la mía. Y yo se lo permití. Tonta de mí! Retrocediendo, desistiendo, abandonando posiciones. No me di cuenta que al replegarme para evitar la confrontación el se apoderaba de todo. Lástima, necesidad, logró que lo vieran como víctima absoluta de las circunstancias. Enajenación, capricho, me hizo ver como verdugo sin sentimientos. Libreto grotesco que escribió una mente maléfica y que yo interpreté en el desarticulado escenario de la vida, sin voluntad para intentar detener la obra. Cediendo, recluyéndome, dejando que me robara lo que más quería: el cariño de mis hijos.
 por Graciela Vera Cuando despertó aquella mañana hizo un balance de su vida. Una vida en la que formó un hogar... trajo hijos al mundo... lloró a quién fue la compañera de los buenos y los malos momentos...; fue entonces que lo pensó detenidamente y decidió que no permitiría que aquel intruso se apoderara de todo lo que le pertenecía. No lo había invitado... había llegado sin previo aviso y se había instalado “como para quedarse”, pero el no estaba dispuesto a soportarlo. Se levantó temprano, se duchó y bajó a tomar el desayuno. Cereales con leche. Desde que había comenzado a sentir que la vejez le acechaba se había empecinado en desayunar cereales. Quizás haya tenido que ver con esta, si se quiere manía, la publicidad que por la televisión promocionaba las bondades de este tipo de alimentos, recomendados especialmente para adolescentes y ancianos. El no entraba en el primer grupo pero tampoco se sentía parte del segundo, era, y lo decía a quién quisiera oírlo, tan solo una persona saludable desayunando alimentos saludables. Por un momento había olvidado al intruso. Pensó que había quedado en la planta superior cuando había bajado pero no era así. La conciencia de su presencia le hizo hacer una mueca de disgusto. Su hija, solícita le preguntó si le sucedía algo. -Nada, sólo que quisiera que no estuviera acá.- respondió deseando que se diera por enterado de su desprecio y se marchara. Sabía que no iba a ser tan fácil... ni siquiera iba a ser medianamente fácil, el intruso no estaba dispuesto a abandonar su territorio. Su presencia se estaba convirtiendo en una obsesión. Había llegado a tratar de no dormirse por temor a que el siguiera invadiendo lo que no le pertenecía. Los demás trataban de hacerle ver que no les molestaba su presencia. Actuaban como si todo fuera como antes, como si aquel no estuviera allí.... pero lo estaba. Al principio le había parecido increíble el desparpajo de quién se pudiera instalar en un sitio sin ser invitado. Quizás, si hubiera estado más avispado, pero cuando se dio cuenta ya era imposible desalojarlo... no importaba... estaba seguro que a la larga sería él quién vencería... siempre que el intruso le diera el tiempo suficiente para derrotarlo, pero de algo estaba seguro... no le concedería el gusto de que lo viera suplicar... el se ocuparía de expulsarlo de su casa y si no se iba.... si no se iba sería él quien tuviera que deja todo... pero no, no podía abandonar cuando aún había tanto por hacer..., sería el otro quién debería irse. Terminó de desayunar, se puso un abrigo y salió... tomó un taxi y dio la dirección del hospital. -¿sabe?- dijo al chofer, -esta es mi quinta sesión de quimioterapia... me han advertido que se me caerá el cabello pero yo estoy seguro que cuando el intruso se vaya lo recuperaré... llegamos, déjeme aquí, en la esquina, ... no vaya a verme algún conocido y piense quién sabe que cosa porque voy a donde atienden a la gente que tiene cáncer; ... yo, ¿sabe usted?, yo solo tengo una pelea con alguien que no debería estar acá”. Ilustración: 'Sombra del Reportero' fotografía de A. López Morris  por Graciela Vera Sintió los besos de él sobre sus pechos. Las manos siguiendo el contorno de su vientre. Cerró los ojos al escuchar que su respiración se hacía más agitada, temió el momento en que su cuerpo presionara para penetrar en el suyo.
Quiso escapar del lecho pero no tuvo fuerzas. ¿Escapar...? Hasta ese momento no se le había ocurrido la idea... la hizo girar despacio en su mente... escapar... es...ca...par; la idea le hizo olvidar lo otro y sonrió. No sentía ya la boca que apretaba la suya ni las piernas presionando sobre sus muslos, sólo aquella loca idea retumbando en su cabeza....¡¡¡ es...ca...par...!!! Ni siquiera recordaba como había comenzado todo. Alguien le había dicho que allí podía ganar mucho dinero y ella estaba cansada de la miseria. Había crecido en un rancho de barro al lado de la casa grande. Su padre era un peón de la estancia, un peón como tantos otros al que, en atención a los años de servicio le habían dado la oportunidad de llevar a su familia a vivir en el lugar. Un beneficio que les había proporcionado a los patrones un harén de sirvientas a muy bajo costo. Primero su madre, luego sus hermanas mayores y después ella misma. A los siete años ya hacía pequeñas tareas para la señora. Su madre le había puesto Elizabeth porque le gustaba el nombre de la menor de las hijas de su patrona. Quizás fue este hecho el que la impulsó a aquella rebeldía. Compararse con la otra Elizabeth, comparar lo que una poseía y de lo que la otra carecía. Después vinieron las insinuaciones de parte de los hombres de la casa. Tenía catorce años la primera vez. Fue el segundo de los hijos del patrón. Ella estaba planchando cuando el entró y sin siquiera hablarle la tomó de un brazo y la arrojó sobre la alfombra. Cuando el comenzó a levantar su falda no intentó impedirlo. Tampoco lloró. Solo recordó las barrigas abultadas de sus hermanas y la cantidad de críos sin padres que corrían por el rancho. Destino de sirvienta, pensó. No ocurrió nada como tampoco sucedería nada cuando fueron los otros muchachos de la casa los que la poseyeron. Elizabeth llegó a creer que era estéril. Miró a sus hermanas con sus hijos bastardos prendidos de sus polleras y decidió que a ella no le sucedería lo mismo, por eso cuando tuvo unos pesos ahorrados fue al pueblo y compró las pastillas. Un día decidió que no tenía nada que hacer en aquel lugar. Guardó sus pocas pertenencias en un bolso colorado con el cierre roto. Dos faldas, otras tantas blusas, un vestido a cuadros gastados de tanto lavado y un par de mudas de ropa interior. Llevaba puestos los únicos zapatos que tenía porque las alpargatas había decidido que no le servirían donde pensaba ir. La Zoila, la hija del capataz le había dicho que en aquel lugar del pueblo se ganaba dinero por hacer lo mismo que sus patrones le exigían que hiciera gratis. La “madama” la recibió bien. Le dieron una pieza en el fondo del burdel y en pocos días trabajaba como cualquiera de las otras chicas. La plata no le sobraba como había pensado que sucedería porque el alquiler de la pieza le consumía la mayor parte de lo que ganaba, pero ahora podía darse algunos lujos que antes ni había soñado. Comprar medias de nailon, lencería de seda... ¿para qué si ninguno de los tipos que iban allí lo hacían para admirar sus deshabillés?. Con el tiempo el horizonte que se había fijado se fue expandiendo. Volvió a guardar sus pertenencias pero esta vez en dos valijas de cuero marrón.
Llovía cuando el ómnibus la dejó en la terminal de Tres Cruces. Se dirigió a la pensión que le había recomendado la Juana. Los tres días siguientes los pasó recorriendo la ciudad. Se sentía otra, sin deseos de retornar a la vida anterior pero... la plata se estaba acabando y la dueña del cuarto, --si ese nombre cabía al sucucho de tres por cuatro donde se amontonaban una serie de muebles destartalados, una cama con una pata sustituida por dos bloques, un ropero al que faltaba una puerta, una mesa que en sus mejores tiempos había pertenecido a algún bar de mala muerte y dos sillas, una con tres patas--, cobraba día a día y por adelantado. Se rió para sus adentros cuando recordó lo del baño. Aún en el burdel había disfrutado del tiempo suficiente para ducharse y arreglarse por las mañanas, pero allí... A los cinco minutos de estar adentro comenzaban los golpes destemplados en la puerta y si no se apuraba las palabrotas... un baño para veintidós personas... El primer día había creído posible tomar una ducha decente por la mañana... El mecánico de la pieza nueve se había levantado de mal talante porque alguno de sus cuatro hijos no lo había dejado dormir con su llanto. Ella tampoco había dormido muy bien porque lo que pasaba, se decía o se hacía en una habitación parecía retumbar en todas las otras. Pensó que no era buena cosa ocupar el baño a la hora en que los otros inquilinos se levantaban para salir a trabajar, pero como todos trabajaban a distinta hora, al cabo de algunos días había decidido que la hora del baño sería cuando todos durmieran, claro que no tuvo en cuenta los ruidos extraños de las cañerías de la vieja casona, ruidos que durante el día pasaban desapercibidos pero que en el silencio nocturno se sobredimensionaban. Su primer trabajo en Montevideo no fue difícil. El auto paró a su lado, ella dio un precio, se dirigieron a un albergue transitorio y... después vino lo difícil. Nadie le había dicho que iba a necesitar un chulo que defendiera sus intereses. ¿O ella debía defender los intereses de algún chulo?. No importaba mucho como era la cosa. Lo cierto es que tuvo su chulo, al que dejaba las tres cuartas partes de sus ganancias, y en la mayor parte de las ocasiones, la totalidad. La policía la levantó varias veces y debió pasar noches enteras entre milicos. Algunas veces hasta debía hacerlo con alguno, pero lo que le dolía era que resultaba como en la estancia, porque se lo exigían, de gratis nomás y, cuando llegaba a la pensión no tenía ni un mango encima y entonces tenía que salir a yirar de día también. Con los años su situación económica fue mejorando. Conoció a algunas chicas que trabajaban como damas de compañía para ejecutivos extranjeros que visitaban el país. Siempre le había gustado leer por lo que hacerlo para cultivarse y ponerse a tono con este nuevo trabajo no le resultó pesado. Buenas ganancias. Un apartamento propio, un pequeño coche y su propia sirvienta. La muchacha de barrio que llegaba todos los días a limpiar, lavar y.... traerle recuerdos de una peoncita de campo que un día había podido volar porque había tenido la precaución de cuidarse de no quedar preñada. El último cliente se había ido. Cuando cerró la puerta nuevamente quedó sola, quizás más sola de lo que siempre había estado. Guardó el dinero religiosamente cobrado en el momento de pactar el trabajo. Elizabeth se miró al espejo. ¿Cuántos años le devolvió éste?. A los cuarenta y cinco no tenía que preocuparse por lo económico. Sabía que podía comer y beber lo que quisiera sin tener que contar los pesos para ver si llegaba a un pan con mortadela y una cebadura de mate. Había aprendido la diferencia entre el champagne importado y el nacional, comía caviar y champignones como si hubiera sido destetada con tales delicatées. Se había preocupado por aprender a maquillarse y a vestirse con elegancia, a parecer una señora de sociedad, conversaba con fluidez e incluso estudió idiomas. Pero en realidad todo aquello era una hermosa envoltura para lo que se esperaba de ella: un trabajo eficaz en la cama. Volvió a mirar la imagen reflejada en el espejo. Algunas arrugas que los cosméticos no podían disimular... Un rictus amargo curvo su boca... recordó la cara siempre cansada de su madre... su vientre siempre agrandado por los hijos por nacer... su figura que parecía encogerse con cada nieto sin padre.... recordó aquella lágrima mal disimulada cuando ella, con el bolso sin cierre en la mano había subido al camión que la dejó en el pueblo. No había intentado detenerla. Quizás había buscado algún argumento para hacerlo sin encontrarlo... Un dolor intenso oprimió el pecho de Elizabeth... ¿porqué pensaba en su madre en aquel momento?, en muchos años no lo había hecho y nunca había vuelto al rancho. No lloró cuando supo de su muerte. Tampoco entonces regresó, ¿para qué?, tal vez ahora estaría descansando... nunca supo si ella también había pagado el precio de ser la sirvienta de la casa... tal vez... en una ocasión se preguntó porqué el cabello de algunos de sus hermanos tenía el color claro del de los hijos del patrón.... Se recostó en el sofá y sacudió la cabeza para ahuyentar aquellos pensamientos... Su madre hacía muchos años que había dejado este mundo de penas, con sus dolores y sus secretos... ¿porqué la recordaba en aquel momento?... apretó más la mano sobre su pecho... el dolor persistía... pensó en como sería la vejez.... los cincuenta, los sesenta... estaba sola, completamente sola envuelta en una vida que ella misma había elegido... ¿la había elegido ella o se la había impuesto el destino?... ¿qué habría pasado si aquella peoncita no hubiera pensado en cuidarse para no quedar embarazada?....... hijos.... ahora no le parecían una carga tan grande como entonces... le hubiera gustado tener un hijo, alguien que le dijera que no estaba sola.... incluso en su actual independencia había comenzado a envidiar a las putas que tenían un chulo que las protegía.... Quiso levantarse para volver a interrogar la imagen del espejo y no pudo hacerlo. Sintió un cosquilleo en el brazo... algo en su mente le alertaba que debía tomar el teléfono y discar pidiendo ayuda.... un número y los paramédicos estarían allí en pocos minutos... el sudor frío comenzó a invadirle la frente.... “Llama Elizabeth... llama ahora...”, intuía lo que le estaba ocurriendo... estiró el brazo hacia el teléfono y marcó... sentía el pulso cada vez más débil... en pocos minutos alguien acudiría en su ayuda.... ¿en su ayuda?..., colgó el tubo sin responder a la voz que le preguntaba por su dirección..., la ayuda que durante años había aguardado estaba en camino; llegaba silenciosa, agazapada en aquel malestar intenso... la ayuda llegaba después de toda una vida de dolor... un escape que por primera vez en muchos años le permitió sonreír sin esfuerzo... sintió los párpados pesados... sólo lamentó los hijos que no había querido que nacieran....  El Plata atrapa el rito diario y el sol, naranja de lujuria se sumerge en el horizonte, explosionando en fuegos. No hay tierras, no existe el hombre, solo Dios y mis ojos en asombro de colores, silenciosa cuna del ceibal. El río como mar cambia, el cielo se hace ocre, surcan sus aguas reflejos de plata, volcán inexistente que regurgita sueños troncando nubes por algas de sangre. Las dunas mueren entre brumas, oriente tiende un manto oscuro que se desgrana en resplandores cuando la noche besa occidente y una estrella nace del mismo río. Graciela Vera
Bosquejos en azul marengo, galiléica visión apenas esbozada por la débil luz de los cirios. Se confunden los sentidos en cataclísmico surgir de pasiones y temores. Idónea plétora de amores, en eterno, perfecto movimiento. Esfera cristalina, emergiendo, rotando, buscando un recóndito lugar en la palidez de la Vía Láctea. Imágenes estéticas, líneas que se alargan, se extienden y se diluyen, perdidas en la inmutable oscuridad del cielo nocturno, asomadas como racimos de caricias, escapando, siempre escapando, de los rastros de un eterno Big Bang. Graciela Vera
 Como un caballo desbocado cruza la vida campos de nadas, aferrándose a jirones de algo que atenazan dolores de muchos. Jinetes inexperimentes sacudidos al vaivén de constricciones, por penitencia: vivir.
Alegre tálamo nupcial, a horcajadas del dolor dichosa llega la doncella; consumación imperfecta, la posee quien sueña otros rostros continuando la bochornosa cabalgata. Embustes que no son sino verdades a medias, realidades que no importan en el carrusel de la vida, jinetes sin cabezas, que no piensan, no ven, no dicen, jinetes con cuerpos marchitos, que sienten, sufren, gimen en el silencio lúgubre, que ahoga la ilusión de encontrar algún día vida, sin que resulte otro chasco, la vida. Graciela Vera
 Son nubes deshilachadas gorgoteando en parco chubasco que no alcanza a fundirse en los siete colores del arco iris. Formaremos cordón umbilical que unifique estrofas sin chance de engaños. Momentos deshilvanados que alcanzan, para confundir otros que no llegan a fenecer por miedo a dejarnos sin quimeras. Retozaremos en el lodo cayendo una y otra vez como beodos intérpretes. Lluvia de primavera, cual llanto, fría tibieza, doncella descalza, fraudulenta visión de la vastedad. Cantaremos loas eternas levantando copas de mirra en imprevisto holocausto. Estadíos calmos envuelven el tormentoso letargo, ofrenda transitoria en aras de un todo. Verteremos lágrimas, hoy es momento, confusa, la burla es real. Graciela Vera
Ilustración: foto 'Lluvia sobre cristal' publicado por concursos de ojodigital.net
 Es irreverente, tal vez sea una incrédula, aunque parezca incitadora de la imaginación. Tan ilustre con su sombrero como inexistente, al diluirse apenas esbozada: imantada raya con idea de vocal. La vida está incompleta, si un inepto se olvida que no es inmoral hablar de la eternidad, resulta inestable, y casi perdida. Con su idealizada figura juncal y su innato donaire nos acostumbró a su incitante imagen de nimiedad. indócil, se niega a cruzarse entre idilio y ensueño e indiscreta paga tributo cuando resulta inconstante el amor. Graciela Vera
 I
Las manos son ritmo, sangre y vida de razas, latidos de corazones transformados en palomas. II Repique de tambores, rojas las lonjas, la carne llora y el cuerpo tiembla. III Palmoteo que se eleva transformado en bulerías, las manos arrancan un lamento acariciando el cante jondo. IV Las manos tienen colores, son blancas. son morenas. tienen movimiento propio, piensan por sí mismas. V Escudriñan el alma hurgando en los sueños. Las manos de allá, las manos de aquí, VI cadencias inmolándose al amor, las manos de mi tierra, las manos de tu mundo, las manos de los dos. Graciela Vera Ilustración: 'manos' pintura de Alicia de Miguel
No me dejes nunca, no es ruego ni promesa arrebatada en aras del cariño. No me dejes nunca. .............................. Cuando la noche se haga luz, cuando de las sombras surja en mil colores la eternidad, más juntos que nunca, tomados de la mano emergeremos a la vida. No me dejes nunca, yo te prometo que si primero me alejara, no resignaré el quererte. No me dejes nunca. .............................. Cuando solo uno esté, desde el cosmos infinito, formará con el otro cortejo nupcial que velará las noches en que en célicos brazos arrulle la cabeza que reposa serena. No me dejes nunca, amor, yo te prometo ante el Señor de la perpetuidad, que no te dejaré nunca. Graciela
No me dejes nunca, amor, yo te juro ante la grandeza del Dios de lo eterno, que no te dejaré nunca jamás.
Enrique Agosto 2001
 La sinfonía llora; el acetato estalla arrastrando quimeras; la música se escribe en un criptograma de sangre, entre mariposas azules prisioneras de una escala. Se torna cromática la melodía. Doncellas, matronas y mujerzuelas sin castidad en la postrimería de la jornada entronizan la virginidad salmodiando monótonas arias. ¿Dónde va la música cuando las notas mueren? Las respuestas se esconden, jacarandinas en ridícula canonización entre florilegios cuasi olvidados. La batuta cae de la mano, disonancia que no pide indulto; indómita cabalga la amazona, Pegaso abre sus alas y la noche deglute pentagramas en un festín de aberraciones. ¿Dónde va la música cuando las notas mueren? Graciela Vera
Ilustrado con 'Sinfonía' foto de Raúl Villalba
 Morena, cara redonda, cuerpo de trapo, brazos y piernas informes, tan diferente en aquel mundo de princesas de pelo rubio y mejillas rosadas, con su cabeza pequeña del color del azabache Cuántos sueños de cenicientas y hadas madrinas compartí con ella, mi muñeca negra. Graciela Vera
 Asomas a la noche vestida de esmeralda y rubíes mientras cien vírgenes, entre tarantos y chirimías, bordan tu traje nupcial. El Mare Nostrum desfallece a tus pies prometiéndote el cielo en su inmensidad azul. Platino y oro que deslumbra los ojos, ¡ay!!! quién te pudiera esconder en cofre de marfil, para guardar tu belleza por siempre reflejada en el destello de mil turquesas, susurros de aguas cantarinas. Eres hermosa entre las hermosas, graciosa novia del Mediterráneo, hay filamentos de luces enmarcando las sombras, cuál si jugaran a las escondidas entre cien palmeras. Almería yo te canto porque te amo. déjame quererte así, salerosa y guapa. Graciela Vera
 El tiempo se desmorona, horas inertes, muertas en minutos, desechas en décadas, reloj insensible marcando esperas, agotando días, entre noches sin tiempo. Por ventura existen los relojes de sol. Ellos saben como detener el tiempo en un ocaso. Graciela Vera
 Ocho lunas llenas te han visto, los ojos cual estrellas mañaneras soñando con el hijo que vendrá, ocho lunas llenas han acunado en tu pecho un ángel de amor que espera la novena para ser. Ocho lunas llenas has vivido siguiendo caminos de esperanza, sabes que tu cuerpo se abrirá, tu sabia se derramará, cuando nueve hayan pasado, desgarrando, arrancando al dolor la sonrisa más tierna. Ocho lunas llenas colmaron de néctar tus pechos, calostro que se transforma, dulce, delicado fluido de vida que a la novena amamantará de tu vida nueva vida. Ocho lunas llenas se perdieron, únicas en el calendario de tu existencia, repetidas mil veces en mil sitios, nunca igualadas, siempre iguales, a la novena te sabrás madre, como nunca mujer.
Graciela Vera
 Dices que eres poeta, ¿cómo puedes considerarte tal cuando la vida es toda ella, por sí sola inmensa poesía? ¿Te dices poeta porque elevas cantos transformándolos en casi inexistente partícula del todo? No te llames poeta, cuando no tienes en tus ojos reflejada la inocencia de un niño. No te llames poeta, si de tus ojos las lágrimas no afloran ante una flor que muere. No te llames poeta, si nunca sonreíste enamorando a la tristeza. Tú no eres el poeta, quizás tan solo seas quién vive en el poema. Graciela Vera Ilustración: 'Poesía de su beso' pintura propiedad de Galería Dante
 No quiero cantarle al dolor ni moldear el granito en palabras que ensalcen la enajenación. Asesinos nocturnos que no ven, el hombre que destruye es el niño que llora. Quiero creer en la vida, buscar la esperanza escondida en los ojos somnolientos. afirmo que aún es posible rescatar sonrisas e ilusiones donde solo hay temerosa mueca. Quiero ver, sin ver sombras, dejar atrás el desaliento, creer que el niño que destruye no será mañana el hombre que llore, que la mujer volverá a parir y los monstruos dejarán de engendrar. Quiero correr tras quimeras de días de paz, alcanzar noches donde el mañana exista, inclinarme ante el Dios de todos los hombres sin las lágrimas de una corona de espinas, y ante el horror de la muerte genocida quiero volver a creer en la vida. Graciela Vera
 El cielo y la tierra, eternos amantes, se enamoran de colores y olores y se hablan en susurros de vientos. Se rozan apenas, temerosos de iras..., copulan en silencio en noches de luna y llora la lluvia el espacio que los separa. Hay ardor en el abrazo de la derrubia, --tierra y agua en salvaje eyaculación— lujurioso estalla el firmamento; se besan en sublime encantamiento, auroras boreales que no aguardan, revientan en el placer, lejos del fuego. Los amantes oyen la eterna canción, sacerdotisas, astronautas y dioses, lo sagrado y lo profano en obscena coyunda. Les espían, adivinan sus suspiros, --eructos de fuego desde excitados cráteres— y huyen incólumes, impolutos, a horcajadas de centauros y oriones. Graciela Vera Ilustración: pintura 'El cielo y la tierra' de Jorge Omar Galdeano
 Perdóname por las flores silvestres que mis ojos no se detuvieron a mirar; por los arroyuelos que se escurren entre pedruscos sin que mis pies sintieran el frescor del agua cantarina. Perdóname por las noches estrelladas que se fueron sin que mi rostro se alzara para rendir tributo a la inmensa elocuencia del cosmo; por las playas vestidas de oro, por la blancura de la nieve, y el verde de las hojas que por cotidianos mezclo sin atención en mi paleta de mal pintor. Perdóname por la pulpa jugosa del fruto apenas saboreado, por los trinos que no me detuve a escuchar, por la niña que dejé de ser. Perdóname, vida. Graciela Vera
 Sigo caminos borrados en el tiempo, traigo en mi canto flores de ceibos que voy repartiendo a los vientos en susurrantes bocas de carmín. Acechando en las riberas de los ríos cae en gracioso picado el Martín Pescador. Mi cuna la meció el Uruguay, silbando melodías la furia de sus crecidas; los Andes, nido del cóndor, capturaron mi asombro. Centinela majestuoso de mi América con el Aconcagua compartí el viento. Bebí del sabor salobre del Atlántico, en la pampa saturé mis sentidos con el empalagoso deleite regalo tempranero de la lechiguana. Sentí el frío del Pacífico, corrí por bosques y desiertos. No me preguntes de donde vengo, solo recrea mis noches de vidalas y pericones, colócame la vincha con que indómito, el charrúa se transformó en ombú. Déjame extender mis manos, invitándolos con un mate amargo, hacia los hermanos de mi patria, argentinos, paraguayos, chilenos y brasileros. Ellos conocen de mi paisito historias que son comunes, saben de sus tesoros, y brindan con caña y butiá, por el sol de mi Uruguay. Graciela Vera
 Para ti, hombre que me hizo sentir mujer; esposo que me hizo amante. En el Hospital Torrecárdenas, a 1º de mayo del 2003 recordando otras vivencias en un mes de julio del 2001. Aquel mes de julio de extrañas estrellas, con tu mano siempre presta a la caricia tan deseada; de los ojos apretados dejando escapar, en un rosario de sueños la trémula promesa, quiero arrancarlo del pasado, y en este presente, revivir la ilusión de un mayo de malvones rojos, de vientos del poniente y de recuerdos que alertan al hoy. Hagamos nuestra la vida ¡amor!... ¿recuerdas?... Aguardando el alba las palabras confesaron ilusiones; resplandor de amaneceres dejaron atrás aquellas noches amigas de nuestras confidencias. Ahuyentemos la permisividad que adormece los sentimientos. Escucha amor mi deseo, añoro ¡bendito anhelo! oír tu voz llamándome con ansias, regalo de tu querer, haciendo silencios a la bronca y broncas a los infortunios, uniéndonos en la semioscuridad que hace cómplice los pasillos e íntimos los momentos en compañía. Aquel mes de julio que reclama hoy su presencia quiero inmolar soles y rescatar primaveras. tuya, Graciela Graciela Vera
 (Cumbre de Azores 16 / 03 / 2003) Alguien disparó la flecha, se acabó el tiempo, la paloma plegó sus alas, escondió la cabeza y un pétalo rojo se prendió a su pecho. Alguien cerró el libro, se acabó el tiempo, de las manos del poeta cayó el lápiz, ya no quedan grafitos y las palabras se visten de luto. Nadie miró al niño, se acabó el tiempo y murió la esperanza, lloró una sonrisa, en sus ojos está Dios y a Dios lo condenó el hombre. Graciela Vera
 Cruzaste fronteras pisoteando recuerdos ¿dónde está tu hogar si ya no tienes casa?. Este cielo no es tuyo, ni las estrellas que te cubren pertenecen a tus sueños. Por no mirar atrás corriste un pesado cerrojo, es de otros el mundo que resiste tu paso. ¿Dónde está tu hogar si ya no tienes casa? Apenas si llevas a cuestas una mochila sin pasado, otro color en la piel diferente tu hablar, y en la mirada la súplica silenciosa de quién dejó su hogar y ya no sabe, donde está su casa Graciela Vera
 Disquisiciones sobre un cuadro de mi ‘marío’ Porque tu sueño de hombre, sea mi sueño de amante. Las cuevas ascienden por la ladera, Vista Bella se empapa de pinceladas y en la luz de una mañana sin recuerdos el lienzo guarda mil recuerdos sin mañanas. Hogares escavados en el cerro, a la cala arriba en olas un tesoro de sal y yodo mediterráneo, mientras Terreros se despereza envuelta en brisas y en algas. Busco tu sombra, caminando el alba, niego amores que no me pertenecen y creo pasados, solo para nosotros. ¿Seremos acaso esas dos rocas que junto al mar desafían la tempestad? ¿Qué lugar me destinó el pincel que tu mano guió? tus sueños de veranos se enraizaron en mis inviernos; no lo sabíamos pero un día mañana… quizás ayer… en Terreros besaré tus labios. Graciela Vera

Sueño de ayer, de la Albaharí mora, cuando Adberramán buscara su favorita en escondidos harenes. Hermosas esclavas suplican por su amor, de eternas noches a días de hoy presentes. La Alcazaba resplandece envuelta en pasados oropeles, mientras la luna de febrero cobija cien odaliscas, danzando por placer sobre las Murallas del reino de Hairan. El ojo avizor descubre frágiles huellas que dejan los desnudos pies, temblorosos en su paso etéreo. Ante resplandores de auroras, callan las chirimías, clama el almuédano, escapan los cuerpos envueltos en liviandad de tules, seres que en supremo esfuerzo huyen hacia el destino del conquistador expulsado. Llora la fortaleza vacía, se difuminan los gruesos tapices, sobre los muros desnudos se desgranan preciosas joyas y los amores se esconden del sol escapando hacia pasados bayyanies. Alma de la España morisca, de Isabel y Fernando el Pendón, Almería reclama para si, orgulloso presente cristiano. Graciela Vera
 A horcajadas de Luzbel, la noche cabalga desatinos ofuscando la razón, último desacoplamiento, la realidad se burla y en harapos escapamos de la risa, salpicados de absurdos resabios. Los desafíos cobran prebendas, postergan sueños por recelos; los duendes acaparan los miedos y un rechino amedrenta las ilusiones. La tempestad ruge, imponente el trueno se abre en dantesca flecha y en un ilegítimo epígrafe las letras dejan de pertenecernos. El aplauso es vano oropel y el perjurio aplasta la cruz, las palabras repiten historias que quisieron ser diferentes y la vida, implacable maga, ríe con boca desdentada. La lluvia anega cosechas, esteriliza bonanzas y arrastra un torrente de promesas, ofrenda al mejor postor. Las nubes, oscuras cual Belcebú aplastan las ciudades, la gente grita, corre y huye, tintinean las luces, ya nadie pide confesión, los sacramentos se aparcan y las iglesias cierran sus puertas. La riada llega demasiado pronto, adormece los sentimientos, libera a los amantes de momentos de irracionalidad. Redhiben los sagrados votos, la fidelidad se inmola en el altar de una misa negra; quiebra el viento los cristales, aúlla el endiablado siroco los hogares se vuelven sacrílegos, volteando a su paso almas ateridas. La cosmografía huye de los estereotipos, los astros se alejan y el ecuador se desliza. La lluvia cae implacable, las gotas traspasan paredes, hieren mortalmente las caricias, se deshacen en polvo los libros arrastrando consonantes, vocales y pétalos olvidados, que engulle la humillación disfrazada de pervertido remolino. Graciela Vera
 Las zapatillas de baile trazan los pasos de una coreografía de incierto final. Traje de luces, capote y montera, se viste el alma de magia y el cuerpo de arco iris. Anagrama de fiesta brava, cuando el bruto embiste los pitones se enamoran de la muerte. El desplante arranca la ovación, en las gradas vuelan mil palomas y en el ruedo la vida deja de tener dueño. Mantillas y peinetas, rojos, al pelo los claveles, en la arena el ocre, color de la sangre. El aplauso se hace pasodoble y el brindis entrega. Torero, estás solo con tu destino. Graciela Vera
 Vengo de mundos de cielos y ríos, arropada en la dádiva de la lluvia, azotados mis cabellos por el pampero en mil días soñando con tu tierra. Arrastro el corazón de mi América, que el Paraná y el Uruguay vertieron a mis pies en colores y exhuberancia, lamento de la selva misionera. Te entrego El Plata, que majestuoso en su estuario tomara el color de las riberas de mil islas para, mezclándolo con el púrpura del Bermejo, llorar sangre en sus blancas arenas. Surjo del río como mar, el mismo que guarda tesoros sin par, galeones de la España inmortal, extraña ofrenda de tu mundo. Traigo los ojos repletos de oros para confundirlos en los ocres y azules de la patria que me ofrendas tan lejos de aquella, allende mares. Vengo envuelta en retazos de cielo y nubes que entrego en abrazo fraternal recuerdo de los verdes de mis colinas envueltas en las blancas nubes de tu Andalucía. Graciela Vera
 Momentos... sólo momentos, sombríos los unos, cual explosión de luz los otros, formando el lienzo sutil que pinta el artista ciego, brocha que recorre la superficie sin atinos ni atascos. Momentos... noches y días, minutos y siglos, incrustados en el polvo, siguiendo huellas que no son. Me guía lazarillo insensato por caminos que no fueron en busca de lo que será. Momentos... lágrimas y risas, despertares sin prisa en la rápida pesquisa del todo que compensa. Sueños de nada, que ya se olvidaron desgranando el avanzar, pantomima gigantesca: vida Graciela Vera
 Las lágrimas escapan de las manos, los ojos se llenan de caricias, mudas las palabras perduran en eterno destierro. Pido misericordia para el afecto, proscritos están los ateos del amor, ¡¡Sé magnánimo, oh Señor.!!! Fantoches indigentes cruzan las tinieblas, rezagada oscurece la luz cuando claudica la ternura. En ebúrneo cáliz la hermosa pitonisa ofrece hechizos ¡¡oh mortal!!! deleitando tus sentidos. Retrocede la reminiscencia, no existe la perfección. La homilía comienza en comunión de dos almas. Mendigos de mañanas entre pravos enfados de corazones dolientes, ¡¡Sé generoso, oh Señor.!!!
El desapego, la costumbre, dioses que tiritan columbrando otras congojas, excusa perfecta, la nada. No hay mas adversidad que la espera acerba, ni mayor reverencia que un mirar a tus pupilas. Graciela Vera Ilustración: fotografía 'Urbanista' de concursos de Ojodigital.net
 El sol calienta la sombra, incinera un aire que se hace espeso, entre la tierra y el follaje se elevan fantasmales espejismos; bailotean los demonios atrapando el aliento y son brasas encendidas las que aspiran los pulmones. El azul se torna plata, y el cielo lastima los ojos convertido en un inmenso sol. Huyen los vivos de la resolana, voces asonantes claman por la lluvia, y mientras la siesta se duerme en sí misma un zumbido empalagoso asciende en remolinos rotos, cuajada la marisma en el sopor del mediodía. Graciela Vera
 El amor no arrulla, poco sabe de historias, extorsiona almas reclamando el todo. No comparte recuerdos, fanfarrón iluso, aprisiona presentes, hebras de un sueño El amor no agradece, devora el tiempo en ansias locas, frenesí de placeres. Escupe horas de desapego bebiendo de su permanente lujuria, desgarra las entrañas exigiendo más y más. No reclama caricias, exige arrebatos, libinidosa victoria más allá de los sentidos. Esperanzas embroncadas, desaciertos y atinos, el milagro clamando por un nunca más. Graciela Vera
 Tengo ganas mi querido Ruperto, por escuchar tu palabra tan suave, tan dulce y tan buena como el jarabe que de la tos es remedio encubierto. Quisiera poder llamarte abuelito, y que presta, tu voz me respondiera, y que la fantasía a mi viniera, con esa urgencia que yo la necesito. Lástima no conocerte de herrero, más yo te disfruté con caña y anzuelo, en lejanas tardes nunca olvidadas. Tu nieta en tus hombros de gran guerrero paseas por las calles de Carmelo, ¡milagroso regalo de mis hadas! Graciela Vera
 Tengo prisas por aprender la rima con retórica, cadencia y medida, pues ávida mi mente no escatima mi empeño por lograr ser creativa. Si en sáfico, en adónico o en quebrado, su técnica más pura dominaré. Estudio métrica con desenfado y desde el Parnaso en que yo me situaré se harán fácil los endecasílabos, y aunque el verso libre no menoscabo de su belleza no he de depender. Los sueños son los hados noctívagos que nutren aquellas musas que yo alabo por el placer de verlos florecer Graciela Vera
 Por la calle del puerto tu pasabas mirando el mar con ojos de lagañas. Entre cajas y redes caminabas soñando, piratas y sus hazañas. Está Sandokan y el pata de palo, ese del parche negro sobre su ojo, el que pronto supimos, era el malo porque lo perseguía al pelirrojo. Hombre que revives sueños de niño cuando zarpas con rumbo a la aventura, no tienes ni segundo ni grumetes, ni importa si a bordo hay desaliño. Sin un sable y sin daga en la cintura tu alma nunca ha de saber de grilletes. Graciela Vera
 Dedicado a la maestría de Tomatito, que lleva en su guitarra la esencia de Almería
Los dedos arrancan gemidos, tímidos estertores, gritos roncos, caricias suaves que escapan impacientes desde las cuerdas de tu guitarra, llenando el espacio de duendes que elevan corcheas y semifusas, desde la Chanca a la Alcazaba, notas que tiemblan, sufren, viven, despeñándose hacia Pescadería, en un aluvión de cuevas y colores. Música escrita en un pentagrama de gredas petrificadas; el Mare Nostrum se hizo garza para brindar por tu sed de triunfos. Naciste con alondras en las manos, recibiste la bendición de las uvas morenas, que con su jugo tiñeron tu piel y despertaron a los vientos que desde el vientre te llamaron: ¡Gitano! Graciela Vera
 No hay aulas Para enseñar la lección. Fémur, tibia y peroné, no existe músculo entre los huesos y la piel. No es necesaria la disección, y en el gran anfiteatro cada articulación queda a la vista, desnuda y cruel, deformada de miserias enroscándose en sí misma. Nos apuntamos curiosos, oyentes desaprensivos, en la universidad de la muerte. Obituario inmoral convertido en parte diario. En el cráneo dos cuencos, no son ojos, son inmensos lagos de dolor donde no hay calor de sol. ¿Palos articulados o brazos sin formas ni fuerzas? no saben de acunar muñecas ni empujar hacia el cielo entre risas una cometa. ¿Cuántas costillas ondulan, mares de amargura, en ese pecho? Es privilegio del hambre contarlas. De tan frágiles son puro cristal ¡Pobre corazoncillo! cuánto dolor ha de sentir si en caja de vidrio se esfuerza por continuar sufriendo y en cada suspiro se le escapa la vida. Las vísceras ¿para que sirven? estómago vacío, pulmones sin fuerza, el vientre hinchado impide auscultar, se suspende la próxima lección y los alumnos, insensibles olvidaron los apuntes. Corren apresurados, mañana no habrá clase, aguarda el banquete de navidad y no soportaría tanta infamia.
Graciela Vera
 Paseo entre constelaciones y mitología Le pedí prestado un rayo de luz a Alkaid y desde la Osa Mayor, por él me deslicé para trenzar, de Berenice su cabellera, mientras de pie, Hércules le mira, prendado de su belleza. Tiembla en el cielo un aterido oráculo, es la etíope luz de Casiopea; vanidad compartida, le acompañan Caph y Schedar. Corre Perseo por su Andrómeda, Almak y Mirach le abren paso, ¿Dónde está su Pegaso? Demasiado lejos, su demora será eterna y mi canto no sabrá de amores. Busco la estrella Polar, quiero esconderme del Dragón y en la Osa Menor adormecerme, velado mi sueño por las Hespérides. Fulgurantes, Etamin y Rastaban adormecen a Ladón, las manzanas crecen en siete, y pícaro el Titán, por astuto satisfacen a Atlas. Renegando del oro, desde el trampolín de Caph me zambullo en el azul de Alpheraz. ¡Qué lejos queda el Boyero, del amor de Deneb. Graciela Vera
 Discordante chirumen, que sin exigir pleitesías, como un bellaco chuzón se apodera de mis apuntes. Troglodita procaz, envilecido en hiperbólicas contiendas, que emborronando las palabras, rebusca las sinonímias, arrasa el tecnicismo y en aras de la nesciencia, otorga diploma de cafre a un léxico, que de cutre se hace vezo.
Graciela Vera
 Irreverente con los sueños, perdido en la memoria de quienes nunca volvieron, esclavizas las ilusiones que un día amarraste al azar. Te haces laberinto para los apresurados orates, caminantes de la vida perdidos en zarandajas, y te prolongas impiamente, desbocado ante las ideas, confluyendo, obtuso e irreflexivo en la infinitud irreal, siempre más allá, después de la última curva. Graciela Vera
 Las olas acunaron tu sueño de horizontes y profundidades, reina andaluza de moreno rostro, Del Mar y desde el mar llegaste, inmigrante en tierra de emigrantes, Madre de Dios, desde la Alcazaba a las salinas del Cabo tus hijos elevan sus plegarias, tarantos y peteneras, lluvia de flores a tus pies, Virgen de espumas y corales acoge bajo tu manto a quienes vienen a tu Almería, tú que conoces de viajes, de arraigos y de esperanzas. Graciela Vera
 Tengo los ojos cansados de oír en el silencio de las imágenes, los gritos callados de los que ya no están. Tengo las manos doloridas de silenciar la voz que suplica clamando desde las entrañas. Hiel y sangre removidas, con asco, con impotencia, en orgásmico desamparo. Aberrantes las sílabas suman cadáveres, buitres, monstruos y presidentes invitados al banquete sacramental. Se celebra el malparido advenimiento, de otro cargamento de muerte. Cuerpos desgarrados se revuelven, sangre y excrementos adolecen de diferencias; tengo la lengua sucia de tanto ver el sonido de los que callan. Amarga la garganta se seca y los ojos lloran aguas purulentas. Desde debajo de su túnica las mujeres expulsan monstruos, proféticas aberraciones, ¡hecatombe! un siglo, mil años, la eternidad que muere; explosionan los soles y ríe el jefe entre estrellas y barras color sangre, chorrea plasma entre los lechos, corren los flujos entre los muertos. Ostracismo de verdades, la noticia rebota en titulares y la información se escurre por las cloacas expulsada en olorosa descarga. Bagdad se muere sin inocentes que lo lamenten, gimoteando se retuerce la humanidad y en el mundo, todos culpables. Graciela Vera
 Afrodita nos cobijó en sus brazos, en nubes de tul arropó nuestras ilusiones. Nos lleva al éxtasis, día a día, placer supremo. Nos arrullan Las Gracias, satisfechas, al elevarnos al culmen del deseo compartido. ¡Desdichado quién no conocerá jamás el arrebato desmedido!, muy atrás los temores, paroxismo de pasiones enhebrando quimeras, dejando en cada suspiro gorjeos de ruiseñores. Palabras siempre repetidas en quedo arrullo, en nuestro mundo solo estamos, tú y yo. Graciela Vera
Éstas son mis dos patrias, mis dos querencias, mi orgullo de ser emigrante e inmigrante, yo soy uruguaya y de ello estaré siempre orgullosa, yo soy española porque aquí tengo mi vida, un día nací en un país llamado Uruguay, otro día nací en un país llamado España, siempre nací en un planeta llamado Tierra..
Graciela Vera
 Estoy amarrada a tu cuerpo por los nudos recios de tus manos. Cedria que nos une piel contra piel apretando el abrazo en excelsa espera. Graciela Vera
Ilustración: 'sogas' de Susana Beibe

Eternos silencios de amores dormidos, deseos que aguardan la caricia tardía; Noches de espera, días de vela, cuando tu boca dice, lo que tus labios callan.
No me prives de néctares, regálame las mieles siempre aguardadas; insaciables los sentidos, se hacen solícitos al roce de tus manos, a la palabra suave, buscada, encontrada, regalada a oídos ansiosos. Esquiva mirada hacia otros destinos, ayeres que no callan, mañanas sin hoy. Rescatemos amor mío, momentos, solo minutos, volvamos a soñar para siempre de a dos. Graciela Vera
 por Graciela Vera Me llamaste y fui pero sentí el miedo aún antes de encontrarnos. Un miedo que no era mío. Un miedo que provenía de tus propios sentimientos. Que no tenía motivo porque nuestro acuerdo había sido claro desde el primer beso. ¿Te acuerdas? No quiero que ella se entere, dijiste entonces y yo consentí. Si lo nuestro podía significar que perdieras mujer e hijos yo aceptaba hacerme a un lado. Ambos estuvimos de acuerdo. No me importó entonces que el acuerdo que hacíamos doliera en lo más profundo. No me importaba ser: la otra, la que nunca podría dar la cara, si escondiendo este amor teníamos una oportunidad de dicha. Me importa, sí, tu miedo, porque produce un dolor mucho más intenso. ¿Cuándo comenzaste a tener miedo de nuestro amor?. Quizás cuando te saciaste de mis caricias. Trato de recordar el principio y te veo desafiando al mundo. Entonces no había temores; entonces me decías que me necesitabas. Entonces tus abrazos se confundían con las palabras y a mi no me importaba tener que ocultar al mundo que te quería porque me sabía deseada. Después.... cuando comenzó el miedo.... cuando los encuentros se fueron transformando en un placer de sexo atenazando los sentimientos...; después... cuando comenzaste a hacerme el amor sin que mediaran voces de cariño.... cuando el miedo comenzó a imponerse al deseo...., después....ahora...., ahora sí me duele tu miedo porque lo siento más fuerte que tu voluntad. Voy a dejarte para que ella no se entere. No lo dijiste tú pero lo dijo tu miedo. Quizás aún no lo sepas pero lo vas a hacer. Me vas a dejar por temor. Porque tu miedo te exige que me dejes. Es el mismo miedo que se interpone entre los dos cuando hacemos el amor silenciando en tus labios las palabras de cariño. Miedos que nos impiden mostrar los sentimientos... tu miedo, tan distinto y tan igual al miedo que siento yo de perderte si susurro a tu oído que te quiero... si te digo que no me importa ser la otra si estás a mi lado pero que no soporto ese amor indiferente con que pretendes engañar a tu miedo para que nos permita un encuentro más, porque en lo más profundo de tu miedo queda aún una luz del sentimiento que nos acercó. por Graciela Vera
El recuerdo de aquellos encuentros furtivos, de aquellos besos arrancados a la desesperación de no pertenecerse era lo que él se llevaba después de cada visita y lo que ella atesoraba para soportar los meses que pasaría sin verlo.
Te quiero, le había dicho la segunda vez que se vieron y ella se asustó porque supo que era verdad. Abrió su corazón para guardar la palabra e hizo nido el amor. Julio era viajante, recorría el país pasando tres o cuatro veces al año por cada localidad importante y una o dos por los pueblos más pequeños, como aquel, como el lugar en que ella vivía. Rita atendía el bar de su marido en la tarde. Después Justiano la suplantaba a la hora en que la clientela se hacía más pesada. Julio llegó una tarde de verano en que el calor era agobiante. Conversaron. Hablaron tanto de uno y de la otra que cuando llegó la hora de retirarse el le dijo: es como si te conociera de toda la vida. Y también para ella lo fue. Esa noche se sorprendió pensando en el hombre al que había descubierto incluso sus sueños más íntimos. El se fue, volvió varios meses después y fue cuando le dijo que la amaba pero que no podía ofrecerle nada. Tenía mujer, hijos, una posición que no estaba dispuesto a perder. ¿Quién nos dice a quién debemos querer y cuando? Preguntó aquella noche Rita entre los brazos fuertes, cariñosos de Julio. El no supo responder y selló los labios amados con besos. Besos con sabor a interrogantes.... .... Cuando yo venga... cuando tú tengas tiempo... mientras ambos soñemos...  por Graciela Vera
Llegó a la dirección que le habían dado y dudó antes de llamar. La Luciana le había dicho que allí ayudaban a las mujeres maltratadas. Ella misma había ido una vez cuando el José le había dado aquella paliza cuando la borrachera de fin de año, pero era distinto... la Luciana tenía las marcas de los golpes y patadas del bruto pero ella nunca había recibido ni un asomo de castigo físico por parte de su marido. Es más, este proclamaba a quién quisiera oírlo que él la adoraba..., que le daba todo para hacerla sentir feliz..., todo menos lo más importante, todo menos comprensión, menos compañerismo, menos apoyo. Ese apoyo que tantas veces necesitó cuando anduvo a los tropezones y que nunca tuvo. Eran muchos años de casada para tirar todo debajo de un manotón..., todos se lo decían... ¿quiénes eran todos?... Nadie podía comprender lo que estaba sintiendo... eran muchos años de sentirse sola,... de sentirse usada...., eran muchos años de llorar a escondidas y ahora, ahora que lloraba en público nadie parecía ver su dolor.... Los hijos se habían hecho hombres. Ya no necesitaban de su sacrificio para darles un hogar supuestamente normal. ¿qué es un hogar normal?. ¿qué es normal en una pareja?... Hablar... ¿de qué cuando no hay temas de interés común?.... Las palabras se habían ahogado en un mar de soledad... Se puede estar rodeada de personas y estar sola. Se puede tener sueños y verlos morir uno a uno porque no son comprendidos. Se puede ambicionar mucho para una, para los hijos, para la familia y terminar hocicando en la mediocridad de la costumbre. La soledad se había impregnado tanto en su piel que ya era imposible arrancarla. Habían momentos en que dolía más. Eran los que quedaban grabados en la memoria. Los que arrancaban lágrimas de impotencia... Los hijos... como dolía aún la soledad de casi veinte años atrás cuado nació el más pequeño. Los hijos se sueñan, o deberían soñarse entre dos. Estaba sola cuando nació. Sola con extraños. Sola con una partera y una enfermera que después del parto la dejaron sola. Claro que pudo disfrutar de la nena toda la noche en una comunión que no volvería a darse pero ella necesitaba decir “es nuestra” y solo podía decir “es mía”. Quizás esa fue la soledad que más dolió. Hubieron otras en las que el miedo se hizo más grande porque no había con quien compartirlo. Cáncer... ¡cuánta soledad mientras enfrentó sola la espera del diagnóstico!. Ni siquiera cuando todo salió bien hubo con quien compartir la alegría. La soledad también tiene un límite en la vida de todo ser humano y sabía que aún no llegaba a él. Había decidido que se iba de la casa. ¿y eso significaba la vida sin los hijos..., la vida sin los seres más queridos?... Más soledad...., Hay cosas que la sociedad aún no perdona y es que una esposa abandone su hogar sin motivos aparentes ¿sin motivos?... Hasta ahora no lo había notado pero tenía cicatrices como la Luciana. Más hondas, más dolorosas, infligidas sin descanso durante años pero eran tan suyas que no podía mostrarlas... estaban en su alma... eran heridas producidas por látigos que habían cincelado aquella caparazón en la que se había escondido durante toda una vida hasta que un día, no sabe como, porque no tuvo intención de dejar que sucediera, la caparazón se rompió y ya no pudo seguir fingiendo. Fue el día que todos creyeron que había perdido la razón... Siempre con sus locuras, decían unos. Debe ser un gualicho, opinaban otros. Ya se le va a pasar, son cosas de la edad.... S.O.S., un llamado de auxilio. S.O.S. un lugar de apoyo a la mujer... golpeó la puerta...no, aún no podía contar a extraños cuanto oprimía su soledad... quiso retroceder... ya no.... Si, me llamo María Luisa,... tengo tiempo libre y quisiera ayudar a mujeres que se sientan solas.... creo que las puedo comprender... me haría bien a mi también.  Arrastro estrellas sin noches, días eternos, sin atardeceres ni soles. Pienso en lo que ya no es. Pasos que se detienen, nada tras la puerta. Busco palabras nuevas, recuerdos del mañana sujetos a la espera.
Viví sin existir. ¿Qué me deparó el ayer? ¿Hacia donde me lleva el hoy? Sigo caminos sin sendas, derroteros ya vistos, no hay mapas, ni auto stop. Arrastro, pienso, ¿busco aún? ¿Acaso ya llegué? Sin brújulas hallé la senda, cogí soles y viví con las estrellas y ya no añoré lo añorado.
No más días sin atardeceres, no mas caminos ya recorridos; tú tras la puerta,
arropando mis ansias, en miles de palabras viejas. Final de la búsqueda.
Graciela Vera
Ilustración: pintura 'mujer con camisa' de Gil Gamundi
 Como una roca, fría, sin vida, así pido a Dios transforme mis entrañas, para que no las atenace el dolor cuando estando en mis brazos regresas allá. Quitarme el corazón, transformarlo en pieza de orfebrería, en la que los recuerdos no importen, latiendo cuando estás cerca aunque grite por detenerse. Como una roca, tan solo una roca, eso quiero ser cuando recuerdas lo que yo quiero olvidar, tan solo una roca. Nada más que una roca. Graciela Vera Ilustración: pintura de Chris Shereve 'Woman and man2
 Aroma a café, voces, un bar, una ventana, el sol, tímido, veo pasar a otros, hombres y mujeres, cada uno con su sueño. Se enfría el café, amargo para el paladar, dulzón a los sentido, risas, conversaciones ajenas, marco indefinido de pensamientos. recuerdos de hoy, de ayer y de mañana. Estoy sola en el bar rodeada de ti, impregnada de tu amor. el café sabe a ayeres, solo quiero mañanas continuando este hoy. No hay ya ayeres, las papilas saborean el gusto amargo-dulzón, nuevo, de mañanas aguardándote, de espinas que ya no son. Graciela Vera Ilustración: pintura 'Mujer bebiendo café' de Gizem Saka
 Extendió sus alas más negras que las del tordo buscando cubrir con lúgubre manto el lecho de nuestro amor. Entró, tendiendo cual tentáculos sombríos brazos atrayéndote, impulsándote hacia derroteros de escarpados caminos, mitológica venganza en moderna cibermagia, como Aoife arrancó a Lir el preciado amor de sus hijos, cual astuta Medea conquistando a Jasón, Xelena llega desde las sombras acechando, como hembra en celo, la dicha que un día me regalaste. Graciela Vera
Caminando, mi mano escondida en la tuya como en tantos paseos realizados, iguales, pero siempre diferentes, me dijiste al oído un te quiero, igual, tan distinto al anterior. Me estremezco y tiemblo emocionada. Graciela Vera
 ¿Sabías que el amor es como un niño pequeñito?, necesita de las caricias, de las frases suavitas y de los besos trémulos. ¿Sabías que para que sea eterno el amor necesita palabras?, sueños compartidos, pensar dos en uno. ¿Sabías que el amor es como la inmensidad del mar?. Es profundo, brillando en la oscuridad del tiempo, y en su silencio estrecha mil colores, cien sonidos. ¿sabías que el amor necesita, palabras tiernas, sueños de vida, silencios de besos, tu confianza en mi entrega, la mía en tu cariño, hacer de dos corazones un solo, estridente latido? Dar... compartir...entregar... ¿Lo sabías?. ¡Claro que lo sabías, si tú me enseñaste a amar!. Graciela Vera
 Antes... antes solo una sonrisa, mueca repetida de tantos fracasos, cúmulo de respuestas a preguntas inexistentes, apropiación de razones, tonto pretexto de nuevos errores.
Antes... antes solo un adiós, la puerta que se golpea, un pistillo cerrándose a la vida, afuera la mentira que se compra, dentro se oculta el dolor, mentido orgasmo de ilusiones muertas. Antes... antes el orgullo de ser nada, tan nada, hombre y mujer, nada, solo marionetas en la soledad buscando justificaciones, extrayendo más soledad de un todo que ya dejó de ser. Ahora... ahora aprendimos que somos dos, palabras que se entrelazan difuminando un nunca más, y los ojos buscándose para creer, mintiendo al olvido que acecha presentes, ya, nunca más resucitarán los fantasmas. Graciela Vera
 Cual alas veladas por oscura ráfaga, se extienden los celos cubriéndome con su manto. Extrañas, nefastas criaturas, creciendo, emergiendo desde las entrañas de mi ser. Dolor, irremediable holocausto, destructora, punzante agonía que derrama el néctar del amor en vana entrega que no será. Celos, mucho más, quizás menos, tan solo caricias muertas.
Graciela Vera
 No quiero llorar cuando lloro lágrimas que no deberían ser. ¿Es egoísta el amor, o el amor es solo egoísmo? No concibo posible no celarte cuando la vida no es vida sin el calor de tu vida. No quiero gritar cuando grito lamentos que no debería exhalar. ¿Hay egoísmo en amar, o amar es solo egoísmo? No puedo aceptar que tu aceptes, no puedo sonreír, ni siquiera dibujar una mueca. No quiero llamarte cuando te llamo ni decir palabras que debería callar. ¿Crees que el amor está más allá de los celos? Desgraciada de mi si no celaras día y noche mi amor; desgraciado de ti si no sintieras que me muero de celos por el tuyo. Graciela Vera Ilustración, pintura de Laura Higgins Palmer
 Voy buscando mi coraza. Era mía, me protegía, un día me la robó tu amor y ahora le necesito y reclamo.
Buscadla y dádmela aunque esté en pedazos, no quiero de nuevo sufrir y necesito cubrir de acero mi alma. ¿En pedazos me la dais? No importa, en pedazos la acepto, solo necesito un trocito en el que guarecer el corazón. Ayudadme a ponérmela ¿no sabéis acaso que mi amado no debe volver a verme llorar? Graciela Vera
 Amar es dar mas allá de los sentimientos, entrega de vida, saber decir gracias mirándonos a los ojos. Amar es dar cuando las manos tiemblan buscado amparo y consuelo, saber decir gracias sin callar verdades. Amar es dar sin pensar en que dirán quienes no conocen de nuestro querer, saber decir gracias y todos los días comenzar. Amar es saber decir gracias y dar cada día más. Graciela Vera
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